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Palabras
El frío corazón de la humanidad...

Carlos Balaguer
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Yo comparo —amigo lector— este frío corazón del quirófano del Instituto de Nauheim con el corazón de nuestra humanidad actual.

Tan frío. Tan indolente, tan materializado. Vacío. Sin muchas pasiones que le hagan latir, que le hagan estremecer, vivir, amar.

“¡Tengo miedo de quedarme con mi dolor a solas!”, escribía Becquer en sus rimas. Es el mismo miedo que siente el hombre del frío corazón, al cual no calienta ningún fuego, ningún sentimiento de esperanza.
Cada vez más va quedando a solas la humanidad con su corazón de hielo sin poder amar, sin poder perdonar, muriendo de ilusiones, muriéndose en su fe.

El hombre del corazón frío es aquel que no se conduele ante el hambre, el dolor y la miseria de sus hermanos. Es el mismo que, sediento de riquezas y de falsos poderes, crea guerras y vuelve a las ciudades antros de concreto, hierro, máquinas y soledad.


Día a Día

Los cabecillas efemelenistas harían bien en visitar las tierras “cooperativizadas” y comparar su triste y ruinoso estado actual con lo que eran cuando las trabajaban sus dueños, antes de las reformas socializantes.

La brutal colectivización de la agricultura en Rusia, China continental y cuanta nación ha caído en el comunismo, provocó las grandes hambrunas del Siglo XX. Cerca de treinta millones de campesinos rusos y kulaks (los pequeños propietarios) murieron a causa de las colectivizaciones; por el contrario, donde rige un sistema económico liberal, de mercado, la regla es la abundancia y el establecimiento de agroindustrias, lo que a su vez eleva el nivel de vida del poblador rural.

Volvamos de nuevo al tema de las tierras “en abandono” de que hablan los comunistas salvadoreños. El ejemplo más palpable es el de la hacienda La Carrera, en una época la mayor productora de algodón en El Salvador, que ahora está en buena parte abandonada mientras en el resto se siembran milpas. Y lo mismo ocurre en haciendas como Tierra Blanca, la isla del Espíritu Santo, las propiedades del oriente de la República, y las haciendas de Chalatenango: en el desastre por la reforma agraria.

 

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