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Apuntes de viaje
Ciudad de Boaco

Pedro Roque*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

No sé si en algún lugar de El Salvador se pueden ver, en estos tiempos, situaciones parecidas. A las ocho de la tarde, las tiendas, las farmacias y el supermercado aún estaban abiertos y ninguno tenía rejas. En algunas tiendas incluso no había nadie y para que nos atendieran tuvimos que tocar la puerta, porque la dueña estaba en otros quehaceres.

La semana que recién termina he tenido la oportunidad de conocer una ciudad nicaragüense, a unos ciento cincuenta kilómetros de la capital, que los lugareños llaman “Buaco” y a la que también se refieren como “la ciudad de los dos pisos”, pues una parte está en el valle de la colina, al que la gente denomina “el Bajo”, y la otra parte, como a cien metros de altura, a la que han nombrado “Olamo”.

Las dos zonas están unidas por una calle que, debido a su inclinación, exige un gran esfuerzo a quienes caminan por ella, aunque una inmensidad de taxis colectivos evita a la gente la subida, a cambio de una pequeña cantidad de dinero.

Esta semana se celebran en “Buaco” las fiestas patronales en honor al Apóstol Santiago con una serie de actividades en las que todos los días participan las escuelas y diferentes agrupaciones. Por la noche se celebran actos en el parque, al que asiste mucha gente.
¿Y qué es lo que tiene Boaco diferente a lo que vemos en cualquier ciudad en El Salvador? Mucha más tranquilidad y seguridad ciudadana.

Al margen de la amabilidad de las personas que por razón profesional nos invitaron, sentí que la gente era amable, cordial, y uno de verdad se siente seguro en la ciudad. Entonces caí en la cuenta de por qué dicen que Nicaragua es el país más seguro de Centroamérica.

Dos de las tres noches que estuve en “Buaco”, salí a andar por las calles de la parte alta, que se llama Olamo, y les digo, con sinceridad, que me sentí como en mi ciudad natal, en El Salvador, cuando tenía catorce años. Como las calles, por el desnivel de la colina, son un poco inclinadas, las aceras de las casas tienen mucho desnivel y en algunas esquinas invitan a sentarse y descansar. Nos sentamos en una esquina a disfrutar de la brisa de la noche y la gente que pasó nos saludó, diciendo amablemente “buenas noches”.

Observé que en la esquina opuesta a donde estábamos, había grupos de personas que conversaban bajo la luz de los postes e incluso algunos niños que jugaban con toda tranquilidad en la calle y se apartaban tranquilamente para ceder el paso a los vehículos.
Al pasar por las aceras, uno puede ver el interior de las casas, limpias y arregladas, porque las puertas de casi todas estaban abiertas y en muchas vimos gente sentada en sus mecedoras, disfrutando del fresco de la noche y hablando con otros de la casa, con los vecinos o incluso con gente que pasa y se detiene para saludar.

No sé si en algún lugar de El Salvador se pueden ver, en estos tiempos, situaciones parecidas. A las ocho de la tarde, las tiendas, las farmacias y el supermercado aún estaban abiertos y ninguno tenía rejas. En algunas tiendas incluso no había nadie y para que nos atendieran tuvimos que tocar la puerta, porque la dueña estaba adentro en otros quehaceres.

Por ser esta una zona ganadera, el domingo hubo un desfile de mucha gente que montaba caballos de diferentes razas y tamaños, cabalgando de diferentes maneras y con diferentes niveles de acabado de monturas. Señores, hombres, mujeres, jóvenes y hasta niños pequeños lucían sus vestiduras y los adornos de sus caballos. Percibí que, en ese día, la gente se entremezclaba en sus caballos y, a pesar que el rito de andar en caballo va acompañado de cerveza y de licores, no hubo escándalos y mucho menos tiros o balas perdidas durante todo el día, pues ninguno de los participantes iba armado.

Los siguientes días vi, e incluso me mezclé entre la gente, una procesión en honor al patrón de la ciudad, en la que los cuatro cargadores que llevan el altar sobre los hombros bailan con el santo encima, al ritmo de la banda de acompañamiento, con sus trompetas, trombones, tubas, platillos, tambora y redoblante, que toca sin cesar una melodía bullanguera, alegre y típica. Los cargadores del altar bailan a un ritmo pegajoso, de tres pasos adelante y uno para atrás. Es muy interesante cómo la gente mezcla en este pueblo la diversión con una procesión alusiva a algo relacionado con la iglesia, pues al final terminamos bailando hasta los visitantes.

Una de las noches vi en el parque una “velada” en la que participaron adultos, jóvenes y niños con canciones, danzas populares y también bailes modernos. Aunque tuvo que ser suspendida por un chaparrón, pasada la tormenta, volvió la gente y la velada continuó hasta que presentaron todos los números artísticos.

Me acordé mucho de cómo eran hace años nuestras ciudades en El Salvador, y cada uno de los lectores de más de cuarenta años se acordará de cuando aún no había tanta inseguridad, uno caminaba por las calles sin temor. Me acordé de cuando corría con otros niños de la vecindad en la calles hasta bañarnos en sudor y en el zaguán de nuestra casa, mi madre, en el centro de un corro de unos doce niños, nos contaba cuentos y nos hacía imaginar viajes alrededor del mundo.
Espero volver pronto a “Buaco” para continuar conociendo y tratando a esta gente, que, aunque se mantiene lejos de la gran ciudad, vive con un poco más de tranquilidad y, sobre todo, de seguridad y cordialidad con los vecinos.

¿Volverán nuestras ciudades a ser seguras, cordiales y limpias? Yo no pierdo las esperanzas, pero será necesario que cada uno acepte hacer la parte que le toca. Los planes de seguridad nacional deben ser respaldados por la gente, pero, sobre todo, cada uno debe concientizarse de las ventajas de la cordialidad y la seguridad y trabajar para mejorar nuestra calidad de vida.

*Ingeniero y columnista de El Diario de Hoy.

 

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