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Desde Washington
Cuando las alabanzas pierden significado
A
pesar de los logros de Uribe, el balance de fuerzas en este momento
podría rápidamente cambiar a favor de las FARC.
Estaré siempre agradecida por no recordar como sí
lo hace mi padre vivamente el día en que me tomaron
como ejemplo en clase. Era mi primer día en el jardín
infantil en Bogotá y, a todo mi alrededor, mis compañeros
lloraban. Yo no por ser la menor de mi clase, tal vez no sabía
lo suficiente como para no sonreír expectante.
Esta fue la primera y última vez que fui públicamente
elogiada en clase. Los cuadros de honor o puntos de mérito
no existían en mi colegio. Todos recibimos nuestra porción
de reconocimiento público, pero principalmente cuando hacíamos
algo mal. Arraigada en la mente de nuestro rector, estaba la convicción
de que las cosas buenas sólo lo son en moderación.
Lo bueno, si breve, dos veces bueno.
Hoy la pequeña Colombia está quedando de primera en
la clase sobre Latinoamérica después del 11 de septiembre,
y las alabanzas en su nombre abundan. En los últimos meses,
su liderazgo, su entrega y sus logros han sido aplaudidos desde
acá por muchos, entre los que me incluyo. Hace apenas unos
años, Colombia sobresalía, pero por ser el país
más conflictivo de la región.
Los últimos honores públicos vinieron este martes
de nada menos que el Secretario de Defensa estadounidense, Donald
H. Rumsfeld, quien se reunió en Bogotá con el Presidente
colombiano, Álvaro Uribe, y otros funcionarios y militares
de alto nivel. Estoy admirado. Creo que han hecho avances
sólidos, dijo Rumsfeld durante su visita, en medio
de los mortales ataques terroristas en Iraq e Israel.
Esta visita fue la última en un desfile de altos funcionarios
estadounidenses que han pasado por la nación andina este
verano: El zar antidrogas John P. Walters, el representante comercial
Robert B. Zoellick y, apenas la semana pasada, el jefe del Estado
Mayor Conjunto, general Richard B. Myers.
Entre los resultados que el Pentágono citó con ocasión
de la visita de esta semana, figuraban: La reducción de un
tercio en secuestros entre los seis primeros meses de 2002 y 2003,
una caída de casi dos tercios de los ataques guerrilleros
contra poblaciones rurales, al igual que un aumento de más
del 50 por ciento en deserciones de los grupos rebeldes en comparación
con el año pasado.
No se puede desconocer el éxito, y menos con tales cifras,
hacerlo sería incluso difícil para aquellos miembros
del Congreso estadounidense que desde hace tiempo han advertido
sobre un atolladero como el de Vietnam en Colombia. Así que
si la meta final es aplacar a los críticos, destacar los
resultados parece una buena táctica.
Pero si la meta es lograr la paz en Colombia, toda esta celebración
de los éxitos no debiera tomarse muy en serio. Colombia puede
estar sacando buenas calificaciones, pero demasiados elogios amenazan
con ocultar el delicado proceso que ha llevado a los éxitos
iniciales.
Analistas militares estadounidenses expertos en Colombia, dentro
y fuera de la administración Bush, coinciden, en su mayoría,
en que el principal grupo rebelde que lucha contra el gobierno en
Colombia, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC)
probablemente nunca será derrotado militarmente en el sentido
tradicional.
Tras haber sobrevivido a 40 años de conflicto civil y 11
presidentes, las FARC han demostrado su tenacidad. Al tener ahora
que ponerse a la defensiva, eso puede significar sólo una
retirada táctica. Podrían estar dispuestos a preservar
sus recursos y esperar a que el actual ímpetu militar se
desgaste o incluso a que Uribe termine su mandato.
La longevidad de las FARC también refleja la falta de suficiente
voluntad nacional en Colombia, que sólo hasta hace poco cambió
con el ascenso de Uribe. Cuando las FARC se rehusaron a negociar
la paz con el gobierno anterior, incluso después de que se
les otorgara el control de un territorio tan grande como Suiza,
los colombianos clamaron, más convencidos que nunca, que
un líder tan agresivo como Uribe era necesario. Por primera
vez, la estrategia nacional se alineó con la militar y
con la de Estados Unidos, que ya libraba su guerra para derrotar
al terrorismo.
Desde su posesión, hace un año, Uribe se ha empeñado
en desmovilizar a los grupos paramilitares. Si tiene éxito,
eliminaría las más comunes y perturbadoras violaciones
a los derechos humanos, a menudo conectadas a los militares por
trabajar en confabulación con estas brutales agrupaciones.
Sólo entonces podrá Colombia acumular victorias militares
libres de sospecha de contar con el trabajo sucio paramilitar.
A pesar de los logros de Uribe, el balance de fuerzas en este momento
podría rápidamente cambiar a favor de las FARC. El
combustible en el fuego del gobierno colombiano es la asistencia
de Washington. La principal fuente de financiación de la
guerrilla sigue siendo el negocio ilícito de drogas. Los
logros colombianos serán sostenibles siempre y cuando el
compromiso de Washington en ese país sobreviva hasta cuando
la adicción a las drogas termine o, por lo menos, el papel
de Colombia en el narcotráfico.
Ante tan delicado escenario, donde cualquier cantidad de cosas puede
salir mal, las grandes alabanzas pierden significado. Lo bueno en
demasía normalmente no es muy bueno.
*Columnista del Washington Post
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