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Punto
de vista
Necesitamos
abrir el horizonte
Parece
que estamos cayendo una vez más en hacer política
en contra de, en lugar de hacer política a favor
de la creación de unas condiciones que favorezcan que cada
salvadoreño pueda crecer según la medida de su esfuerzo
personal.
En estos días de descanso, cayó en mis manos una
biografía de Erasmo de Rotterdam, escrita hace muchos años
por Stefan Zweig. En la introducción, el autor hace un breve
estudio del tiempo en que vivió el sabio renacentista, y
en un momento determinado, comentando acerca del ideal erasmiano
de una unidad supranacional en la Europa en que le tocó vivir,
escribe el biógrafo: Para la masa, siempre será
más accesible lo concreto y aprehensible, que lo abstracto.
Dio la casualidad, además, de que esa mañana había
conversado con unos amigos acerca de la plaga populista que parece
cernirse sobre América Latina: Guatemala y Nicaragua -sin
ir muy lejos-; Venezuela y Perú, Argentina y Brasil... Y
-hablando de El Salvador- comentábamos algunas de las promesas
de campaña que hasta la fecha han manifestado los dos
candidatos presidenciales ya definidos en nuestro país. Lastimosamente,
también aquí se siente un desagradable y marcado sabor
populista: la masa no llega con facilidad a lo abstracto, necesita
cosas concretas.
Más aún, está claro que -cuanto menos cultura
tenga una nación- los políticos que escojan hostilidades
como el núcleo de sus programas y discursos, encontrarán
más partidarios cuanto más identificable y concreto
sea el enemigo: una clase social (la oligarquía),
una ideología (el comunismo), un sistema económico
(el neoliberalismo). Apoyándose, además, en sentimientos:
el miedo, el odio, la ambición o la envidia...
Quienes así actúan, juegan sucio. Explotan las pasiones
humanas más bajas y las colocan al propio servicio, utilizando
(porque manipulan) a los demás.
Lastimosamente, un ideal noble y alto carece por sí
mismo de cualquier impresionante efecto óptico para una masa
que quiere ver, al luchar, los ojos de su adversario, y jamás
trae consigo aquel atractivo que tiene lo orgullosamente disgregador.
Carece de esa característica que coloca al enemigo fuera
de la propia clase social, fuera de la propia responsabilidad, fuera
del grupo de los que todos consideramos como los nuestros
y que, precisamente por ello, convierte a los demás en los
otros.
Sigue escribiendo Zweig: Siempre encontrarán más
fácilmente secuaces los espíritus partidistas, que
azuzan en una determinada dirección el eterno descontento
humano... El eterno descontento humano. Me pregunto: ¿No
le parece al lector que eso es, precisamente, lo que algunos políticos
están haciendo? Lo más triste, pienso, no es que lo
hagan, sino que muchos de nosotros terminemos creyendo que eso es
lo que deben hacer, que son cosas de la política, que la
política es así. Como si no fuera más
que un pulso entre gobierno y oposición: los primeros tratan
de conservar el poder, mientras los segundos no hacen más
que estorbar cualquier cosa que el gobierno intente poner en marcha.
Pero no podemos ser ingenuos. Siempre habrá, en todas partes,
oleadas de fanatismo irracional. Lo importante es, entonces, que
en los tiempos de relativa tranquilidad, los idealistas, los constructores,
puedan levantar unos diques tan fuertes que soporten el embate de
los fanáticos y, una vez superado el problema, puedan luego
dedicar tiempo y esfuerzo a reparar los daños y prepararse
para un nuevo ataque de irracional pasión.
La verdad es que casi no hay una generación que no haya sufrido
a los intolerantes fanáticos. En El Salvador logramos superar
una guerra cruenta y destructora, logramos echar las bases para
vivir en paz, logramos entendernos (por el miedo, dirán algunos),
logramos comprender que todos debíamos cambiar: pensar en
los demás, pensar en el país. Pero parece que eso
se está olvidando.
Parece que estamos cayendo una vez más en hacer política
en contra de, en lugar de hacer política a favor
de la creación de unas condiciones que favorezcan que cada
salvadoreño pueda crecer según la medida de su esfuerzo
personal.
Necesitamos ideales. Necesitamos líderes fuertes que construyan
y no líderes oportunistas que lancen a los demás a
destruir. Lo primero es muy difícil, poco llamativo, pero
eficaz. Lo segundo es muy fácil, da la impresión de
que se están haciendo cosas, pero de forma provisional y
deleznable.
Necesitamos ideales que puedan atraer como imán poderoso
a los mejores espíritus de este país. Cito una vez
más a Zweig: Quien sabe dar autoridad, por medio de
un nuevo ideal, a la esperanza de un pueblo, llega a ser guía
de su generación. Lo que necesitamos de verdad son
personas con la suficiente capacidad para contagiar a los demás
su visión de país, políticos que hagan suyo
lo mejor de la política y guíen a El Salvador fuera
del camino del odio, que mata y esteriliza.
*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario
de Hoy
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