| |

Apuntes de viaje
Ciudad de Boaco
No
sé si en algún lugar de El Salvador se pueden ver,
en estos tiempos, situaciones parecidas. A las ocho de la tarde,
las tiendas, las farmacias y el supermercado aún estaban
abiertos y ninguno tenía rejas. En algunas tiendas incluso
no había nadie y para que nos atendieran tuvimos que tocar
la puerta, porque la dueña estaba en otros quehaceres.
La semana que recién termina he tenido la oportunidad de
conocer una ciudad nicaragüense, a unos ciento cincuenta kilómetros
de la capital, que los lugareños llaman Buaco
y a la que también se refieren como la ciudad de los
dos pisos, pues una parte está en el valle de la colina,
al que la gente denomina el Bajo, y la otra parte, como
a cien metros de altura, a la que han nombrado Olamo.
Las dos zonas están unidas por una calle que, debido a su
inclinación, exige un gran esfuerzo a quienes caminan por
ella, aunque una inmensidad de taxis colectivos evita a la gente
la subida, a cambio de una pequeña cantidad de dinero.
Esta semana se celebran en Buaco las fiestas patronales
en honor al Apóstol Santiago con una serie de actividades
en las que todos los días participan las escuelas y diferentes
agrupaciones. Por la noche se celebran actos en el parque, al que
asiste mucha gente.
¿Y qué es lo que tiene Boaco diferente a lo que vemos
en cualquier ciudad en El Salvador? Mucha más tranquilidad
y seguridad ciudadana.
Al margen de la amabilidad de las personas que por razón
profesional nos invitaron, sentí que la gente era amable,
cordial, y uno de verdad se siente seguro en la ciudad. Entonces
caí en la cuenta de por qué dicen que Nicaragua es
el país más seguro de Centroamérica.
Dos de las tres noches que estuve en Buaco, salí
a andar por las calles de la parte alta, que se llama Olamo, y les
digo, con sinceridad, que me sentí como en mi ciudad natal,
en El Salvador, cuando tenía catorce años. Como las
calles, por el desnivel de la colina, son un poco inclinadas, las
aceras de las casas tienen mucho desnivel y en algunas esquinas
invitan a sentarse y descansar. Nos sentamos en una esquina a disfrutar
de la brisa de la noche y la gente que pasó nos saludó,
diciendo amablemente buenas noches.
Observé que en la esquina opuesta a donde estábamos,
había grupos de personas que conversaban bajo la luz de los
postes e incluso algunos niños que jugaban con toda tranquilidad
en la calle y se apartaban tranquilamente para ceder el paso a los
vehículos.
Al pasar por las aceras, uno puede ver el interior de las casas,
limpias y arregladas, porque las puertas de casi todas estaban abiertas
y en muchas vimos gente sentada en sus mecedoras, disfrutando del
fresco de la noche y hablando con otros de la casa, con los vecinos
o incluso con gente que pasa y se detiene para saludar.
No sé si en algún lugar de El Salvador se pueden ver,
en estos tiempos, situaciones parecidas. A las ocho de la tarde,
las tiendas, las farmacias y el supermercado aún estaban
abiertos y ninguno tenía rejas. En algunas tiendas incluso
no había nadie y para que nos atendieran tuvimos que tocar
la puerta, porque la dueña estaba adentro en otros quehaceres.
Por ser esta una zona ganadera, el domingo hubo un desfile de mucha
gente que montaba caballos de diferentes razas y tamaños,
cabalgando de diferentes maneras y con diferentes niveles de acabado
de monturas. Señores, hombres, mujeres, jóvenes y
hasta niños pequeños lucían sus vestiduras
y los adornos de sus caballos. Percibí que, en ese día,
la gente se entremezclaba en sus caballos y, a pesar que el rito
de andar en caballo va acompañado de cerveza y de licores,
no hubo escándalos y mucho menos tiros o balas perdidas durante
todo el día, pues ninguno de los participantes iba armado.
Los siguientes días vi, e incluso me mezclé entre
la gente, una procesión en honor al patrón de la ciudad,
en la que los cuatro cargadores que llevan el altar sobre los hombros
bailan con el santo encima, al ritmo de la banda de acompañamiento,
con sus trompetas, trombones, tubas, platillos, tambora y redoblante,
que toca sin cesar una melodía bullanguera, alegre y típica.
Los cargadores del altar bailan a un ritmo pegajoso, de tres pasos
adelante y uno para atrás. Es muy interesante cómo
la gente mezcla en este pueblo la diversión con una procesión
alusiva a algo relacionado con la iglesia, pues al final terminamos
bailando hasta los visitantes.
Una de las noches vi en el parque una velada en la que
participaron adultos, jóvenes y niños con canciones,
danzas populares y también bailes modernos. Aunque tuvo que
ser suspendida por un chaparrón, pasada la tormenta, volvió
la gente y la velada continuó hasta que presentaron todos
los números artísticos.
Me acordé mucho de cómo eran hace años nuestras
ciudades en El Salvador, y cada uno de los lectores de más
de cuarenta años se acordará de cuando aún
no había tanta inseguridad, uno caminaba por las calles sin
temor. Me acordé de cuando corría con otros niños
de la vecindad en la calles hasta bañarnos en sudor y en
el zaguán de nuestra casa, mi madre, en el centro de un corro
de unos doce niños, nos contaba cuentos y nos hacía
imaginar viajes alrededor del mundo.
Espero volver pronto a Buaco para continuar conociendo
y tratando a esta gente, que, aunque se mantiene lejos de la gran
ciudad, vive con un poco más de tranquilidad y, sobre todo,
de seguridad y cordialidad con los vecinos.
¿Volverán nuestras ciudades a ser seguras, cordiales
y limpias? Yo no pierdo las esperanzas, pero será necesario
que cada uno acepte hacer la parte que le toca. Los planes de seguridad
nacional deben ser respaldados por la gente, pero, sobre todo, cada
uno debe concientizarse de las ventajas de la cordialidad y la seguridad
y trabajar para mejorar nuestra calidad de vida.
*Ingeniero y columnista de El Diario de
Hoy.
|
|