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Claqueta
Cidade de Deus, violenta y maravillosa

Cuete es un fotógrafo casi marginal a todas las historias que rondan los 135 minutos de la última joya cinematográfica que ha creado la industria brasileira. Marginal, pero, a la vez, el personaje es el hilo que anuda y suelta las amarras de todo el largometraje de Fernando Meirelles.

Erick Lemus
El Diario de Hoy
escenarios@ el salvador.com
Meirelles nació en San Pablo en 1955 y -mientras estudiaba arquitectura en la universidad de esta ciudad- comenzó a producir videos experimentales con un grupo de amigos.

Así creó “Olhar Electrônico”, una compañía productora que se convirtió en el referente del cine independiente de los años ochenta. De hecho, produjo programas para la televisión como “Ernesto Varela, The Reporter”, “TV Mix” y “Ra Tim Bum”, una serie juvenil.

“Ciudad de Dios” fue rodado en 2001, un año después que Meirelles se mudó a Río de Janeiro para elegir y preparar al elenco del filme.

¿De qué va la cinta?


Aunque los despachos noticiosos pocas veces no nos pautan Brasil más allá del carnaval de Río, sí hay una breve idea sobre el complejo universo de las favelas, los barrios marginales que rodean esta metrópoli que se transforma una vez al año al ritmo de la samba y los timbales.

Al margen de la fiesta, el mundo de los traficantes de drogas y la prostitución infantil ronda impune, pero también crea otro estereotipo. Y Meirelles recurre a una novela escrita por Paulo Lins, con tintes autobiográficos, sobre las condiciones de vida en Cidade de Deus, el suburbio más deprimido cercano a Río de Janeiro.

La historia muestra las aventuras de un buen número de personajes, la mayoría niños y adolescentes; unos alcanzan a esbozarse como adultos; otros, jamás llegarán a serlo.

En medio de todos ellos, está un joven fotógrafo, que va aprendiendo a calibrar el tiempo de obturación con el anillo de velocidades, mientras, también, aprende a sobrevivir entre esta locura.

El fotógrafo cuenta cómo Ciudade de Deus ha crecido a merced de los políticos que prefieren reubicar a oleadas de inmigrantes donde no les signifique la erogación de un cinco.

Aquel barrio emergente se convierte en una ciudad sin ley donde los jóvenes prefieren el crimen al trabajo. La historia cuenta -a saltos- cómo del simple hurto el crimen llega a posicionarse de las vidas de los protagonistas.

Pero no todo es palmas a la dirección de Fernando Meirelles porque -al entrar de lleno en el mundo del crimen- a lo largo de más de dos horas muestra promiscuidad afectiva, sexual, drogadicta y violenta.

No hay salida.

El papel bochornoso de las autoridades y la corrupción reinan a diestra y siniestra y por eso sus críticos lo acusan de lograr un filme pesimista, esencialmente pesimista.

Los más duros le señalan el hecho de que la película esté llena de excesos, que abofetea a los espectadores y los obliga a ver una realidad que se niegan a aceptar.

¿Semejanzas? “La vendedora de rosas” de Víctor Gaviria, y “La Virgen de los sicarios”, ambas producciones colombianas. En otras palabras, mi oferta es llana en el sentido de que paso de Hollywood no por chovinismo sino porque ¿quien le ha dicho que nuestro mundo marginal está lejos del brasileiro?

Triste verdad. La globalización de la miseria ha estado presente en nuestra América Latina mucho antes que sea llevada al celuloide y mucho antes que al público local le guste una dosis sincera y amarga de lo que pasa más allá de la ventanilla del auto.
 

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