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Analizando
Sobre la vida y su origen
Las
investigaciones biológicas seguirán, pues la pasión
por saber es parte de la constitución espiritual del ser
humano.
Uno de los puntos del progreso científico más interesantes
es todo lo que se refiere a la biología y su correspondiente
aplicación práctica, la biotecnología. Alfred
Nobel, el inventor de la dinamita, instituyó sus famosos
premios queriendo contribuir con ellos a compensar por el mal uso
que se po- drían hacer algunos de su invento. Efectivamente,
la dinamita se puede usar, por ejemplo, para construir túneles
y carreteras que abran nuevas vías de comunicación
o para crímenes terroristas.
Lo mismo se puede decir del conocimiento y uso de la energía
atómica. Ahora, los avances en conocimientos sobre las finas
estructuras de los seres vivos plantean también un enorme
poder que puede ser muy bueno o muy malo, según como se use.
El conocer la verdad en sí siempre es bueno. Nuestra inteligencia
está hecha para conocer verdades y para, después,
con el lenguaje y con la acción transmitir esas verdades
a los demás y contribuir con ello al bien y la felicidad
de todos. Pero la inteligencia, el lenguaje y la acción también
se pueden utilizar para mentir, confundir y hacer el mal. Por eso,
los avances espectaculares en el conocimiento y manipulación
de la vida han revalorizado, en el mundo, el valor de la Ética
y su rama especializada aplicada a la vida: La Bioética.
Podemos mejorar nuestras condiciones físicas o fabricar monstruos
inhumanos. Pero no voy a meterme hoy en ese espinudo campo de la
Bioética, sino en algo previo.
Y lo primero que se presenta es una pregunta crucial: ¿Qué
es la vida y cuál es su origen? Ante ello, lo más
actual es la situación de perplejidad y hasta de desaliento
con la que responden muchos científicos.
Paul Davies, por ejemplo, un afamado físico dedicado ahora
a la divulgación científica, reconoce que todavía
hay una enorme laguna en nuestro conocimiento. Por supuesto
que tenemos una buena idea del dónde y el cuándo del
origen de la vida, pero aún estamos muy lejos de comprender
el cómo. Christian de Duve, premio Nobel de Medicina
en 1974, cuando le preguntaron recientemente en qué punto
estamos ahora sobre el origen de la vida, respondió: No
estamos en ningún punto, no sabemos nada. Lo cual es
algo exagerado pero no falso, pues ni siquiera todos están
de acuerdo con Davies en el dónde y el cuándo.
No puede decirse con seguridad que la aparición de la vida
no fuera de origen extraterrestre. Hoy día las teorías
sobre cómo se originó la vida en la Tierra se han
multiplicado. No se pueden describir con seguridad las condiciones
ambientales en que apareció la vida, porque carecemos de
datos comprobables de ese momento. Se han propuesto muy diversos
escenarios posibles: el océano, una laguna, un charco, una
dorsal oceánica, en fuentes termales, bajo el hielo de los
polos, en una fisura de una roca, entre capas de arcilla, en otro
lugar del universo, en granos de polvo interestelar, en partículas
de hielo sucio de un cometa, etc.
En la década de los cincuenta del pasado siglo, Urey y Miller
hicieron un experimento que pronto se hizo famoso. Pensaron que
la vida debió aparecer en la tierra, en una atmósfera
pobre en oxígeno y abundante en metano, amoníaco e
hidrógeno. Esta mezcla flotaría sobre el océano
y estaría sometida a repetidos impactos de las numerosas
tormentas que debieron producirse en ese entonces. En un recipiente
cerrado reprodujeron estos elementos y sometieron el contenido a
continuas descargas eléctricas. Al cabo de una semana pudieron
observar que en ese recipiente cerrado habían aparecido aminoácidos,
elementos esenciales que constituyen las proteínas, que a
su vez son esenciales para la estructura de una célula viva.
El experimento tuvo un éxito inmediato y se pensó
que ya casi se sabía cómo empezó la vida.
Han pasado los años y hoy se piensa que las condiciones atmosféricas
reales fueron muy diferentes a las del experimento de Urey y Miller
entre otras cosas con mucha más riqueza de oxígeno.
Stéphane Tirard, biólogo e historiador de la ciencia,
de la Universidad de Nantes, en el pasado mes de mayo decía
que si las supuestas condiciones atmosféricas que plantearon
Urey y Miller se creyeron verdaderas sólo fue porque
durante veinticinco o treinta años hemos considerado esas
condiciones como un dogma. En los años cincuenta y sesenta
hubo todo un mecanismo de difusión, en los medios de comunicación,
en los manuales, que se ha ido desarrollando, y al final todo el
mundo admitió esas cosas. Es una especie de fenómeno
casi colectivo que hace que todo el mundo se sienta muy a gusto
con esa situación. El propio Miller confesaba en 1991
que el problema del origen de la vida ha resultado más
complicado de lo que yo y muchos suponíamos.
John Horgan corrobora esa impresión diciendo: La bacteria
más elemental es tan condenadamente complicada, desde el
punto de vista químico, que resulta casi imposible imaginar
cómo ha surgido. Y Werner Arber, microbiólogo
y premio Nobel de Medicina, reconoce que no sabe lo que es la misma
vida: No puedo contestar a esa pregunta. No entiendo cómo
todas esas moléculas han podido juntarse para formar estos
organismos unicelulares o multicelulares inicialmente. Simplemente
no lo comprendo.
Como científico debo ser honesto, por lo que debo confesar
que estoy lejos de entender completamente lo que es la vida.
Pero las investigaciones biológicas seguirán, pues
la pasión por saber es parte de la constitución espiritual
del ser humano. El dilema moral es el uso bueno o malo que se haga
de esos avances.
*Dr. en Medicina y columnista de
El Diario de Hoy.
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