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Analizando
Sobre la vida y su origen

Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
lmfcuervo@navegante.com.sv

Las investigaciones biológicas seguirán, pues la pasión por saber es parte de la constitución espiritual del ser humano.

Uno de los puntos del progreso científico más interesantes es todo lo que se refiere a la biología y su correspondiente aplicación práctica, la biotecnología. Alfred Nobel, el inventor de la dinamita, instituyó sus famosos premios queriendo contribuir con ellos a compensar por el mal uso que se po- drían hacer algunos de su invento. Efectivamente, la dinamita se puede usar, por ejemplo, para construir túneles y carreteras que abran nuevas vías de comunicación o para crímenes terroristas.

Lo mismo se puede decir del conocimiento y uso de la energía atómica. Ahora, los avances en conocimientos sobre las finas estructuras de los seres vivos plantean también un enorme poder que puede ser muy bueno o muy malo, según como se use.

El conocer la verdad en sí siempre es bueno. Nuestra inteligencia está hecha para conocer verdades y para, después, con el lenguaje y con la acción transmitir esas verdades a los demás y contribuir con ello al bien y la felicidad de todos. Pero la inteligencia, el lenguaje y la acción también se pueden utilizar para mentir, confundir y hacer el mal. Por eso, los avances espectaculares en el conocimiento y manipulación de la vida han revalorizado, en el mundo, el valor de la Ética y su rama especializada aplicada a la vida: La Bioética. Podemos mejorar nuestras condiciones físicas o fabricar monstruos inhumanos. Pero no voy a meterme hoy en ese espinudo campo de la Bioética, sino en algo previo.

Y lo primero que se presenta es una pregunta crucial: ¿Qué es la vida y cuál es su origen? Ante ello, lo más actual es la situación de perplejidad y hasta de desaliento con la que responden muchos científicos.

Paul Davies, por ejemplo, un afamado físico dedicado ahora a la divulgación científica, reconoce que todavía hay “una enorme laguna en nuestro conocimiento. Por supuesto que tenemos una buena idea del dónde y el cuándo del origen de la vida, pero aún estamos muy lejos de comprender el cómo”. Christian de Duve, premio Nobel de Medicina en 1974, cuando le preguntaron recientemente en qué punto estamos ahora sobre el origen de la vida, respondió: “No estamos en ningún punto, no sabemos nada”. Lo cual es algo exagerado pero no falso, pues ni siquiera todos están de acuerdo con Davies en el dónde y el cuándo.

No puede decirse con seguridad que la aparición de la vida no fuera de origen extraterrestre. Hoy día las teorías sobre cómo se originó la vida en la Tierra se han multiplicado. No se pueden describir con seguridad las condiciones ambientales en que apareció la vida, porque carecemos de datos comprobables de ese momento. Se han propuesto muy diversos escenarios posibles: el océano, una laguna, un charco, una dorsal oceánica, en fuentes termales, bajo el hielo de los polos, en una fisura de una roca, entre capas de arcilla, en otro lugar del universo, en granos de polvo interestelar, en partículas de hielo sucio de un cometa, etc.

En la década de los cincuenta del pasado siglo, Urey y Miller hicieron un experimento que pronto se hizo famoso. Pensaron que la vida debió aparecer en la tierra, en una atmósfera pobre en oxígeno y abundante en metano, amoníaco e hidrógeno. Esta mezcla flotaría sobre el océano y estaría sometida a repetidos impactos de las numerosas tormentas que debieron producirse en ese entonces. En un recipiente cerrado reprodujeron estos elementos y sometieron el contenido a continuas descargas eléctricas. Al cabo de una semana pudieron observar que en ese recipiente cerrado habían aparecido aminoácidos, elementos esenciales que constituyen las proteínas, que a su vez son esenciales para la estructura de una célula viva. El experimento tuvo un éxito inmediato y se pensó que ya casi se sabía cómo empezó la vida.

Han pasado los años y hoy se piensa que las condiciones atmosféricas reales fueron muy diferentes a las del experimento de Urey y Miller —entre otras cosas con mucha más riqueza de oxígeno—. Stéphane Tirard, biólogo e historiador de la ciencia, de la Universidad de Nantes, en el pasado mes de mayo decía que si las supuestas condiciones atmosféricas que plantearon Urey y Miller se creyeron verdaderas sólo fue “porque durante veinticinco o treinta años hemos considerado esas condiciones como un dogma. En los años cincuenta y sesenta hubo todo un mecanismo de difusión, en los medios de comunicación, en los manuales, que se ha ido desarrollando, y al final todo el mundo admitió esas cosas. Es una especie de fenómeno casi colectivo que hace que todo el mundo se sienta muy a gusto con esa situación”. El propio Miller confesaba en 1991 que “el problema del origen de la vida ha resultado más complicado de lo que yo y muchos suponíamos”.

John Horgan corrobora esa impresión diciendo: “La bacteria más elemental es tan condenadamente complicada, desde el punto de vista químico, que resulta casi imposible imaginar cómo ha surgido”. Y Werner Arber, microbiólogo y premio Nobel de Medicina, reconoce que no sabe lo que es la misma vida: “No puedo contestar a esa pregunta. No entiendo cómo todas esas moléculas han podido juntarse para formar estos organismos unicelulares o multicelulares inicialmente. Simplemente no lo comprendo.

“Como científico debo ser honesto, por lo que debo confesar que estoy lejos de entender completamente lo que es la vida”. Pero las investigaciones biológicas seguirán, pues la pasión por saber es parte de la constitución espiritual del ser humano. El dilema moral es el uso bueno o malo que se haga de esos avances.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy.

 

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