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De mis recuerdos
La última noche de Plutarco Joya

Marvin Galeas*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Sus padres se dedicaban a la ganadería y aparentemente era alguien nacido para no tener problemas en la vida

Los ruidos cobran una alucinante definición en las noches pueblerinas. Se escuchan los ladridos de los perros, los cuales anuncian que algún extraño pasa.

El silbido del viento que atraviesa el follaje, los pasos ansiosos de gatas excitadas en los tejados, el choque de bolas en el billar de los noctámbulos y hasta el cuchicheo de los amantes clandestinos.

En la casa de mi abuela, por su estratégica ubicación, al lado del puesto de la Guardia Nacional y frente al parque, los ruidos de la noche eran todavía más claros, extraños y dramáticos. Escuchábamos los gritos de los torturados por la benemérita, con música de fondo de cumbia colombiana. “Hablá, pues, cabrón”, decía el cabo Segovia. Un pujido salido de lo más profundo de las entrañas respondía, mientras de un radiorreceptor salía la voz chillante de una mujer: “Quiero amanecer con la manta en el lomo”.

Aquella noche, como a la dos de la madrugada, desperté ensopado en sudor. Tenía 11 años, y mis sueños se alternaban entre amores con mujeres imposibles y terribles pesadillas con números primos y quebrados, que conspiraban para ahorcarme en un examen final. No recuerdo qué soñaba. La cosa es que desperté sobresaltado. Me quedé un largo rato con los ojos abiertos viendo nada y oyendo el concierto de los ruidos de la noche.

Escuché, entonces, ruidos en el parque. Eran como pasos apresurados, la voz de alguien y los ladridos de un perro. Curioso por naturaleza, me levanté y subí hasta donde estaba la bodega de granos básicos de la tienda de mi abuela que daba hacia el parque. Me asomé por una rendija. La luz de la luna y el viento producían un juego de movimientos de sombras y claridades.

Alcancé a ver una silueta de hombre delgado que atravesaba el parque hasta llegar a la cancha de básquet. Cantaba una canción muy triste. Era como un bolero de despecho. Cuando mis ojos se acostumbraron más a la noche, reconocí la voz y la figura de Plutarco Joya Canizales. Tenía 21 ó 23 años. Sus padres se dedicaban a la ganadería y aparentemente era alguien nacido para no tener problemas en la vida. Tomaba poco y decían las comadres que sus tres pasiones eran las vacas, las mujeres y el fútbol.

Pero esa noche, Plutarco caminaba arrastrando los pies y balanceándose de un lado a otro. Más que ebrio parecía un derrotado. Se puso en cuclillas justo en el centro de la cancha. Por unos segundos recordé cuando días atrás me lo había encontrado en el estadio de San Miguel, viendo un partido entre el Águila y el Alianza. Casi siempre vestía de jeans, camisas negras y botas vaqueras. De tez morena, curtida por el bravo sol de las haciendas; ojos negros, bigote al estilo de Pedro Infante y una sonrisa de eterno enamorado.

El centro de la cancha estaba como a 50 metros de mi rendija. Y allí estaba Plutarco, solo, en la madrugada del pueblo. Lo que después miré es una imagen que me ha perseguido toda la vida. Plutarco pasó unos segundos como dibujando, con el dedo, cosas en el piso. Miraba hacia el cielo, como buscando algo en las estrellas y luego bajaba la cabeza con gesto resignado.

Metió la mano entre sus ropas. Sacó una pistola. Se llevó el cañón a la sien y disparó. Se derrumbó lentamente y cayó de bruces sobre el cemento. Me quedé paralizado. Asustado. Horrorizado. Aquella era la primera muerte que veía en mi vida. Ya no pude dormir. Medio pueblo, incluida toda mi familia, se levantó con el trágico estampido. Fue una bala que sonó como un cañón. Atravesó, después los supimos, la cabeza de Plutarco, pegó en uno de los tableros de la cancha de básquet, rebotó en la base de cemento y hierro que lo sostenía y se enterró en el polvo al pie de un almendro.

Mi mamá me acostó y trató de calmarme con paños calientes y palabras amorosas. Mi abuela se dedicó a hacer las primeras averiguaciones sobre las causas del suicidio. Escuché con claridad los motores de los carros que llegaban, las voces apresurando gente, el llanto, ese llanto único y tan expresivo de dolor, de los familiares.

Cómo golpea al alma el llanto del pariente del que recién se acaba de morir. Es un llanto tan distinto al del dolor de una quebrada de huesos, de una quemada o de una desilusión. Es el llanto del que sabe que nunca más volverá a ver vivo en esta tierra al hijo, el esposo, la esposa, la madre, el padre, el hermano. Y en la madrugada del pueblo, en los oídos de un niño asustado se multiplican los ayes desgarrados.

Amaneció por fin. Los curiosos y unos perros callejeros husmeaban en el lugar donde cayó Plutarco. El sacristán tocó las campanas con la lúgubre cadencia del anuncio de que alguien se ha muerto. No hubo una última carta de despedida. No hubo novia sospechosa. En el entierro, la madre de Plutarco dijo una frase estremecedora: “No le faltaba nada, todo lo tenía, pero de todos modos se le quitaron las ganas de vivir”.
*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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