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Se reforma el “Consenso de Washington”

Sergio Muñoz Bata*
El Diario de Hoy
sergio.munoz@latimes.com

A pesar de la demonización del conjunto de principios económicos básicos del “Consenso de Washington”, hoy no hay gobierno latinoamericano que pueda gobernar sin aplicarlos .

A pesar de la demonización del conjunto de principios económicos básicos del “Consenso de Washington”, hoy no hay gobierno latinoamericano que pueda gobernar sin aplicarlos La desilusión con la democracia y con su corolario natural la economía de libre mercado se extiende por América Latina.

Eso dicen las encuestas, y ese mismo parece ser el mensaje del electorado que en Argentina, Brasil, Ecuador, El Salvador, México, desprecia a los reformadores identificados con el llamado “Consenso de Washington” y elige a quienes se autodefinen como nacionalistas de izquierda.

En el fondo, la insatisfacción de los latinoamericanos podría deberse a una definición utópica de la democracia, en la que se combina un sistema de prosperidad económica tipo americano con la conciencia social europea, que protege a los pobres y se preocupa por disminuir la brecha de la desigualdad.

Más allá de la posible percepción utópica de la democracia, sin embargo, están los hechos. En los últimos diez años, el crecimiento económico en la región ha sido anémico, mientras que el deterioro del orden social parece no tener límite. En México, Guatemala, El Salvador, Venezuela, Colombia, Brasil o Argentina, las autoridades han evidenciado su incapacidad para combatir a las organizaciones criminales que roban, secuestran y asesinan con impunidad. La corrupción es generalizada y creciente tanto en el sector público como en el privado. Los esfuerzos por reducir la desigualdad han fracasado en todos los países del continente, y en la lucha contra la pobreza, todos los países, salvo uno, Chile, han naufragado.

Después de acabar con los dictadores, las juntas militares y la mayoría de los regímenes de partido único a finales de la década de los 70, los latinoamericanos lograron construir sistemas democráticos en casi todo el continente. En los ochenta, la llamada “década perdida” quebrantó la fe en la democracia recién recuperada. En los noventa, un grupo heterogéneo de economistas, académicos, funcionarios de organizaciones multilaterales de desarrollo económico y burócratas del gobierno norteamericano avecindados en Washington D.C. elaboraron una lista de políticas económicas que, concluyeron, eran necesarias para revivir las aletargadas economías latinoamericanas.

El nuevo modelo promovía el libre comercio, la disciplina fiscal, la reforma impositiva, la privatización de empresas y otras reformas. Chile, México y Argentina tomaron la delantera en la aplicación de algunas de estas reformas, confiando en que con ellas resolverían o al menos mitigarían problemas ancestrales.

Desafortunadamente, ningún país del área logró crear los consensos políticos internos que le hubieran permitido hacer todas las reformas necesarias. Y la receta propuesta por el “Consenso de Washington” no tuvo resultados mágicos. El problema, dijeron quienes originaron la idea, es que una vez hechas las reformas de primera generación, hay que reformar los sistemas judiciales y políticos, el servicio civil, el sector financiero.

A casi quince años de distancia, la profunda racionalidad de las reformas propuestas por el “Consenso de Washington” es innegable aunque su horizonte haya sido y continúe siendo incompleto. Todavía hoy, después de la extraordinaria labor de demonización del “neoliberalismo” no hay un solo gobierno en el hemisferio, con la excepción de la dictadura castrista en Cuba y el excéntrico desastre económico de Chávez en Venezuela, que no intente aplicar los principios básicos dictados por el consenso. Quien lo dude que revise las acciones de Luiz Inacio Lula da Silva desde que tomó el poder en Brasil.

Hubo, sin duda, problemas de orden práctico en la propuesta del consenso, por ejemplo, su incapacidad para prevenir contagios cuando suceden crisis económicas externas. Las promesas excesivas tampoco ayudaron a darle credibilidad al proyecto. La miopía que les llevó a consagrar al mercado como motor único del desarrollo y les impidió asignar un papel adecuado al Estado fue otro de los problemas que ahora los promotores del consenso buscan subsanar con el concepto del “Estado inteligente”.

A estas alturas, sin embargo, es evidente que no hay recetas económicas rápidas e infalibles. Pero tal y como lo plantea Moisés Naim, director de la revista Foreign Policy, el reto de los reformadores es hacer que el compromiso con el modelo económico se dé desde dentro y no sea impuesto desde fuera. También es imprescindible que quede claro que el acceso al bienestar no es instantáneo y que en la mayoría de los países subdesarrollados el proceso puede tardar años.

*Miembro del consejo editorial de Los Angeles Times.

 

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