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Analizando
Mano dura, mente fría y corazón bondadoso
La
violencia entre pandillas es otro motivo de zozobra, pues no se
trata de darse de puñetazos, sino del uso de explosivos y
armas de fuego.
Pocos se atreven a desafiar los argumentos que utilizó el
Presidente Francisco Flores para declarar una guerra sin cuartel
a las pandillas o maras. Y es que, por mucha compasión o
humanidad que se posea, resulta difícil negar la creciente
y grave amenaza que estos grupos representan para nuestra seguridad
personal y social.
Aunque no existe una cifra oficial, y se tiende a exagerar o minimizar
mucho, se estima que podrían haber de 30 a 50 mil pandilleros
integrando alguna de las dos organizaciones más conocidas:
la 18 y la MS. En palabras del propio mandatario, esta cifra supera
con creces el número de efectivos que conforman la PNC y
el Ejército en conjunto.
Los pandilleros son responsables de unas 100 muertes cada mes. En
un número cada vez mayor de casos, se trata de horrendos
asesinatos, que incluyen el desmembramiento de las víctimas,
presumiblemente todavía con vida. Estos crímenes están
vinculados a guerras internas o entre pandillas rivales, a la delincuencia
común y a prácticas como el satanismo; su número
es tan elevado que supera al de las pérdidas humanas ocasionadas
por desastres naturales como los terremotos de 2001.
Las maras realizan una campaña permanente de terror social.
Barrios enteros permanecen bajo su sitio, mientras los atemorizados
habitantes son obligados a pagar impuestos de guerra y a soportar
toda clase de desmanes. Es lamentable que cada vez sea mayor el
número de personas honradas que deben huir de sus viviendas
por temor a estos antisociales.
Las autoridades aseguran que los pandilleros son responsables de
buena parte del tráfico de drogas al menudeo. Incluso se
dice que reciben drogas y armas como pago por los servicios que
brindan al crimen organizado y al narcotráfico.
La violencia entre pandillas rivales es otro motivo de zozobra,
pues no se trata de darse de puñetazos, sino del uso indiscriminado
de explosivos y armas de fuego que, en muchos casos, cobran la vida
de inocentes.
Es por todo lo anterior que muy pocos pueden encontrar argumentos
válidos para criticar la política de cero tolerancia
lanzada por el gobierno. La población ha sido la primera
en reaccionar con beneplácito, sin dudar en expresar su apoyo
a la medida gubernamental y su esperanza por un mañana sin
terror.
Sin embargo, aunque existía un clamor generalizado por una
acción de este tipo, la misma debe desarrollarse con prudencia
y mente fría. Lo suficiente para evitar que esta operación
se convierta en una cacería de brujas, que comiencen a realizarse
capturas interesadas, que se abuse de la violencia o se violen derechos
humanos fundamentales. También se debe considerar la presión
que esto va a poner sobre nuestro hacinado y explosivo sistema carcelario,
y cuáles son las medidas de rehabilitación que van
a seguir al internamiento.
El ejecutivo también lanzó una ofensiva legal al proponer
una ley antimaras y un endurecimiento de la actual legislación
penal. Y lo cierto es que, aunque es un hecho que se requieren medidas
de mayor dureza contra el pandillerismo, debemos considerar el riesgo
de convertirnos en una sociedad represiva. Tal como está
planteada, la legislación no hace distinciones entre un par
de adolescentes que se dan de golpes por una novia y dos grupos
de pandilleros rivales que se matan en plena calle.
Tampoco se hace diferencia entre alguien que conduce su vehículo
con el volumen de su radio demasiado alto y un grupo de malvivientes
que escandalizan en la vía pública. No olvidemos que
existen decenas de ex pandilleros, cuyas vidas son ahora productivas
y decentes, pero siguen llevando en su cuerpo los tatuajes que les
identifican como miembros de una u otra mara. Todas éstas
son consideraciones que se deben hacer.
Finalmente, una mano dura no debe carecer de un corazón bondadoso.
Lo suficientemente sensible para aceptar que todos merecemos una
oportunidad de cambiar, para reconocer que, así como hay
pandilleros desalmados a los que hay que aplicar todo el rigor de
la ley, en estas organizaciones se encuentran muchos que sólo
buscan llenar su necesidad de pertenencia; niños, niñas
y jóvenes rechazados por sus familiares y la sociedad. Seres
humanos que todavía pueden ser transformados por el toque
de una mano amiga y no por el golpe de una mano dura.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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