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Cuestiones de bioética
La fecundación artificial hoy

Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
lmfcuervo@navegante.com.sv

Si la procreación se sustituye por la fabricación, después viene la selección de qué tipo de hijo se quiere, de qué sexo.

Hace veinticinco años, el 25 de julio de 1978, nació el primer niño fabricado en gran parte en un laboratorio. Se le llamó “bebé-probeta” y se acogió en el mundo con aplauso mediático generalizado.

Ese bebé se llamó Louise Brown, nació en Inglaterra y fue debido al esfuerzo continuado del ginecólogo Patrick Steptoe, del Oldham General Hospital, y del fisiólogo de la Cambridge University, Robert Edwards. Los padres de Louise habían desistido de tener hijos por la vía normal, pues una obstrucción de ambas trompas uterinas de la madre lo hacían imposible. Ni que decir tiene que la opinión pública en general estuvo, desde un primer momento, a favor de ese éxito “científico” y también solidarizándose sentimentalmente con los padres, que por fin conseguían tener un hijo suyo.

Esa técnica, que consiste en esencia en una fecundación hecha en laboratorio, a partir de esperma del padre y óvulo de la madre, se conoce con las siglas de FIVET (fecundación in vitro con transferencia de embriones). Desde 1966, por lo menos, se venía intentando, pero con continuados fracasos a las pocas semanas de implantar el embrión en el útero materno. Desde el éxito de Steptoe y Edwards, la técnica se fue mejorando y extendiendo por todo el mundo y, en la actualidad, la cifra de niños fabricados puede ser de unos cientos de miles.

Lo que al público se le ocultó casi siempre es el hecho importante de que, para conseguir un niño de FIVET se han tenido que sacrificar un pequeño montón de embriones, con cifras que oscilan entre una y varias docenas. Es decir, se ha tenido que fecundar varios óvulos en el laboratorio, desechar después la mayoría de ellos, elegir cuatro o cinco que se implantan en el útero materno y después eliminar todos esos, menos uno. Claro que ahí viene la propaganda y competencia entre los distintos laboratorios, exhibiendo, como muestra de la perfección técnica, el conseguir un niño eliminando el menor número posible de sus pequeños hermanos.

Naturalmente, la cosa no quedó en aplicar FIVET sólo a mamás estériles. Pronto se extendió toda una industria y negocio lucrativo de donantes de esperma, donadoras de óvulos, úteros (madres de alquiler), venta y utilización de embriones sobrantes, madres-abuelas (para superar la menopausia), mujeres solteras fecundadas con esperma de donante anónimo, niños para parejas homosexuales, ensayos de híbridos humano-animales y, por último, la clonación, que todavía está prohibida en casi todos los países si la finalidad es producir un ser que llegue a la edad adulta, pero, en cambio, sí se acepta en muchos sitios como clonación para experimentación o para donar órganos –y morir después- al sujeto del cual se obtuvo la clonación.

Hoy día, en países desarrollados, hay abogados que ganan mucho dinero poniendo en relación humana y legal a parejas estériles con mujeres que se ofrecen como “madres de alquiler”. El abogado los presenta. La pareja elige a la futura mamá y, si llegan a un acuerdo, en el precio y en las otras condiciones, se firma el contrato.

La mamá-alquilada recibe un adelanto del precio estipulado, se compromete a no fumar ni beber durante los nueve meses de embarazo, a entregar un niño sano después del parto y a recibir el resto del dinero acordado.

El abogado, por supuesto, cobra una buena cantidad de los tres. Pero a veces ya ha sucedido que la madre luego no quiere entregar al niño, que el embarazo y/o el parto han tenido problemas y muchos otros aspectos que están complicando los derechos de familia, de paternidad, de herencia y, por supuesto, planteando graves problemas éticos.

La posición de la Iglesia Católica y sus expertos enseguida fue muy clara especificando que no es moral que los seres humanos se fabriquen y se traten como objeto de lucro y de experimentación y señalando también la inmoralidad del procedimiento actual, porque supone la muerte de varios embriones para lograr que se desarrolle uno.

Pronto se sumaron a esa condena bioéticos de prestigio, entre ellos León Kass, de confesión judía, y connotados filósofos como Habermas y Spaeman. Ahora, que se puede ver cómo de aquella primera FIVET ha ido surgiendo todo lo actual, cada vez son más los que hacen objeciones muy serias. Pero la fama conseguida, la publicidad, los negocios y los intereses de todo tipo que se mueven alrededor de la manipulación de embriones está siempre dispuesta a llamar moral a lo que claramente no lo es y a cerrar los ojos hacia lo que se nos viene encima.

Estamos ante un problema que tiene algo del Mickey Mouse aprendiz de brujo y que además se orienta hacia “El mundo feliz”, de Aldous Huxley, donde los seres humanos se programaban según distintos condicionamientos previos y nacían todos de los frascos de una fábrica.

La tecnificación de la vida humana está haciendo que el ser humano, de ser el manipulador y explotador de la naturaleza esté pasando a ser el objeto explotado y manipulado. Díganselo, si no, los cientos de miles de embriones congelados a la espera de ser usados como material de experimentación y posterior basura desechable.

Si la procreación se sustituye por la fabricación, después viene la selección de qué tipo de hijo se quiere, de qué sexo, color, estatura, características físicas, etc. Igual que cuando se compra un mueble, el hijo se elegirá y se pagará, o se desechará si no es del gusto del comprador. Además ¿por qué va a tener que ser un asunto privado? ¡No a la privatización, también en este caso! ¿Cuándo tardará algún Estado en pedir y obtener su derecho de fabricación? ¿Veremos burócratas clonados? ¿Ejércitos clónicos?
El nacimiento de un ser humano ¿debe ser el fruto de un amor personal, de una profunda donación, física y espiritual, entre un hombre y una mujer, o el éxito bien pagado de un equipo tecnológico de un laboratorio?
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy.

 

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