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Palabras
Mis maestros invisibles
Los maestros que tuve de niño fueron, entre otros, mis padres,
el jardín y la lluvia. Mis padres me corregían con sus
castigos, moldeando en mí un rumbo, aunque después del
castigo me abrazaran tiernamente en su pecho.
El jardín me enseñó tantas otras cosas, como
aquello que la flor tiene que ser de un día para que el mundo
se diga ¡qué hermosa flor ha nacido este día!
La lluvia me enseñó que después de la tormenta
viene la calma.
Que dolor en el corazón humano no era gratuito. Tenía
su fin divino. Si no, recordemos a Flaubert: La vida debe ser
una constante educación.
Y, como sabemos, la vida no sólo tiene días claros...
También nos educa con su dolor.
Son los maestros del dolor.
Los invisibles maestros de la esperanza y la alegría.
Día a Día
Se viene diciendo que la amenaza sobre el sistema económico
del país la constituye la pobreza y no los partidos radicales
de izquierda, tesis que olvida la experiencia de naciones como Nicaragua
y Cuba, donde la llegada al poder de los comunistas fue el inicio
de grandes opresiones y general penuria.
Lo que se plantea es que la pobreza existente en nuestra tierra
es consecuencia del bienestar y el desarrollo de determinados sectores,
que deben cuanto antes corregir la situación actual, a menos
que se resignen a ser arrastrados por una avalancha de indignación
y violencia. Inclusive una agrupación fantasma puso fecha
al gobierno para resolver la problemática nacional.
La tesis implica que, al repartir lo que a unos les sobra,
se va a mejorar la condición del resto. Y planes para caerle
encima a los bienes ajenos abundan, como se vio durante la década
perdida con los repartos de tierras y la estatización de
los bancos.
Por medio siglo antes, la izquierda, incluyendo los comunistas,
enarboló la bandera de la reforma agraria y las
nacionalizaciones, asegurando que los males del país eran
resultado de las injustas estructuras en la tenencia
de la tierra.
Y cuando accedieron al poder por obra y desgracia del ex presidente
Carter, de Estados Unidos, procedieron a confiscar lo que pudieron.
De haber sido cierta la teoría, los salvadoreños estaríamos
en la gloria y no habría pobreza en las zonas rurales.
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