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X lectura del santo Evangelio según san Marcos 6, 7-13
Id a predicar

Jesús llamó a los doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros...

José Osmín Monge
El Diario de Hoy
vida@elsalvador.com

Les dijo: “Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir. Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos”.

Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión; expulsaron a muchos demonios y curaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo.

Los discípulos se convierten en apóstoles.

El evangelio de hoy quiere confrontarnos con una de las notas distintivas de nuestra identidad cristiana; el discípulo de Jesús ha sido enviado al mundo a predicar el Reino de Dios; sólo así representa a su Señor, predicando su evangelio y actuando en su lugar y con su poder.

Con su envío, Jesús convirtió a sus discípulos en apóstoles, hizo de unos aprendices, mensajeros del evangelio y los envió al mundo como sus representantes personales.

Por eso cuando nos refugiamos en nuestras casas, en nuestros corazones, para defender mejor nuestra fe, perdemos la fe y el mundo perderá a nuestro Dios.

Cuando consideremos nuestra sociedad, nuestro trabajo, nuestro hogar... como lugares de misión, entonces nuestro Dios tendrá un puesto en ellos y nosotros seremos allí sus testigos.

La fe no se defiende conservándola para uso propio, viviéndola a solas, alimentándola en la intimidad, sino dándola a los demás y compartiéndola con quienes se convive a diario.

Jesús prohibió a sus discípulos, cuando los mandó al mundo, llevar provisiones; debían dar a cuantos encontraban lo que habían aprendido mientras convivieron con Jesús. Y así también hoy nos envía a cada uno de nosotros.

No olvidemos que la Iglesia, esta Iglesia que nacía hace ya casi dos mil años, surgió de una docena de apóstoles que fueron al mundo con el mandato de Jesús como único viático y con el poder de Jesús como única riqueza. Quien de nosotros desee pertenecer a esta Iglesia deberá sentirse enviado de Jesús y comportarse en consecuencia.

Si no hablamos nunca de Dios ni a nuestros amigos y familiares ni siquiera en los momentos más penosos, ¿cómo nos van a creer que merece la pena ser creyentes? Si nuestros conocidos y vecinos, quienes más conviven con nosotros, no conocen nuestra fe, ¿cómo los vamos a convencer de que somos hombres dignos de fe?

Quienes hemos experimentado la cercanía de Dios no podemos silenciar nuestra experiencia; Jesús nos la concedió para poder concedérsela a otros muchos a través nuestro; si los discípulos de Jesús, que nos sabemos queridos por Él y por Él enviados, callamos, ¿quién va a convencer al mundo de que Dios lo ama? Esa es nuestra tarea y nuestra responsabilidad.

P. Santiago Martín
franciscanosdemaria@hotmail.com
 

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