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Contra el terrorismo
Recuerdos de una trágica fecha
Tengo
la esperanza de que el nuevo gobierno argentino tomará medidas
que se encaminen a lograr que se haga justicia en este trágico
suceso, se esclarezcan los hechos y, por encima de todo, identifique
a los culpables y los juzgue sin dilación por sus atrocidades.
El 18 de julio de 1994, a las 10 de la mañana, una pavorosa
explosión sacudió la ciudad de Buenos Aires. El epicentro,
el tradicional Barrio de Once. La conmoción se apoderó
de la gente, sirenas de ambulancias cortaron el tenso silencio.
Pronto se alzó una gran humareda que se elevaba por los cielos,
llevándose consigo vidrios, cenizas, mampostería y
85 vidas humanas.
Los anónimos constructores de un coche-bomba habían
hecho estallar su carga de explosivos y odio antisemita y xenófobo
frente a la sede de la AMIA, la mutual judía de la Argentina,
institución centenaria que aglutinaba la representación
de todas las comunidades israelitas, compuesta por más de
300.000 personas. También funcionaba como centro cultural,
biblioteca y, fundamentalmente, como núcleo de la vida judía
en el país. Tanto a su bolsa de trabajo como a su comedor
gratuito, acudía gente humilde y necesitada sin importar
su credo o religión.
Ese día, por encontrarse en época de receso escolar,
los estudiantes eran el principal público de la institución.
Fue así como tantas personas que sólo habían
ido a buscar un poco de esperanza encontraron, en cambio, la intolerancia,
el odio y la muerte.
Cualquiera podría haber estado allí, un transeúnte
casual, un empleado, un voluntario. Yo mismo había suspendido
una reunión, ese lunes, en la central pedagógica del
edificio, a causa de un viaje a las cataratas del Iguazú,
situadas en la triple frontera entre Paraguay, Brasil y Argentina,
de donde, según varias hipótesis, procedió
la logística del atentado. Había cruzado infinidad
de veces la frontera, sin que nadie me pidiera documentación,
aunque después las autoridades juraran que la frontera había
estado cerrada.
Regresé al día siguiente. Miles de voluntarios levantaban
restos de mampostería y escombros buscando sobrevivientes.
Paramédicos inundaban el lugar esperando un latido. Representantes
de diversas religiones acompañábamos a familiares
de las víctimas en un edificio cercano, procurando en la
fe encontrar aliento y esperanza, que poco a poco se convertirían
en contención y consuelo a medida que eran desenterrados
los cuerpos sin vida de quienes aquel fatídico día
salieron de sus casas sin vislumbrar su trágico destino.
Luego, ni las manifestaciones multitudinarias ni los actos de repudio
ni la constante presencia de grupos frente a los tribunales porteños,
durante nueve años hasta la fecha, han podido lograr que
la justicia supere a la impunidad.
En lo personal, quiero expresar mi solidaridad con los familiares
y amigos de las víctimas, así como con todo el pueblo
judío y los millones de hombres y mujeres que queremos un
mundo libre y limpio de terrorismo, antisemitismo, racismo y xenofobia.
Tengo la esperanza de que el nuevo gobierno argentino tomará
medidas que se encaminen a lograr que se haga justicia en este trágico
suceso, se esclarezcan los hechos y, por encima de todo, identifique
a los culpables y los juzgue sin dilación por sus atrocidades.
Sólo de esta manera podrán los muertos descansar y
se contribuirá a que los sobrevivientes podamos vivir en
paz y dignidad.
*Rabino de la Comunidad Israelita de El Salvador
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