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Tema
para meditar
Transfiguración
personal
Jesús
no deseaba impresionar a sus discípulos por medio de la experiencia
del Monte Tabor, pero sí reforzar la importancia de su mensaje,
que siempre estuvo y sigue orientado a la transformación
permanente del hombre
Tiene que haber sido un momento intenso el que vivieron Pedro,
Santiago y Juan cuando decidieron acompañar a Jesús
al Monte Tabor. Pocos días antes, el Maestro les había
revelado que pronto sería martirizado, lo que debe haber
llenado sus corazones de congoja y cierto desencanto.
Probablemente, ellos, al igual que muchos otros que seguían
al Cristo, interpretaban políticamente sus permanentes aseveraciones
de que instauraría un reinado en la tierra. Era más
lógico y humano pensar que el carpintero se refería
a un movimiento revolucionario con el que intentaría deponer
al gobierno romano y a las corruptas autoridades religiosas de la
época, que a la posibilidad de tener frente a sí al
Mesías, del que tanto hablaban los profetas desde la antigüedad.
Por ello, los apóstoles nunca imaginaron lo que ocurriría
ante sus ojos, que verían a Jesús transfigurarse,
cambiar sus vestiduras humanas por unas tan blancas y brillantes
que no les cabría duda de que tenían ante ellos al
hijo de Dios. Y por si fuera poco, otros dos seres luminosos, que
fueron identificados como Moisés y Elías, escoltaban
al Divino Maestro, mientras una incomparable voz se dejó
escuchar desde el cielo, diciendo: Este es mi hijo amado en
quien tengo puestas todas mis complacencias. Escuchadle.
Tiempo después, Pedro, Santiago y Juan también compartirían
la agonía de Jesús en el huerto de Getsemaní,
a la que, tal como él mismo se los anunció, siguió
su pasión y muerte en la cruz, y la gloriosa resurrección,
que lo situó a la diestra de Dios Padre.
De milagrosos eventos como éstos, el testimonio de vida de
Jesús y su transformador mensaje, emergió el cristianismo,
que hoy en día es un incontenible movimiento en expansión
por todo el mundo. En parte, gracias al esfuerzo misionero inicial
de los discípulos y apóstoles, que fueron impactados
por experiencias como la transfiguración, al punto de que
no vacilaron en entregar sus vidas por la causa del evangelismo
y la propagación de la fe cristiana.
Independientemente de que usted sea parte de los millones de personas
cuyas vidas han sido transformadas por la benéfica influencia
de Jesucristo, o de los que no pasan de considerar todo esto como
una colección de mitos y, si acaso, una serie de eventos
históricos remotos, sublimados por la tradición religiosa,
los sucesos de la transfiguración no dejan de ser una invitación
a reflexionar sobre nuestro propio testimonio de vida y la importancia
de vivir una permanente transformación personal.
Llámese una conversión o una evolución, lo
importante es que nos es posible cambiar nuestras vestiduras, raídas
por la débil humanidad, por un manto nuevo y resplandeciente;
un atuendo emblanquecido por la presencia de Jesús o sus
principios universales, que nos animan a suplantar lo que nos esclaviza
por lo que nos da libertad.
Jesús no deseaba impresionar a sus discípulos por
medio de la experiencia del Monte Tabor, pero sí reforzar
la importancia de su mensaje, que siempre estuvo y sigue orientado
a la transformación permanente del hombre.
La presencia de Dios en aquella ocasión no sólo tuvo
el propósito de reafirmar el apoyo incondicional a su hijo,
cuya sangre pronto sería derramada, sino de señalarnos,
en el ejemplo de vida del Cristo, nuestro propio camino hacia la
complacencia y armonía con el Padre Celestial.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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