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¡Qué desperdicio!

Salvador Castellanos*
El Diario de Hoy
e-mail: scastellanos@el salvador.com

De nuestra actitud como consumidores puede surgir una nueva visión empresarial, que conduzca a la oferta de mejores productos.

Para ejercer control sobre el precio de la leche, el Ministerio de Agricultura de Estados Unidos mantiene la política de comprar grandes cantidades de este bien a los productores. Esta medida ha ocasionado que en las bodegas de la entidad gubernamental se acumulen más de 580 mil toneladas de leche en polvo, cuyo valor supera los $1,000 millones. Y dado que la pila del lácteo sigue creciendo, el gobierno norteamericano ha comenzado a donarlo a programas escolares, comedores para pobres y programas de ayuda internacional. Sin embargo, la cantidad acumulada es tan descomunal, que más de 90 mil toneladas del producto fueron destinados a la alimentación de ganado.

Esta situación es un ejemplo claro de la compulsión por producir que padecen las sociedades modernas, a las que parece no importar que buena parte de esta producción sean alimentos, electrodomésticos, pesticidas o plásticos; no llegará a ser consumida, por lo que terminará como producto de desecho.

De fondo se encuentra el debate sobre los desperdicios y las cada vez más grandes desigualdades de nuestra sociedad. Las contradicciones entre la abundancia y la escasez de alimentos; el despilfarro y la necesidad; la caducidad y el reciclaje; la producción limitada y la destrucción de los excedentes.

Algunos le llaman a esto “cultura del desperdicio”, cuya práctica más evidente es la acumulación de productos en buen estado, que han sido sustituidos por nuevos artículos, que de acuerdo con sus fabricantes y publicistas son mejores, más modernos y más baratos. Para honrar el engañoso concepto de “obsolescencia”, artículos que sólo necesitan una pequeña reparación para volver a operar, deben dar paso a un nuevo modelo que deberá ser pagado en cuotas. Las leyes del mercado y la comercialización alaban lo nuevo y se burlan del apego a lo viejo. Además, cualquier bien comprado hoy en día resulta enormemente frágil, “averiable” y difícil de reparar, pues las piezas de repuesto no se hallan por ningún lado y la mano de obra resulta demasiado costosa.

El amontonamiento de estas “basuras” plantea una crítica a la economía capitalista, que resulta incapaz de generar la demanda necesaria para consumir los bienes producidos, en especial porque el nivel de ingresos de la sociedad no es suficiente y siempre existe un alto nivel de desempleados o subempleados sin poder adquisitivo.

Desde el punto de vista ecológico, este despilfarro también es aflictivo. La vorágine de producción es responsable del agotamiento de nuestros recursos naturales y de una creciente contaminación a causa de los desechos tóxicos, cuyos nocivos y ya evidentes efectos pueden ser irreversibles.

Quienes buscan soluciones a esta problemática, plantean la urgencia de motivar una mayor eficiencia técnica de parte de los productores y una conducta responsable del consumidor.
Sería un enorme logro que como consumidores lleguemos a ser conscientes de nuestro estilo de vida y adoptemos una conducta más cercana a la eficiencia y la conciencia cívica y ecológica. Dirigir nuestro consumo hacia la satisfacción de necesidades reales, evitar los gastos superfluos, utilizar de forma responsable el agua y la energía eléctrica, iniciarnos en la cultura del reciclaje y desarrollar una conducta respetuosa hacia el medio ambiente.

De nuestra actitud como consumidores puede surgir una nueva visión empresarial, que conduzca a la oferta de mejores productos desde el punto de vista de la eficiencia energética y el impacto ambiental.

No se trata, por lo tanto, de eliminar el consumo, sino de cambiar su carácter equivocado. Fomentar la adquisición de bienes que mejoren nuestra vida y no que la hagan más ostentosa.
Qué hacer con todo lo que se desaprovecha es una cuestión esencial para el futuro; no es sólo un problema económico, también es un debate ético y cultural, que exige una respuesta a cada uno de nosotros.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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