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Contra el terrorismo
Recuerdos de una trágica fecha

Daniel Zang*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Tengo la esperanza de que el nuevo gobierno argentino tomará medidas que se encaminen a lograr que se haga justicia en este trágico suceso, se esclarezcan los hechos y, por encima de todo, identifique a los culpables y los juzgue sin dilación por sus atrocidades.

El 18 de julio de 1994, a las 10 de la mañana, una pavorosa explosión sacudió la ciudad de Buenos Aires. El epicentro, el tradicional Barrio de Once. La conmoción se apoderó de la gente, sirenas de ambulancias cortaron el tenso silencio. Pronto se alzó una gran humareda que se elevaba por los cielos, llevándose consigo vidrios, cenizas, mampostería y 85 vidas humanas.

Los anónimos constructores de un coche-bomba habían hecho estallar su carga de explosivos y odio antisemita y xenófobo frente a la sede de la AMIA, la mutual judía de la Argentina, institución centenaria que aglutinaba la representación de todas las comunidades israelitas, compuesta por más de 300.000 personas. También funcionaba como centro cultural, biblioteca y, fundamentalmente, como núcleo de la vida judía en el país. Tanto a su bolsa de trabajo como a su comedor gratuito, acudía gente humilde y necesitada sin importar su credo o religión.

Ese día, por encontrarse en época de receso escolar, los estudiantes eran el principal público de la institución. Fue así como tantas personas que sólo habían ido a buscar un poco de esperanza encontraron, en cambio, la intolerancia, el odio y la muerte.

Cualquiera podría haber estado allí, un transeúnte casual, un empleado, un voluntario. Yo mismo había suspendido una reunión, ese lunes, en la central pedagógica del edificio, a causa de un viaje a las cataratas del Iguazú, situadas en la triple frontera entre Paraguay, Brasil y Argentina, de donde, según varias hipótesis, procedió la logística del atentado. Había cruzado infinidad de veces la frontera, sin que nadie me pidiera documentación, aunque después las autoridades juraran que la frontera había estado cerrada.

Regresé al día siguiente. Miles de voluntarios levantaban restos de mampostería y escombros buscando sobrevivientes. Paramédicos inundaban el lugar esperando un latido. Representantes de diversas religiones acompañábamos a familiares de las víctimas en un edificio cercano, procurando en la fe encontrar aliento y esperanza, que poco a poco se convertirían en contención y consuelo a medida que eran desenterrados los cuerpos sin vida de quienes aquel fatídico día salieron de sus casas sin vislumbrar su trágico destino.

Luego, ni las manifestaciones multitudinarias ni los actos de repudio ni la constante presencia de grupos frente a los tribunales porteños, durante nueve años hasta la fecha, han podido lograr que la justicia supere a la impunidad.

En lo personal, quiero expresar mi solidaridad con los familiares y amigos de las víctimas, así como con todo el pueblo judío y los millones de hombres y mujeres que queremos un mundo libre y limpio de terrorismo, antisemitismo, racismo y xenofobia.

Tengo la esperanza de que el nuevo gobierno argentino tomará medidas que se encaminen a lograr que se haga justicia en este trágico suceso, se esclarezcan los hechos y, por encima de todo, identifique a los culpables y los juzgue sin dilación por sus atrocidades.

Sólo de esta manera podrán los muertos descansar y se contribuirá a que los sobrevivientes podamos vivir en paz y dignidad.

*Rabino de la Comunidad Israelita de El Salvador

 

 

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