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Tomando la palabra
Política, percepción y mal carácter

Federico Hernández Aguilar*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

El problema de fondo se encuentra en el escaso control de sí mismo que exhibe, cada vez que se enfrenta a la crítica, un aspirante a la Presidencia de nuestro país.

¿Qué salvadoreño bien nacido podría negar que en nuestro país existen debates mucho más urgentes que el temperamento de Schafik Handal? ¿Acaso las más importantes discusiones sobre el futuro de El Salvador necesitan aderezarse con el rancio picante del personalismo?
Lamentablemente, aquí como en Singapur, la política también es asunto de percepciones. Si la opinión pública, con morbosa avidez, se ocupa del mal genio de un político como Handal, ello se debe, en gran medida, a las naturales reacciones que provoca la permanente irritabilidad del veterano líder comunista. ¿Quién podría negar, en ese sentido, que el más terrible adversario de Schafik se encuentra justo bajo su propia piel?

Es cierto que muchas famas dudosas tienen orígenes gratuitos. En un ambiente que se presta a la maledicencia y la ligereza, resulta cómodo señalar las conductas de nuestros adversarios antes que ocuparnos de sus ideas. Los partidos mayoritarios, empero, debemos aprender a denigrarnos menos y argumentarnos más, respetando la inteligencia de los electores con pruebas fehacientes “incluidas las conductuales” del valor que tienen nuestros argumentos.

Más si bien muchas malas famas son gratuitas, hay otras ganadas a pulso. El mal carácter de Schafik es de estas últimas. Sus bravatas son célebres, producto de algo que en sus adversarios políticos provoca una mezcla de rechifla y temor: su convicción de que está en lo correcto, en primera instancia, y de que es inadmisible estar equivocado, en segunda.

Y es que una cosa no determina a la otra en política. A los liberales, la historia nos ha enseñado a estar seguros de nuestras ideas, pero no a darlas por absolutas. Por eso entendemos que incluso aquello que definimos como “nuestra verdad” puede ser útil únicamente para evidenciar errores ajenos, y no forzosamente para darnos una autoridad indiscutible. De ahí que, para el análisis de la naturaleza humana, seguimos leyendo a Popper y desmintiendo a Marx (un señor cuyas utopías, como el acné, deberían esfumarse con la adolescencia).

Al igual que muchos televidentes, el domingo pasado sintonicé el Canal 33 para ver, íntegramente, por primera vez, el programa Generacción. El espectáculo me pareció lamentable. Allí estaba un serio aspirante a la primera magistratura de mi país vociferando contra un puñado de jóvenes que no pensaban como él. “Simples propagandistas”, los llamó. Después arremetió contra todo lo que pudo, a ciegas, interrumpiendo, negando respuestas, alzando la voz.

En su exasperación, no se dio cuenta, el diputado Handal, de que atropellaba una de las instituciones más sanas de nuestro sistema: la crítica. Tampoco se dio cuenta de que mandaba al patíbulo su imagen de demócrata al enfilar las baterías contra un medio de comunicación, arrojando fúnebres presagios en torno a la actitud confrontativa que caracterizaría a un eventual gobierno efemelenista.

Los actores políticos debemos recordar siempre (aunque sea a regañadientes) que admitir la existencia de opiniones divergentes fortalece nuestra capacidad de análisis y nos obliga a ser más ilustrados. Lo contrario es pretender que nuestra postura sea el centro gravitacional de los entendimientos nacionales. Y la democracia no funciona así.

Con colegas de varias fracciones hemos comentado el texto que publicó el equipo redactor de Vértice, el domingo pasado, bajo el flamante título de “El circo legislativo”. No obstante admitir las faltas que le dieron origen, coincido con otros diputados en que el reportaje en cuestión parte de una premisa absolutamente falsa: que el estricto parlamentarismo constituye una medida justa del trabajo legislativo.

Sin embargo, aunque muchos en la Asamblea tengamos los suficientes argumentos para calificar de superficial y burdamente generalizadora la publicación de Vértice, jamás nos atreveríamos a valernos de nuestra posición para implantar censuras y exigir la picota para los responsables.
Desconozco si el diputado Handal llamó al director del Canal 33 para motivar la cancelación del programa. La televisora, en todo caso, hizo muy bien en transmitirlo íntegro. Tampoco creo que sea decisivo especular sobre los límites que se deben imponer a los conductores de espacios juveniles, porque ese debate se circunscribe a la esfera ética de cada medio de comunicación.

El problema de fondo se encuentra en el escaso control de sí mismo que exhibe, cada vez que se enfrenta a la crítica, un aspirante a la Presidencia de nuestro país. El problema es que este político demuestra, por deformación teórica, poco respeto a las opiniones de otros, y que, aunque niegue que no ejercerá presión sobre la prensa desde el Gobierno, su comportamiento está en las antípodas de la tolerancia.

No nos preguntemos qué ha sido capaz de hacer Schafik en este caso. Preguntémonos mejor, después de haberlo visto perder los estribos frente a un grupo de jóvenes, qué sería capaz de hacer en el poder.

*Escritor y diputado.

 

 

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