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Tomando la palabra
Política, percepción y mal carácter
El
problema de fondo se encuentra en el escaso control de sí
mismo que exhibe, cada vez que se enfrenta a la crítica,
un aspirante a la Presidencia de nuestro país.
¿Qué salvadoreño bien nacido podría
negar que en nuestro país existen debates mucho más
urgentes que el temperamento de Schafik Handal? ¿Acaso las
más importantes discusiones sobre el futuro de El Salvador
necesitan aderezarse con el rancio picante del personalismo?
Lamentablemente, aquí como en Singapur, la política
también es asunto de percepciones. Si la opinión pública,
con morbosa avidez, se ocupa del mal genio de un político
como Handal, ello se debe, en gran medida, a las naturales reacciones
que provoca la permanente irritabilidad del veterano líder
comunista. ¿Quién podría negar, en ese sentido,
que el más terrible adversario de Schafik se encuentra justo
bajo su propia piel?
Es cierto que muchas famas dudosas tienen orígenes gratuitos.
En un ambiente que se presta a la maledicencia y la ligereza, resulta
cómodo señalar las conductas de nuestros adversarios
antes que ocuparnos de sus ideas. Los partidos mayoritarios, empero,
debemos aprender a denigrarnos menos y argumentarnos más,
respetando la inteligencia de los electores con pruebas fehacientes
incluidas las conductuales del valor que tienen nuestros
argumentos.
Más si bien muchas malas famas son gratuitas, hay otras ganadas
a pulso. El mal carácter de Schafik es de estas últimas.
Sus bravatas son célebres, producto de algo que en sus adversarios
políticos provoca una mezcla de rechifla y temor: su convicción
de que está en lo correcto, en primera instancia, y de que
es inadmisible estar equivocado, en segunda.
Y es que una cosa no determina a la otra en política. A los
liberales, la historia nos ha enseñado a estar seguros de
nuestras ideas, pero no a darlas por absolutas. Por eso entendemos
que incluso aquello que definimos como nuestra verdad
puede ser útil únicamente para evidenciar errores
ajenos, y no forzosamente para darnos una autoridad indiscutible.
De ahí que, para el análisis de la naturaleza humana,
seguimos leyendo a Popper y desmintiendo a Marx (un señor
cuyas utopías, como el acné, deberían esfumarse
con la adolescencia).
Al igual que muchos televidentes, el domingo pasado sintonicé
el Canal 33 para ver, íntegramente, por primera vez, el programa
Generacción. El espectáculo me pareció lamentable.
Allí estaba un serio aspirante a la primera magistratura
de mi país vociferando contra un puñado de jóvenes
que no pensaban como él. Simples propagandistas,
los llamó. Después arremetió contra todo lo
que pudo, a ciegas, interrumpiendo, negando respuestas, alzando
la voz.
En su exasperación, no se dio cuenta, el diputado Handal,
de que atropellaba una de las instituciones más sanas de
nuestro sistema: la crítica. Tampoco se dio cuenta de que
mandaba al patíbulo su imagen de demócrata al enfilar
las baterías contra un medio de comunicación, arrojando
fúnebres presagios en torno a la actitud confrontativa que
caracterizaría a un eventual gobierno efemelenista.
Los actores políticos debemos recordar siempre (aunque sea
a regañadientes) que admitir la existencia de opiniones divergentes
fortalece nuestra capacidad de análisis y nos obliga a ser
más ilustrados. Lo contrario es pretender que nuestra postura
sea el centro gravitacional de los entendimientos nacionales. Y
la democracia no funciona así.
Con colegas de varias fracciones hemos comentado el texto que publicó
el equipo redactor de Vértice, el domingo pasado, bajo el
flamante título de El circo legislativo. No obstante
admitir las faltas que le dieron origen, coincido con otros diputados
en que el reportaje en cuestión parte de una premisa absolutamente
falsa: que el estricto parlamentarismo constituye una medida justa
del trabajo legislativo.
Sin embargo, aunque muchos en la Asamblea tengamos los suficientes
argumentos para calificar de superficial y burdamente generalizadora
la publicación de Vértice, jamás nos atreveríamos
a valernos de nuestra posición para implantar censuras y
exigir la picota para los responsables.
Desconozco si el diputado Handal llamó al director del Canal
33 para motivar la cancelación del programa. La televisora,
en todo caso, hizo muy bien en transmitirlo íntegro. Tampoco
creo que sea decisivo especular sobre los límites que se
deben imponer a los conductores de espacios juveniles, porque ese
debate se circunscribe a la esfera ética de cada medio de
comunicación.
El problema de fondo se encuentra en el escaso control de sí
mismo que exhibe, cada vez que se enfrenta a la crítica,
un aspirante a la Presidencia de nuestro país. El problema
es que este político demuestra, por deformación teórica,
poco respeto a las opiniones de otros, y que, aunque niegue que
no ejercerá presión sobre la prensa desde el Gobierno,
su comportamiento está en las antípodas de la tolerancia.
No nos preguntemos qué ha sido capaz de hacer Schafik en
este caso. Preguntémonos mejor, después de haberlo
visto perder los estribos frente a un grupo de jóvenes, qué
sería capaz de hacer en el poder.
*Escritor y diputado.
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