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Tema para meditar
Transfiguración personal

Salvador Castellanos*
El Diario de Hoy
e-mail: scastellanos@el salvador.com

Jesús no deseaba impresionar a sus discípulos por medio de la experiencia del Monte Tabor, pero sí reforzar la importancia de su mensaje, que siempre estuvo y sigue orientado a la transformación permanente del hombre

Tiene que haber sido un momento intenso el que vivieron Pedro, Santiago y Juan cuando decidieron acompañar a Jesús al Monte Tabor. Pocos días antes, el Maestro les había revelado que pronto sería martirizado, lo que debe haber llenado sus corazones de congoja y cierto desencanto.

Probablemente, ellos, al igual que muchos otros que seguían al Cristo, interpretaban políticamente sus permanentes aseveraciones de que instauraría un reinado en la tierra. Era más lógico y humano pensar que el carpintero se refería a un movimiento revolucionario con el que intentaría deponer al gobierno romano y a las corruptas autoridades religiosas de la época, que a la posibilidad de tener frente a sí al Mesías, del que tanto hablaban los profetas desde la antigüedad.

Por ello, los apóstoles nunca imaginaron lo que ocurriría ante sus ojos, que verían a Jesús transfigurarse, cambiar sus vestiduras humanas por unas tan blancas y brillantes que no les cabría duda de que tenían ante ellos al hijo de Dios. Y por si fuera poco, otros dos seres luminosos, que fueron identificados como Moisés y Elías, escoltaban al Divino Maestro, mientras una incomparable voz se dejó escuchar desde el cielo, diciendo: “Este es mi hijo amado en quien tengo puestas todas mis complacencias. Escuchadle”.

Tiempo después, Pedro, Santiago y Juan también compartirían la agonía de Jesús en el huerto de Getsemaní, a la que, tal como él mismo se los anunció, siguió su pasión y muerte en la cruz, y la gloriosa resurrección, que lo situó a la diestra de Dios Padre.

De milagrosos eventos como éstos, el testimonio de vida de Jesús y su transformador mensaje, emergió el cristianismo, que hoy en día es un incontenible movimiento en expansión por todo el mundo. En parte, gracias al esfuerzo misionero inicial de los discípulos y apóstoles, que fueron impactados por experiencias como la transfiguración, al punto de que no vacilaron en entregar sus vidas por la causa del evangelismo y la propagación de la fe cristiana.

Independientemente de que usted sea parte de los millones de personas cuyas vidas han sido transformadas por la benéfica influencia de Jesucristo, o de los que no pasan de considerar todo esto como una colección de mitos y, si acaso, una serie de eventos históricos remotos, sublimados por la tradición religiosa, los sucesos de la transfiguración no dejan de ser una invitación a reflexionar sobre nuestro propio testimonio de vida y la importancia de vivir una permanente transformación personal.

Llámese una conversión o una evolución, lo importante es que nos es posible cambiar nuestras vestiduras, raídas por la débil humanidad, por un manto nuevo y resplandeciente; un atuendo emblanquecido por la presencia de Jesús o sus principios universales, que nos animan a suplantar lo que nos esclaviza por lo que nos da libertad.

Jesús no deseaba impresionar a sus discípulos por medio de la experiencia del Monte Tabor, pero sí reforzar la importancia de su mensaje, que siempre estuvo y sigue orientado a la transformación permanente del hombre.

La presencia de Dios en aquella ocasión no sólo tuvo el propósito de reafirmar el apoyo incondicional a su hijo, cuya sangre pronto sería derramada, sino de señalarnos, en el ejemplo de vida del Cristo, nuestro propio camino hacia la complacencia y armonía con el Padre Celestial.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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