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Desde Washington
El papel que jugarán las tropas de C.A. en Iraq

Marcela Sánchez*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Washington demostró la semana pasada que ser un miembro de la “Coalición de los voluntarios” no es suficiente para asegurar su apoyo.

Han pasado pocos días desde que los primeros hondureños llegaron en un grupo de avanzada de cuatro oficiales militares, que precederá a unos 370 miembros de sus tropas. Pronto llegarán —desde El Salvador, Nicaragua y República Dominicana— las primeras fuerzas latinoamericanas a Iraq.

Desde donde se le mire será un contingente pequeño, a lo sumo 1,200 soldados, una minucia comparada con los 64,000 activos en los cuatro países, para no mencionar los 146,000 soldados estadounidenses en Iraq en este momento.

¿Qué tanto pueden ofrecer esos miniejércitos a Washington en Iraq? ¿Por qué se toman ellos la molestia de ir cuando su contribución será mínima?

Para Washington, las tropas sirven para refutar a quienes han criticado su diplomacia. Al obtener una contribución de tropas de los miembros de su “Coalición de voluntarios” —la irregular conglomeración de naciones que apoyó la invasión en marzo—, la administración Bush puede mostrar que en realidad los operativos en curso en Iraq tienen un amplio apoyo internacional y con un poco de suerte mitigarán parte del antiamericanismo que se está esparciendo en ese país.

También cuenta la posibilidad de que esas tropas puedan reducir el número total de militares estadounidense en Iraq. De acuerdo con lo que dijo el secretario de Defensa Donald, H. Rumsfeld, la semana pasada, “entre más haya, menos tropas estadounidenses tendremos que tener”.

Por su parte, los líderes latinoamericanos de estas naciones esperan mucho de ese servicio militar en tierras distantes y peligrosas. Aspiran a ver elevada la talla de sus países en el mundo. Hablan de la confianza mutua que adquirirán las fuerzas centroamericanas, como una ventaja para enfrentar los retos de seguridad que el Siglo XXI presenta en su región. Resaltan la ocasión de poder demostrar que sus democracias tienen la suficiente madurez como para servir de modelo al pueblo iraquí.

No son pocas, entonces, las expectativas que generan 1,200 hombres con armas y uniformes. La esperanza real es que estos soldados, de algunos de los países más pobres y pequeños de la región, valgan algo, tal vez un aumento de la ayuda estadounidense o, por lo menos, no su reducción.

Washington demostró la semana pasada que ser un miembro de la “Coalición de los voluntarios” no es suficiente para asegurar su apoyo. Y para aquellos que se salen de la manada por cualquier razón, puede haber consecuencias substanciales.

Costa Rica y Colombia son un ejemplo. Estos dos miembros de la coalición vieron su ayuda militar eliminada la semana pasada por rehusarse a firmar un acuerdo que otorgaría inmunidad judicial a soldados y contratistas estadounidenses ante la Corte Penal Internacional de la ONU.

En dólares, ambos países no perderán mucho inicialmente. Pero el mensaje fue claro y contundente para Colombia, el aliado latinoamericano más importante de Washington en la guerra contra las drogas y el terrorismo: o satisface todos nuestros deseos o se calla. Para Costa Rica, desde muchos ángulos el país con mejor desempeño económico, social y democrático, el mensaje fue igualmente claro.

Esta rencorosa diplomacia enturbia las aguas políticas de las naciones latinoamericanas en la “Coalición de los voluntarios”. Funcionarios centroamericanos se esforzaron esta semana para evitar la apariencia de ser demasiado serviles a los deseos estadounidenses, a pesar de su cooperación con Washington en Iraq. Una y otra vez expresaron su decisión de enviar tropas bajo los términos de las Naciones Unidas.

El embajador de Honduras Mario M. Canahuati recalcó que su país le debe su participación en Iraq a la resolución 1483 de la ONU, la cual convoca a los estados miembros a que apoyen los esfuerzos humanitarios y de reconstrucción. Y en Nicaragua, legisladores que favorecieron el envío de 230 soldados a Iraq dijeron esta semana que su objetivo no es tratar de ganar el favor de Washington, sino reforzar la misión de ayuda de las Naciones Unidas al pueblo iraquí.

Parece haber entonces, por estos días, un caso agudo de temor a parecer pro estadounidense. A pesar de su convicción y honesto deseo de asegurar la victoria estadounidense contra el terrorismo, algunos líderes se ven en la difícil posición de contradecir otros valores y principios.

Desairar a Washington en el asunto de la CPI, por ejemplo, significó defender un compromiso con un mayor respeto a los derechos humanos y al derecho internacional, con el riesgo de perder el favor de Washington.

Así, aunque no hay una regla escrita que diga que los países pequeños no pueden negarse a los requerimientos estadounidenses, serían insensatos si desconocieran cómo han sido tratados otros países que sí podían costear los efectos. Esos son los cálculos incómodos que muchos líderes están teniendo que hacer para complacer los caprichos de la política exterior estadounidense.
*Columnista del Washington Post.

 

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