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Cuestiones
de bioética
Ese
molesto ser humano pequeñito
Ese
pequeño ser humano por nacer se ha vuelto sumamente molesto
para la falsa bioética
El hombre no es un mamífero como los demás.
Un animal se puede reproducir por clonación. Pero la condición
humana la forjan la educación, la ciencia y la cultura. No
la clonación. Este es el criterio actual de Koichiro
Matsuura, director general de la UNESCO, opuesto a la clonación
humana reproductiva, es decir, la producción de clones humanos
a los que se les permita desarrollarse hasta la edad adulta.
Además, el organismo de la ONU que él dirige se pronunció
claramente en contra de ese tipo de clonaciones con una Declaración
Universal sobre el Genoma y los Derechos Humanos (1997), que al
año siguiente también fue adoptada por la Asamblea
General de las Naciones Unidas. El asunto no está tan claro
con respecto a otro tipo de clonación: la que se dice con
fines terapéuticos.
El mismo Matsuura, frente a este otro tipo de clonación,
no se pronuncia tan claramente. Dice que el problema es complejo
y esboza algunas preguntas, concluyendo que hay que debatirlas.
Algunas de esas preguntas eluden el núcleo inhumano de fondo
y plantean sólo los problemas secundarios: riesgo de que
en un futuro los embriones sean productos que se vendan en futuros
supermercados de órganos; que de dónde se van a sacar
tantos óvulos necesarios para producir esos embriones, y
el riesgo de convertir en mercancía el cuerpo de las mujeres,
sobre todo el de las pobres. Pero el problema central está
en otra pregunta, que él incluye, como una más, sin
señalar su distinta importancia: ¿Es legítimo
producir embriones e impedir su desarrollo total?.
Aclaremos que la complejidad de este asunto no está ni en
su aspecto moral ni en su aspecto científico, sino en la
enorme cantidad de intereses que obstaculizan que no se quiera ver
claro.
La técnica de oscurecimiento e intimidación siempre
es la misma. Primero se declara que un asunto es intrincado, difícil
de resolver. Después se enarbola la presunta bandera democrática
y se llama a debate, para oír todas la opiniones.
Más tarde, todas las opiniones, aun las más absurdas,
que favorezcan el negocio correspondiente (clínicas de aborto,
fecundación in vitro, clonación, etc.) se declaran
atendibles en igualdad de condiciones. Si por casualidad se ha filtrado
en la reunión alguna opinión en contra, se la desprecia
por ser de origen religioso, no científica aunque
la haya dicho un científico ateo, o en su defecto se
desecha por ser cuestión abstrusa de metafísica
y siempre por oponerse al progreso de la ciencia.
Después, para completar, vienen las manipulaciones del vocabulario,
los eufemismos (voluntaria interrupción del embarazo
por aborto; producto de la concepción por feto
abortado; salud reproductiva por fornicación
con condón o con píldoras, etc.). Si hay que describir
las técnicas de una fecundación in vitro o de una
clonación, se dirá las que llevaron al resultado querido
y se omitirá el costo que supuso en muertes de sus pequeños
hermanos, asesinados en el procedimiento.
Ese pequeño ser humano por nacer se ha vuelto sumamente molesto
para la falsa bioética, la financiada por fuertes intereses
fundamentalmente económicos. Cuando comenzaron los abortos
legales, se esgrimieron presuntos derechos de la madre ¡como
si no fuera evidente que la madre no tiene derecho sobre la vida
de su hijo, inocente e indefenso! y en todo caso se planteaba
que no estaba claro en qué mes ya era humano. La ciencia
fue avanzando y llegó un momento en que se estudió
y se fotografió cada uno de los días de los nueve
meses de gestación y quedó más evidente aún
lo que ya se sabía: que en todo momento, ese pequeño
pulgarcito, como le llamaba el insigne genetista francés
Lejeune, era un ser humano.
No cabe cerrar los ojos y la conciencia. Es irrebatible, desde un
punto de vista biológico, que un ser vivo con genoma humano
es un ser humano y sólo puede ser un ser humano, en cualquier
día de su evolución intrauterina o extrauterina. Pero
eso es molesto, muy molesto. Porque entonces matarlo directamente,
dejarlo morir por no dejarle anidarse en el endometrio materno o
matarlo por extraer parte de sus células y botar las restantes,
es un homicidio. Un famoso biólogo francés, agnóstico,
dijo que todo aborto era un pequeño crimen. En
realidad, es más preciso decir que es el crimen de
un pequeño.
La peor estafa intelectual, científica y moral, la más
miserable de las hipocresías y la falsedad más anticientífica,
de la cual son responsables muchos, entre otros la OMS y la Federación
Internacional de Obstetricia y Ginecología, es la aprobación
del término pre-embrión, para llamar a
todo ser humano antes de implantarse en el endometrio materno. ¿Para
qué se hace esa manipulación de vocablos? Muy sencillo,
para decir que la píldora del día siguiente y el DIU
no son abortivos, sino anticonceptivos y para poder
experimentar con esos no embriones. Entonces, dicen,
no va contra la moral, porque todavía no es un embrión
humano, es sólo... un pre-embrión.
Es casi tan absurdo como decir que se puede eliminar a un bebé
antes de que se adhiera al pecho de su mamá, pero después
ya no, cuando está mamando. Algunos van más allá
en la prestidigitación de vocablos y utilizan, en vez de
pre-embrión, la palabreja hemocitoblasto, que
para el no experto ya sólo suena a cosa bien rara.
¿Cómo dijo usted? ¿hemoci...qué?
Si no fuera por la gravedad del asunto (seres humanos congelados,
troceados, muertos; científicos y organizaciones profesionales
mintiendo, etc.), me recordaría lo que una vieja revista
española de humor absurdo La Codorniz
hacía con las palabras. Allí, para dar la noticia
de la muerte de su marido a una señora, se decía rápidamente:
No se apene, señora, en realidad no ha sido tanto,
sólo se ha muertecito. O, en otra ocasión, ante
uno asesinado de ocho balazos se escribía que tal vez
no ha muerto de muerte natural, pero sí es natural que se
haya muerto.
No, no es cosa de risa, ni de jugar con las palabras, ni con las
ideas, ni con la ética científica, ni con vidas humanas.
Lo complejo, lo difícil, no está en la realidad científica,
sino en la mala voluntad de muchos, porque no hay peor ciego que
el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír.
*Dr. en Medicina y columnista de
El Diario de Hoy.
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