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Cuestiones de bioética
Ese molesto ser humano pequeñito

Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
lmfcuervo@navegante.com.sv

Ese pequeño ser humano por nacer se ha vuelto sumamente molesto para la falsa bioética

“El hombre no es un mamífero como los demás. Un animal se puede reproducir por clonación. Pero la condición humana la forjan la educación, la ciencia y la cultura. No la clonación”. Este es el criterio actual de Koichiro Matsuura, director general de la UNESCO, opuesto a la clonación humana reproductiva, es decir, la producción de clones humanos a los que se les permita desarrollarse hasta la edad adulta.

Además, el organismo de la ONU que él dirige se pronunció claramente en contra de ese tipo de clonaciones con una Declaración Universal sobre el Genoma y los Derechos Humanos (1997), que al año siguiente también fue adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas. El asunto no está tan claro con respecto a otro tipo de clonación: la que se dice con fines terapéuticos.

El mismo Matsuura, frente a este otro tipo de clonación, no se pronuncia tan claramente. Dice que el problema es complejo y esboza algunas preguntas, concluyendo que hay que debatirlas.

Algunas de esas preguntas eluden el núcleo inhumano de fondo y plantean sólo los problemas secundarios: riesgo de que en un futuro los embriones sean productos que se vendan en futuros supermercados de órganos; que de dónde se van a sacar tantos óvulos necesarios para producir esos embriones, y el riesgo de convertir en mercancía el cuerpo de las mujeres, sobre todo el de las pobres. Pero el problema central está en otra pregunta, que él incluye, como una más, sin señalar su distinta importancia: “¿Es legítimo producir embriones e impedir su desarrollo total?”.

Aclaremos que la complejidad de este asunto no está ni en su aspecto moral ni en su aspecto científico, sino en la enorme cantidad de intereses que obstaculizan que no se quiera ver claro.

La técnica de oscurecimiento e intimidación siempre es la misma. Primero se declara que un asunto es intrincado, difícil de resolver. Después se enarbola la presunta bandera democrática y se llama a debate, “para oír todas la opiniones”. Más tarde, todas las opiniones, aun las más absurdas, que favorezcan el negocio correspondiente (clínicas de aborto, fecundación in vitro, clonación, etc.) se declaran atendibles en igualdad de condiciones. Si por casualidad se ha filtrado en la reunión alguna opinión en contra, se la desprecia por ser de origen “religioso”, no científica —aunque la haya dicho un científico ateo—, o en su defecto se desecha por ser “cuestión abstrusa de metafísica” y siempre “por oponerse al progreso de la ciencia”.

Después, para completar, vienen las manipulaciones del vocabulario, los eufemismos (“voluntaria interrupción del embarazo” por aborto; “producto de la concepción” por feto abortado; “salud reproductiva” por fornicación con condón o con píldoras, etc.). Si hay que describir las técnicas de una fecundación in vitro o de una clonación, se dirá las que llevaron al resultado querido y se omitirá el costo que supuso en muertes de sus pequeños hermanos, asesinados en el procedimiento.

Ese pequeño ser humano por nacer se ha vuelto sumamente molesto para la falsa bioética, la financiada por fuertes intereses fundamentalmente económicos. Cuando comenzaron los abortos legales, se esgrimieron presuntos derechos de la madre —¡como si no fuera evidente que la madre no tiene derecho sobre la vida de su hijo, inocente e indefenso!— y en todo caso se planteaba que no estaba claro en qué mes ya era humano. La ciencia fue avanzando y llegó un momento en que se estudió y se fotografió cada uno de los días de los nueve meses de gestación y quedó más evidente aún lo que ya se sabía: que en todo momento, ese pequeño “pulgarcito”, como le llamaba el insigne genetista francés Lejeune, era un ser humano.

No cabe cerrar los ojos y la conciencia. Es irrebatible, desde un punto de vista biológico, que un ser vivo con genoma humano es un ser humano y sólo puede ser un ser humano, en cualquier día de su evolución intrauterina o extrauterina. Pero eso es molesto, muy molesto. Porque entonces matarlo directamente, dejarlo morir por no dejarle anidarse en el endometrio materno o matarlo por extraer parte de sus células y botar las restantes, es un homicidio. Un famoso biólogo francés, agnóstico, dijo que todo aborto era “un pequeño crimen”. En realidad, es más preciso decir que es “el crimen de un pequeño”.

La peor estafa intelectual, científica y moral, la más miserable de las hipocresías y la falsedad más anticientífica, de la cual son responsables muchos, entre otros la OMS y la Federación Internacional de Obstetricia y Ginecología, es la aprobación del término “pre-embrión”, para llamar a todo ser humano antes de implantarse en el endometrio materno. ¿Para qué se hace esa manipulación de vocablos? Muy sencillo, para decir que la píldora del día siguiente y el DIU no son abortivos, sino “anticonceptivos” y para poder experimentar con esos “no embriones”. Entonces, dicen, no va contra la moral, porque todavía no es un embrión humano, es sólo... un “pre-embrión”.

Es casi tan absurdo como decir que se puede eliminar a un bebé antes de que se adhiera al pecho de su mamá, pero después ya no, cuando está mamando. Algunos van más allá en la prestidigitación de vocablos y utilizan, en vez de pre-embrión, la palabreja “hemocitoblasto”, que para el no experto ya sólo suena a cosa “bien rara”. —¿Cómo dijo usted? ¿hemoci...qué? Si no fuera por la gravedad del asunto (seres humanos congelados, troceados, muertos; científicos y organizaciones profesionales mintiendo, etc.), me recordaría lo que una vieja revista española de humor absurdo —“La Codorniz”— hacía con las palabras. Allí, para dar la noticia de la muerte de su marido a una señora, se decía rápidamente: “No se apene, señora, en realidad no ha sido tanto, sólo se ha muertecito”. O, en otra ocasión, ante uno asesinado de ocho balazos se escribía que “tal vez no ha muerto de muerte natural, pero sí es natural que se haya muerto”.

No, no es cosa de risa, ni de jugar con las palabras, ni con las ideas, ni con la ética científica, ni con vidas humanas. Lo complejo, lo difícil, no está en la realidad científica, sino en la mala voluntad de muchos, porque no hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy.

 

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