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Cambios
De
perros y personas
No
tengo nada personal contra las mascotas, pero estas situaciones
contradictorias en nuestra sociedad deben ser motivo de reflexión.
¿Por qué un perro puede vivir mejor y tener más
derechos que tantos de nuestros niños?
Con el tiempo cambian las modas, las palabras y la percepción
que se tiene de las cosas. Al ver una foto familiar de hace cinco
años, para la que todos se esforzaron por lucir sus mejores
galas, peinados y sonrisas, todos unánimemente pensamos que
escogimos el peor vestido, un maquillaje horrendo y un peinado hecho
por nuestro peor enemigo.
No se necesita estar en la tercera edad para saber que la palabra
chivo, que antes correspondía al hijo de la vaca,
hoy es un adjetivo calificativo que expresa algo agradable. Los
salones de belleza, antes exclusivos para el sexo femenino y considerados
por muchos como máximos exponentes de la frivolidad, hoy
atienden también al sexo feo, lo benefician con maquillaje,
tintes y demás decorados para mejorar su imagen.
Y no se debe culpar de esto al Siglo XXI, ni a la modernidad, pues
los egipcios se pintaban y usaban aretes, y en la corte del Rey
Sol, él y sus cortesanos exhibían largas pelucas empolvadas,
zapatos de charol, hebilla y tacón y todos los adornos que
pudieran aguantar sus sofisticados trajes de seda y terciopelo.
Sigue el péndulo oscilando y así marcha la historia.
Los animales también han pasado por diversas etapas en su
convivencia con los humanos en calidad de mascotas. Hace unos 50
años, un perro en casa constituía un guardián
que contribuía a la seguridad de sus amos. Era el chucho
fiel, echado con el hocico entre las patas delanteras, que tenía
la obligación de ladrar cuando escuchaba un ruido extraño
o entraba alguien cuyo olor desconocía.
Si molestaba, se le gritaba y ordenaba salir, y si persistía,
era merecedor de un puntapié. La mayoría era aguacatera,
respondía al nombre de Terry, Perla o algún diminutivo
cariñoso, se alimentaba de unos cocidos fabricados a base
de sobras, aderezados con tortilla, se vacunaba y si tenía
algún tipo de herida o matadura que pudiera engusanarse,
se le echaba criolina y al morir se le enterraba en el jardín.
Este comportamiento dista mucho del tratamiento privilegiado que
recibe un perro del Siglo XXI, en donde abundan las razas sofisticadas,
nacionales y extranjeras. Mezclas exóticas que producen ejemplares
cuyos dueños mantienen con orgullo mediante elevadísimos
presupuestos. Tienen derecho a escuelas de obediencia, a niñera
que los saque a pasear, para que hagan sus necesidades en la acera
del vecino; son sujeto de negociaciones cuando van a entrar en brama
para que según la conveniencia de sus amos, puedan cruzarse
con alguien de su mismo nivel. Degustan sofisticados concentrados
y, como señal de amor y mimo, sus amos les permiten no sólo
lamer sus mismos platos, sino también compartir su lecho.
Se llaman José Benjamín, Federico, Lucas y otros nombres
del santoral; les celebran sus cumpleaños con otras mascotas
a las que se les dan bolsitas de Purina o huesos de hule como recuerdito.
Se vacunan y someten a operaciones y tratamientos psiquiátricos,
disfrutan de peinado, secado, manicure, perfumado y chongas. En
fin, que la vida de perro sería envidiable para cualquier
ser humano, en especial cuando sus dueños les heredan fuertes
cantidades de dinero y aparecen en sus esquelas. Para no mencionar
la novedad de hoteles con precios astronómicos por habitación,
cementerios para perros privilegiados y otras tantas aberraciones
que reflejan la absurda escala de valores del mundo consumista del
Siglo XXI.
¿Y las personas? Cuando la rabia cobró la vida de
varios niños en el país, hubo protestas por la medida
extrema de dar bocado a los chuchos callejeros, que podían
ser transmisores de la mortal enfermedad. Sobraron voces que defendieron
los derechos caninos, proponiendo crear refugios especiales donde
podían ser acogidos y eliminados en forma piadosa. Se están
ofreciendo servicios de esterilización gratuita para los
callejeros y por $25 para los que tienen dueño.
Y ya se habla de recaudar fondos para la construcción del
albergue que acogerá a los congéneres de Pluto.
Una muestra es el caso de Dólar, que se ha convertido
en chucho símbolo, pues hoy, en el caliche guanaco, cuando
un niño tiene picadas, raspones y otras magulladuras típicas
de la infancia, se dice que está peor que Dólar.
No tengo nada personal contra las mascotas, pero estas situaciones
contradictorias en nuestra sociedad deben ser motivo de reflexión.
¿Por qué un perro puede vivir mejor y tener más
derechos que tantos de nuestros niños? Más que un
albergue para chuchos, necesitamos muchos albergues para niños.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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