Turismo
 
Inicio del Sitio Domingo 17 de agosto
 

 

..NOTICIAS

..SERVICIOS
CHAT
FOROS
CORREO
LA GUIA
CLASIFICADOS EMPLEOS
TURISMO
ESPECIALES
EDICION MOVIL
SUSCRIPCIONES
ESCRIBANOS
CONOZCANOS

..REVISTAS

..OTROS SITIOS
MUJER
DIARIOS:
ORIENTE
OCCIDENTE
GUIA DE OCIO
ELSALVADOR.COM
EN EL MUNDO
 
 

Cambios
De perros y personas

Teresa Guevara de López*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

No tengo nada personal contra las mascotas, pero estas situaciones contradictorias en nuestra sociedad deben ser motivo de reflexión. ¿Por qué un perro puede vivir mejor y tener más derechos que tantos de nuestros niños?

Con el tiempo cambian las modas, las palabras y la percepción que se tiene de las cosas. Al ver una foto familiar de hace cinco años, para la que todos se esforzaron por lucir sus mejores galas, peinados y sonrisas, todos unánimemente pensamos que escogimos el peor vestido, un maquillaje horrendo y un peinado hecho por nuestro peor enemigo.

No se necesita estar en la tercera edad para saber que la palabra “chivo”, que antes correspondía al hijo de la vaca, hoy es un adjetivo calificativo que expresa algo agradable. Los salones de belleza, antes exclusivos para el sexo femenino y considerados por muchos como máximos exponentes de la frivolidad, hoy atienden también al sexo feo, lo benefician con maquillaje, tintes y demás decorados para mejorar su imagen.

Y no se debe culpar de esto al Siglo XXI, ni a la modernidad, pues los egipcios se pintaban y usaban aretes, y en la corte del Rey Sol, él y sus cortesanos exhibían largas pelucas empolvadas, zapatos de charol, hebilla y tacón y todos los adornos que pudieran aguantar sus sofisticados trajes de seda y terciopelo. Sigue el péndulo oscilando y así marcha la historia.

Los animales también han pasado por diversas etapas en su convivencia con los humanos en calidad de mascotas. Hace unos 50 años, un perro en casa constituía un guardián que contribuía a la seguridad de sus amos. Era el chucho fiel, echado con el hocico entre las patas delanteras, que tenía la obligación de ladrar cuando escuchaba un ruido extraño o entraba alguien cuyo olor desconocía.

Si molestaba, se le gritaba y ordenaba salir, y si persistía, era merecedor de un puntapié. La mayoría era aguacatera, respondía al nombre de Terry, Perla o algún diminutivo cariñoso, se alimentaba de unos cocidos fabricados a base de sobras, aderezados con tortilla, se vacunaba y si tenía algún tipo de herida o matadura que pudiera engusanarse, se le echaba criolina y al morir se le enterraba en el jardín.

Este comportamiento dista mucho del tratamiento privilegiado que recibe un perro del Siglo XXI, en donde abundan las razas sofisticadas, nacionales y extranjeras. Mezclas exóticas que producen ejemplares cuyos dueños mantienen con orgullo mediante elevadísimos presupuestos. Tienen derecho a escuelas de obediencia, a niñera que los saque a pasear, para que hagan sus necesidades en la acera del vecino; son sujeto de negociaciones cuando van a entrar en brama para que según la conveniencia de sus amos, puedan cruzarse con alguien de su mismo nivel. Degustan sofisticados concentrados y, como señal de amor y mimo, sus amos les permiten no sólo lamer sus mismos platos, sino también compartir su lecho.

Se llaman José Benjamín, Federico, Lucas y otros nombres del santoral; les celebran sus cumpleaños con otras mascotas a las que se les dan bolsitas de Purina o huesos de hule como recuerdito. Se vacunan y someten a operaciones y tratamientos psiquiátricos, disfrutan de peinado, secado, manicure, perfumado y chongas. En fin, que la vida de perro sería envidiable para cualquier ser humano, en especial cuando sus dueños les heredan fuertes cantidades de dinero y aparecen en sus esquelas. Para no mencionar la novedad de hoteles con precios astronómicos por habitación, cementerios para perros privilegiados y otras tantas aberraciones que reflejan la absurda escala de valores del mundo consumista del Siglo XXI.

¿Y las personas? Cuando la rabia cobró la vida de varios niños en el país, hubo protestas por la medida extrema de dar bocado a los chuchos callejeros, que podían ser transmisores de la mortal enfermedad. Sobraron voces que defendieron los derechos caninos, proponiendo crear refugios especiales donde podían ser acogidos y eliminados en forma piadosa. Se están ofreciendo servicios de esterilización gratuita para los callejeros y por $25 para los que tienen dueño.
Y ya se habla de recaudar fondos para la construcción del albergue que acogerá a los congéneres de Pluto.

Una muestra es el caso de “Dólar”, que se ha convertido en chucho símbolo, pues hoy, en el caliche guanaco, cuando un niño tiene picadas, raspones y otras magulladuras típicas de la infancia, se dice que está “peor que Dólar”.
No tengo nada personal contra las mascotas, pero estas situaciones contradictorias en nuestra sociedad deben ser motivo de reflexión. ¿Por qué un perro puede vivir mejor y tener más derechos que tantos de nuestros niños? Más que un albergue para chuchos, necesitamos muchos albergues para niños.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

 

  HACIA ARRIBA


Derechos Reservados - El Diario de Hoy, El Salvador, C.A. - Aviso Legal