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Punto de vista
Necesitamos abrir el horizonte

Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Parece que estamos cayendo una vez más en hacer política “en contra de”, en lugar de hacer política a favor de la creación de unas condiciones que favorezcan que cada salvadoreño pueda crecer según la medida de su esfuerzo personal.

En estos días de descanso, cayó en mis manos una biografía de Erasmo de Rotterdam, escrita hace muchos años por Stefan Zweig. En la introducción, el autor hace un breve estudio del tiempo en que vivió el sabio renacentista, y en un momento determinado, comentando acerca del ideal erasmiano de una unidad supranacional en la Europa en que le tocó vivir, escribe el biógrafo: “Para la masa, siempre será más accesible lo concreto y aprehensible, que lo abstracto”.

Dio la casualidad, además, de que esa mañana había conversado con unos amigos acerca de la plaga populista que parece cernirse sobre América Latina: Guatemala y Nicaragua -sin ir muy lejos-; Venezuela y Perú, Argentina y Brasil... Y -hablando de El Salvador- comentábamos algunas de las “promesas de campaña” que hasta la fecha han manifestado los dos candidatos presidenciales ya definidos en nuestro país. Lastimosamente, también aquí se siente un desagradable y marcado sabor populista: la masa no llega con facilidad a lo abstracto, necesita cosas concretas.

Más aún, está claro que -cuanto menos cultura tenga una nación- los políticos que escojan hostilidades como el núcleo de sus programas y discursos, encontrarán más partidarios cuanto más identificable y concreto sea “el enemigo”: una clase social (la oligarquía), una ideología (el comunismo), un sistema económico (el neoliberalismo). Apoyándose, además, en sentimientos: el miedo, el odio, la ambición o la envidia...

Quienes así actúan, juegan sucio. Explotan las pasiones humanas más bajas y las colocan al propio servicio, utilizando (porque manipulan) a los demás.
Lastimosamente, un ideal noble y alto “carece por sí mismo de cualquier impresionante efecto óptico para una masa que quiere ver, al luchar, los ojos de su adversario, y jamás trae consigo aquel atractivo que tiene lo orgullosamente disgregador”. Carece de esa característica que coloca al enemigo fuera de la propia clase social, fuera de la propia responsabilidad, fuera del grupo de los que todos consideramos como “los nuestros” y que, precisamente por ello, convierte a los demás en “los otros”.

Sigue escribiendo Zweig: “Siempre encontrarán más fácilmente secuaces los espíritus partidistas, que azuzan en una determinada dirección el eterno descontento humano”... El eterno descontento humano. Me pregunto: ¿No le parece al lector que eso es, precisamente, lo que algunos políticos están haciendo? Lo más triste, pienso, no es que lo hagan, sino que muchos de nosotros terminemos creyendo que eso es lo que deben hacer, que son cosas de la política, que la política “es así”. Como si no fuera más que un pulso entre gobierno y oposición: los primeros tratan de conservar el poder, mientras los segundos no hacen más que estorbar cualquier cosa que el gobierno intente poner en marcha.

Pero no podemos ser ingenuos. Siempre habrá, en todas partes, oleadas de fanatismo irracional. Lo importante es, entonces, que en los tiempos de relativa tranquilidad, los idealistas, los constructores, puedan levantar unos diques tan fuertes que soporten el embate de los fanáticos y, una vez superado el problema, puedan luego dedicar tiempo y esfuerzo a reparar los daños y prepararse para un nuevo ataque de irracional pasión.

La verdad es que casi no hay una generación que no haya sufrido a los intolerantes fanáticos. En El Salvador logramos superar una guerra cruenta y destructora, logramos echar las bases para vivir en paz, logramos entendernos (por el miedo, dirán algunos), logramos comprender que todos debíamos cambiar: pensar en los demás, pensar en el país. Pero parece que eso se está olvidando.

Parece que estamos cayendo una vez más en hacer política “en contra de”, en lugar de hacer política a favor de la creación de unas condiciones que favorezcan que cada salvadoreño pueda crecer según la medida de su esfuerzo personal.
Necesitamos ideales. Necesitamos líderes fuertes que construyan y no líderes oportunistas que lancen a los demás a destruir. Lo primero es muy difícil, poco llamativo, pero eficaz. Lo segundo es muy fácil, da la impresión de que se están haciendo cosas, pero de forma provisional y deleznable.

Necesitamos ideales que puedan atraer como imán poderoso a los mejores espíritus de este país. Cito una vez más a Zweig: “Quien sabe dar autoridad, por medio de un nuevo ideal, a la esperanza de un pueblo, llega a ser guía de su generación”. Lo que necesitamos de verdad son personas con la suficiente capacidad para contagiar a los demás su visión de país, políticos que hagan suyo lo mejor de la política y guíen a El Salvador fuera del camino del odio, que mata y esteriliza.

*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy

 

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