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Tema para meditar
Una voz en la oscuridad
Entendamos
de una vez que las personas que viven con VIH merecen todo nuestro
apoyo y respeto, y que tienen mucho que enseñarnos.
Un avión 747 se estrella y mueren todos sus 400 pasajeros
a bordo. Los periódicos y las estaciones de TV son testigos
de la tragedia.
El mundo está horrorizado y entristecido.
Esto vuelve a suceder el siguiente día. El mundo se escandaliza
y exige que se tomen las medidas preventivas para que no suceda
de nuevo.
¿Pero qué pasa si vuelve a pasar al siguiente día?
¿Y al siguiente? Si se estrella un 747 cada día durante
todo un año en Latinoamérica, el total de muertes
llegaría al final al número trágico de aquellos
que han muerto de sida sólo en el año 2002 en nuestra
región.
El problema sigue creciendo. Más de cinco millones de personas
se infectaron en el mundo el año recién pasado con
el virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH), que causa el sida. Esto
ha dejado más de 13 millones de huérfanos luchando
por sobrevivir desde que empezó la epidemia, y en total sobrepasan
los 42 millones de personas infectadas con el VIH.
Las estadísticas son aterradoras. Hay una crisis internacional
y nacional. En la actualidad en El Salvador se calcula que más
de 25,000 personas viven calladamente con el VIH.
Todos estos datos hacen que Una voz en la oscuridad,
libro escrito por el salvadoreño Roberto Mejía Carvajal
(Q.D.D.G.), sea de suma importancia para nuestro país, pues
pareciera que acá nadie muere de sida, ya que pocas veces
alguien se atreve a contar su historia, a gritarle al mundo su realidad
y sus sufrimientos como lo hizo Roberto antes de morir , para evidenciar
las penurias que tienen que atravesar las personas que viven con
VIH/sida.
Pero el sida no sólo es muerte, sino una oportunidad de vida
y vida plena, de un cambio de actitud que lleve al ser humano a
encontrarle sentido a su existencia, como nos narra Roberto.
Mientras recorremos una voz en la oscuridad, es posible compartir
los sufrimientos, los sueños y el amor que había en
el autor, y esto nos debería servir para abrir de una vez
los ojos sobre la enfermedad que le causo la muerte. Entender de
una vez que las personas que viven con VIH merecen todo nuestro
apoyo y respeto, y que tienen mucho que enseñarnos.
En esta obra, Roberto Mejía nos abre su corazón y
nos regala verdaderas lecciones de fe, de vida, de esperanza. Sin
prisa por irse de este mundo nos va relatando su transformación.
Poco a poco va comprendiendo que su enfermedad no es ningún
castigo divino, más bien sabe convertir el sufrimiento en
la alegría de sentirse aceptado por Dios y por sí
mismo, después de tantos años de caminar sin rumbo
fijo.
Roberto tuvo fe cuando la mayoría de las personas con VIH/sida
en nuestro país viven sin fe, olvidados hasta por sus propias
iglesias y compañeros en sus religiones.
Roberto disfrutó de todo el apoyo de su familia, sus hermanos
y sus padres, cuando la generalidad de personas que comparte la
enfermedad de Roberto ha sido expulsada de sus grupos familiares
o autoexiliadas en la oscuridad del secreto por miedo al rechazo
y a la discriminación existente en nuestro medio.
Roberto contó con los recursos materiales y los tratamientos
médicos que había en el momento gracias a los esfuerzos
de su familia, cuando hay miles de salvadoreños infectados
con el VIH/sida que no tienen ni para el pasaje del bus que los
acerque a un hospital.
Roberto no ha muerto, pues vive en el paraíso que tanto anheló
y que nos describe en su libro y al que esperamos llegar todos un
día, donde nadie será discriminado por condición
ni enfermedad alguna.
La solidaridad debe de ser entendida no tanto como la compasión
solidaria hacia las personas infectadas, sino en el sentido de solidaridad
social, de colaboración de quien está sano y ofrece
su apoyo a determinadas estrategias comunitarias para la prevención.
Como dice el autor en su libro: Debemos de abrir el corazón
y dejar de ser egoístas: No cuesta nada, pero a menudo cuesta
tanto.
Una voz en la oscuridad nos estimula como lectores a preguntarnos
qué estamos haciendo por prevenir la enfermedad, nos incita
al reconocimiento de una realidad que, aunque triste, si nos unimos,
podemos cambiar. Que esta voz en la oscuridad que acaba de salir
a la luz sirva de invitación para que cada día seamos
más las voces que se eleven sin miedo para hablar del tema,
y que a su vez sirvan de aliento para las y los miles de Robertos
que hay en El Salvador esperando por todos nosotros.
*Médico pediatra y columnista de El
Diario de Hoy.
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