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Comentando
¡Qué
desperdicio!
De
nuestra actitud como consumidores puede surgir una nueva visión
empresarial, que conduzca a la oferta de mejores productos.
Para ejercer control sobre el precio de la leche, el Ministerio
de Agricultura de Estados Unidos mantiene la política de
comprar grandes cantidades de este bien a los productores. Esta
medida ha ocasionado que en las bodegas de la entidad gubernamental
se acumulen más de 580 mil toneladas de leche en polvo, cuyo
valor supera los $1,000 millones. Y dado que la pila del lácteo
sigue creciendo, el gobierno norteamericano ha comenzado a donarlo
a programas escolares, comedores para pobres y programas de ayuda
internacional. Sin embargo, la cantidad acumulada es tan descomunal,
que más de 90 mil toneladas del producto fueron destinados
a la alimentación de ganado.
Esta situación es un ejemplo claro de la compulsión
por producir que padecen las sociedades modernas, a las que parece
no importar que buena parte de esta producción sean alimentos,
electrodomésticos, pesticidas o plásticos; no llegará
a ser consumida, por lo que terminará como producto de desecho.
De fondo se encuentra el debate sobre los desperdicios y las cada
vez más grandes desigualdades de nuestra sociedad. Las contradicciones
entre la abundancia y la escasez de alimentos; el despilfarro y
la necesidad; la caducidad y el reciclaje; la producción
limitada y la destrucción de los excedentes.
Algunos le llaman a esto cultura del desperdicio, cuya
práctica más evidente es la acumulación de
productos en buen estado, que han sido sustituidos por nuevos artículos,
que de acuerdo con sus fabricantes y publicistas son mejores, más
modernos y más baratos. Para honrar el engañoso concepto
de obsolescencia, artículos que sólo necesitan
una pequeña reparación para volver a operar, deben
dar paso a un nuevo modelo que deberá ser pagado en cuotas.
Las leyes del mercado y la comercialización alaban lo nuevo
y se burlan del apego a lo viejo. Además, cualquier bien
comprado hoy en día resulta enormemente frágil, averiable
y difícil de reparar, pues las piezas de repuesto no se hallan
por ningún lado y la mano de obra resulta demasiado costosa.
El amontonamiento de estas basuras plantea una crítica
a la economía capitalista, que resulta incapaz de generar
la demanda necesaria para consumir los bienes producidos, en especial
porque el nivel de ingresos de la sociedad no es suficiente y siempre
existe un alto nivel de desempleados o subempleados sin poder adquisitivo.
Desde el punto de vista ecológico, este despilfarro también
es aflictivo. La vorágine de producción es responsable
del agotamiento de nuestros recursos naturales y de una creciente
contaminación a causa de los desechos tóxicos, cuyos
nocivos y ya evidentes efectos pueden ser irreversibles.
Quienes buscan soluciones a esta problemática, plantean la
urgencia de motivar una mayor eficiencia técnica de parte
de los productores y una conducta responsable del consumidor.
Sería un enorme logro que como consumidores lleguemos a ser
conscientes de nuestro estilo de vida y adoptemos una conducta más
cercana a la eficiencia y la conciencia cívica y ecológica.
Dirigir nuestro consumo hacia la satisfacción de necesidades
reales, evitar los gastos superfluos, utilizar de forma responsable
el agua y la energía eléctrica, iniciarnos en la cultura
del reciclaje y desarrollar una conducta respetuosa hacia el medio
ambiente.
De nuestra actitud como consumidores puede surgir una nueva visión
empresarial, que conduzca a la oferta de mejores productos desde
el punto de vista de la eficiencia energética y el impacto
ambiental.
No se trata, por lo tanto, de eliminar el consumo, sino de cambiar
su carácter equivocado. Fomentar la adquisición de
bienes que mejoren nuestra vida y no que la hagan más ostentosa.
Qué hacer con todo lo que se desaprovecha es una cuestión
esencial para el futuro; no es sólo un problema económico,
también es un debate ético y cultural, que exige una
respuesta a cada uno de nosotros.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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