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A la intemperie, sin comida, ni bebida

María (nombre ficticio) la comerciante secuestrada el lunes pasado, relató a EL DIARIO DE HOY las 26 horas de angustia que vivió en manos de sus plagiarios.

El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

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Eran las 6:00 de la tarde. María estaba dentro de su vehículo. Su tío, José Lázaro, y su primo, Julio Alberto, estaban en la cama del pick up. Los tres se disponían a regresar a casa, luego de un día de trabajo.

Dos sujetos aparecieron intempestivamente. Uno se acercó a ella. Le encañonó con una pistola, le ordenó que se agachara y le vendó los ojos. El otro se puso al volante. Ella escuchó dos disparos.

El secuestrador puso en marcha el pick up rojo doble cabina. En el camino le dijeron que les entregara el dinero que llevaba.

Ella se soltó el delantal y se los dio. Eran varios miles de colones los que había obtenido de las ventas. María es mayorista de carne en el mercado de Lourdes.

Pasaron por una calle con muchos baches. Los delincuentes no conocían muy bien la zona. En el camino preguntaron a tres o cuatro personas cómo llegar a un cafetal cuyo nombre no logra recordar.

“No creo que más de alguna de esas personas no me haya visto”, comenta María. Pasaron varios minutos. El carro se detuvo. Ella se bajó junto al que la llevaba encañonada. Caminaron unos 20 minutos por entre matorrales. Era un cafetal, asegura.

María escuchaba muy cercanos los ladridos de perros en el trayecto. Subieron una pendiente. Luego se detuvieron y ahí le mantuvieron. Había una casa muy cerca. Ella escuchó hablar a una mujer.

Tres o cuatro hombres llegaron como a la medianoche. Ahí le notificaron que era un secuestro. Que pedirían un millón de colones y que si la familia colaboraba no le harían daño, pero si no, “la mandarían cortada en trozos”.

Luego la movieron a otro lugar. Caminaron unos 20 minutos siempre cuesta arriba y abriendo brecha en el monte.
Los demás se retiraron. El custodio le dijo que tenían orden de no hacerle daño, a menos de que no recibieran el dinero.

Al siguiente día le dijeron que “las cosas se estaban complicando” porque ya había salido el caso en todas partes.

Le permitieron comunicarse por teléfono con su madre. “Le pedí que me sacara de ahí. Ella me dijo que me iba a sacar, pero que tuviera fe en Dios”, relata entre sollozos.

El vigilante estaba nervioso. Le dijo que si llegaba la policía los iba a recibir a balazos; que para eso tenía bastantes armas. Y disparó al suelo, junto a ella.

Salieron a una calle de tierra y abordaron un camión grande. Iban como cinco sujetos cuidándola, entre éstos una mujer flaca que la sujetaba.

Primero recogieron el rescate. Luego, próximos a una gasolinera de Ateos la liberaron. A quien llegó a traerla le dijeron que dejara pasar 25 minutos y luego que se fuera.

A ella la amenazaron. No tenía que hablar con nadie o la matarían. Le dieron detalles de la vida familiar. “Si uno de nosotros cae (preso) te vamos a matar. Sabemos todo de tu familia”.

Así terminaron las 26 horas de suplicio. Los mosquitos le picaron, pues estuvo cautiva al aire libre, en el monte. Además no recibió comida, ni bebida.

Al llegar a casa recibiría un segundo golpe. Los disparos que escuchó no fueron al aire como ella creyó al principio. Fueron los que mataron a su primo Julio Alberto. María parece muy enferma. Se ha encerrado en su habitación.

 

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