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La nota del día
El envejecimiento de Europa
Prestaciones sin límite y además costosas, se convierten
en una carga sobre la economía de una nación. Y eso
sucede hoy en día en Europa.
uropa envejece. A diferencia de Estados Unidos y la mayor parte
de Asia y de Hispanoamérica, la edad promedio del europeo
ha ido elevándose, hasta el extremo de que dentro de cincuenta
años será de 52.3 años.
El envejecimiento obliga a efectuar una disminución de los
servicios sociales y, sobre todo, de las pensiones. Se reducen los
servicios por una contundente razón: es cada vez mayor el
número de dependientes y menor el de la gente que paga con
su trabajo esos servicios. La señal más fuerte al
respecto es que se comienza a hablar de jubilaciones a los ochenta
años.
El actual sistema europeo de pensiones es básicamente igual
al que tuvo El Salvador: la gente que trabaja contribuye a sostener
a la gente que se jubila. Pero al reducirse un lado de la ecuación
(los que aportan) e incrementarse el otro (los jubilados), el sistema
comienza a resquebrajarse.
La única solución, entonces, es optar por lo que ahora
rige en El Salvador: cada uno ahorra para sostenerse en los años
dorados. Lo esencial es que los trabajadores ahorren, cuiden a sus
familias y formen hijos amorosos que más tarde los protejan.
En Costa Rica, los hijos pueden demandar, con la simpatía
y el apoyo del Estado, a los padres que los abandonan y no los educan,
pero más tarde los padres pueden exigir de sus hijos ayuda
para sostenerse en la vejez.
El creciente deterioro del Estado benefactor, que apunta a la quiebra
futura del sistema, ha suscitado dos reacciones contrarias: la de
los gobiernos que forzosamente tienen que planificar alternativas
y reducir los beneficios y ganguerías que ahora otorgan,
y la de los trabajadores aferrados al mundo feliz.
Estos últimos sostienen, como lo oímos por todas las
latitudes, que se trata de conquistas irreversibles.
Quien no trabaja no come
Pero cuando no hay dinero suficiente para pagar esas conquistas,
quedan dos remedios: reducirlas, o rezar al santo favorito para
que haga llover maná del cielo.
Ninguna persona pensante se extraña de lo que sucede con
el sistema de previsión social europeo.
Las prestaciones que reciben los afiliados son casi de ensueño:
un mes de vacaciones, retiro a los cincuenta y tantos años,
varias semanas de permisos por enfermedad, el derecho de quedarse
en casa cuidando a un familiar enfermo, viajes de curación
a balnearios, etcétera, etcétera, etcétera.
Además, es muy difícil despedir a un empleado; se
cuenta la historia de un pobre empresario que descubrió que
su mujer le faltaba con el contador.
Quiso despedirlo, pero fue imposible; para terminar la pesadilla
la víctima del ultraje se vio forzada a cerrar toda la fábrica.
El absurdo se paga. El costo es que las empresas alemanas y europeas
son cada vez menos competitivas que las japonesas, taiwanesas y
coreanas.
Lo son porque fundamentalmente la ley laboral que rige en el Oriente
es la misma que enseñó San Pablo hace dos mil años:
el que no trabaja no come. Las prestaciones no salen del bolsillo
del empleador, sino del bolsillo del cliente.
Y para que el cliente pague por el trabajo de alguien, éste
tiene que ser productivo y eficiente. Prestaciones sin límite
y además costosas, se convierten en una carga sobre la economía
de una nación. Y eso sucede hoy en día en Europa.
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