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El Salvador en perspectiva
La decadencia de las virtudes

Mario Rosenthal*
El Diario de Hoy
mrelsalv@navegante.com.sv

Lo que nos hizo pensar en este tema han sido los cadáveres decapitados y mutilados de mujeres y hombres que se han encontrado tirados en las calles, a veces muy separados.

Usamos la palabra “virtudes” en el título, en su sentido de recto y justo al calificar las actuaciones de los seres humanos dentro de la familia, el barrio, en sus relaciones con las demás personas con quienes tienen contacto.

También se puede aplicar al comportamiento de los hombres como parte de los conjuntos que conocemos como sociedad, gremio, pueblo, ciudad y Estado, que actúan como grupos, influidos y casi siempre manipulados por dirigentes que los dominan.

Todo esto se incluye “grosso modo” en lo que llamamos civilización, es decir, el proceso mediante el cual los seres humanos someten y limitan sus instintos animales a reglas o costumbres de conducta para el bien de todos, lo que les facilita compartir la vida con otros.

Lo que pretendíamos al principio era especular si esas relaciones entre los hombres y entre los conjuntos de los hombres ha- bían llegado alguna vez, en algún tiempo o en algún lugar, al ápice de la perfección de la civilización en toda la historia oral o escrita de la humanidad.

Pero ante la magnitud de la materia que contemplábamos, aunque minúscula en comparación con la vastedad del universo en que vivimos, decidimos limitarnos a especular si se respeta lo recto y lo justo más o menos en el mundo de hoy que en el mundo de ayer y enfocando en forma específica a El Salvador que es donde vivimos. En otras palabras, meditar un poco si la vida en El Salvador ha mejorado o está peor.

Lo que nos hizo pensar en este tema han sido los cadáveres decapitados y mutilados de mujeres y hombres que se han encontrado tirados en las calles, a veces muy separados. Estos crímenes son síntomas de un mal que padece nuestro grado de civilización y denuncian a gritos que lo recto y lo justo no se respetan entre nosotros.

Los criminales que cometieron esos horrores no se inmunizaron a la natural repugnancia que debe provocar el cortar un cuerpo humano, sino que se ha ido formando tolerancia a hechos inhumanos a través de muchas experiencias.

La indiferencia a la vida humana de que somos testigos casi a diario viene de muy lejos. Es adquirido en la primera niñez. El asesino con las manos sangrientas es producto de los errores de la cultura en que se ha formado.

Fotografías de varios cadáveres tirados sobre una carretera, después de un accidente de tránsito causado por un motorista borracho, que se fuga para evitar responsabilidades, ya no causan ni repugnancia ni indignación.

Desde este punto de vista se puede sostener que hay menos respeto a lo recto y lo justo y tolerancia del mal hoy en día que en tiempos pasados. No obstante, un historiador puede saltar y objetar que no debemos olvidar los sacrificios humanos en que los aztecas descuartizaban las ofrendas humanas, que no obstante no tener pruebas de que los pipiles y otras tribus practicaban sacrificios humanos, sabemos que influenciaron mucho la vida en el antiguo Cuscatlán.

¿Qué podemos concluir? Que la tolerancia de la decadencia de los principios civilizados, como los abusos sexuales o los asesinatos de pasajeros de autobuses, decapitación de escolares, corrupción en el manejo de los bienes públicos, condonación de hechos criminales, incumplimiento de obligaciones civiles, explotación laboral y sindical y otros hechos contra la sociedad, contribuyen y siembran la decadencia de las virtudes en que nuestra civilización está fundada.

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.

 

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