Turismo
 
Inicio del Sitio Miércoles 9 de julio
 

 

..NOTICIAS

..SERVICIOS
CHAT
FOROS
CORREO
LA GUIA
CLASIFICADOS EMPLEOS
TURISMO
ESPECIALES
EDICION MOVIL
SUSCRIPCIONES
ESCRIBANOS
CONOZCANOS

..REVISTAS

..OTROS SITIOS
MUJER
DIARIOS:
ORIENTE
OCCIDENTE
GUIA DE OCIO
ELSALVADOR.COM
EN EL MUNDO
 
 

Tomando la palabra
Comunismo y anticomunismo

Joaquín Villalobos*
Oxford, Inglaterra.
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Las izquierdas ortodoxas están aprendiendo a manipular el poder formal de la democracia sin respetarlo, lo mismo que hacían antes algunas derechas. Esto lo mezclan con lealtades a Cuba, retazos nostálgicos de marxismo y viejas causas recicladas.

Durante los 80, la política de Estados Unidos hacia Centro América fue gobernar El Salvador, ocupar militarmente Honduras, hacer la guerra a Nicaragua, invadir directamente Panamá y mostrar indiferencia ante un genocidio en Guatemala.

A excepción de Costa Rica, la democracia no había existido en la región. Nicaragua era la finca de un dictador que Estados Unidos definía como su “hijo de puta”, Guatemala tenía la dictadura más sanguinaria y racista de Latinoamérica, Honduras había sido la clásica república bananera gobernada por la United Fruit Company —uno sólo de sus presidentes se quedó 22 años en el gobierno— y El Salvador era la clásica república oligárquica cafetalera donde militares y terratenientes hacían lo que querían.

Las bases para un gran conflicto fueron sólidamente construidas por los que gobernaban, y Centro América vivió así una sangrienta y larga guerra, que es lo más parecido a Vietnam para América Latina. Explicar esto como un problema de expansión del marxismo es en extremo simplista. Los partidos comunistas eran fuertes en Suramérica y, como en Argentina, solían entenderse con las dictaduras. Además, consideraban que apoyar a la URSS era más importante que luchar contra el autoritarismo en sus países. Por ello eran opositores a organizar guerrillas.

En Nicaragua colaboraban con Somoza, y en El Salvador y Honduras eran inofensivos grupos de aficionados a los golpes de Estado. Lo anterior permite entender, primero, que las derechas no eran democráticas y, segundo, que los insurgentes tenían en su interior grupos con definiciones más democráticas y nacionales que marxistas. La radicalización marxista, cuando ocurrió, fue para estos temporal y superficial, y la relación con Cuba fue mutuamente instrumental.

La ortodoxia en política, de derecha o izquierda, es siempre torpe. Lo único que explica la fuerza, imaginación y capacidad de adaptación política que alcanzaron algunas insurgencias es su diversa composición social y política. Cuando terminó la guerra, no renegaron de ser marxistas porque objetivamente nunca llegaron a serlo.
En Centro América, la guerrilla más ortodoxa fue la de Guatemala, la menos fue la de Nicaragua y la de El Salvador estaba entre ambas, en ese orden la primera fue derrotada, la segunda ganó y la tercera empató.

En El Salvador, si la insurgencia no hubiera aterrorizado y unido al poder económico con los secuestros y asesinatos de empresarios, habría triunfado en los 70 con una plataforma democrática. En los 80, la Democracia Cristiana salvó de una derrota a la derecha y a los militares salvadoreños al desbloquear el apoyo norteamericano. Sin embargo, la guerrilla tuvo la capacidad de empatarle una guerra a Estados Unidos, algo a lo que ninguna insurgencia latinoamericana sobrevivió. Pero, terminada la guerra en El Salvador, los comunistas depuraron a la izquierda democrática y tomaron el FMLN, lo radicalizaron ideológicamente, lo subordinaron a Cuba y lo han vuelto torpe y sin imaginación.

La mayor capacidad política insurgente se desarrolló en Nicaragua. El plan para derrocar a Somoza fue impecable y sorprendió a la ortodoxia soviética y cubana. El FSLN se radicalizó como resultado de la influencia de Cuba, del anticomunismo de Reagan, de la irresponsabilidad juvenil del sandinismo pero, sobre todo, de que los nicaragüenses no conocían de instituciones, sino de caudillismo. Pero Nicaragua no llegó a ser como Cuba, y Daniel Ortega salió del poder en las primeras elecciones democráticas en la historia de ese país. Cuando dejó el gobierno, dijo a sus simpatizantes, que representaban el 40% de los electores, “vamos a gobernar desde abajo”.

Una década después, Ortega está en efecto gobernando desde abajo como resultado del pacto que firmó con Arnoldo Alemán, ex presidente de Nicaragua. Además del Poder Judicial, de la Contraloría, del Tribunal Electoral y del Parlamento, el FSLN controla a los trabajadores del Estado. La escandalosa corrupción de Alemán obligó que el gobierno de su propio partido lo investigara. Luego, jueces sandinistas lo condenaron y, finalmente, diputados sandinistas lo enviaron a prisión. El oficial Partido Liberal Constitucionalista (PLC) se dividió, el Ejecutivo se quedó sin partido y sin diputados. Daniel Ortega pasó a dominar, entonces, todos los poderes del Estado, y tiene ahora más poder que Enrique Bolaños, actual Presidente de Nicaragua.

Al dividirse el PLC, el FSLN se quedó sin competidor, y desde el Tribunal Electoral fragmentó más a sus opositores al legalizar decenas de pequeños partidos. El pacto de los caudillos incluyó reformas que permiten ganar las elecciones con el 35% de los votos y virtualmente prohíbe las coaliciones, al exigir que éstas deben colocarse bajo la bandera de un solo partido.

El pacto es altamente negativo para la institucionalidad de Nicaragua, pero como operación política es, de nuevo, impecable. El FSLN ha ganado una gran capacidad de instrumentar el poder formal y las instituciones. Precisamente lo mismo que mantiene en el poder a Chávez en Venezuela. Teniendo en cuenta la imposibilidad de que se forme una amplia coalición que enfrente al FSLN y el terrible empobrecimiento de Nicaragua, es obvio que el sandinismo ganará las futuras elecciones municipales y presidenciales. El paquete de azúcar, frijoles y arroz conocido como el AFA de la época revolucionaria resulta ahora mejor que nada.

El problema principal no es el seguro retorno de Daniel Ortega al gobierno, sino que, dada la capacidad política que ahora tiene, podría permanecer en forma indefinida en el poder manipulando instituciones y pactando con todos los caudillos nicaragüenses. De esto ya no se podrá culpar a la moribunda revolución cubana ni al marxismo.

Las izquierdas ortodoxas están aprendiendo a manipular el poder formal de la democracia sin respetarlo, lo mismo que hacían antes algunas derechas. Esto lo mezclan con lealtades a Cuba, retazos nostálgicos de marxismo y viejas causas recicladas, pero no hay homogeneidad, y el pragmatismo y el interés individual están presentes.

En la guerra aprendí que no hay peor estupidez que actuar creyéndose lo que dice la propaganda, sin considerar los cambios de contexto y los errores y debilidades propias. El asesinato de los jesuitas en El Salvador en 1989, los fracasos de la oposición venezolana y los recientes fusilamientos en Cuba son resultado de eso.
Anticomunismo y comunismo están ambos políticamente muertos. Hay un debate en la izquierda entre la política responsable y el populismo ideológico, y el PT de Brasil y Cuba lo representan respectivamente.

Fidel Castro necesita aliados en el antiimperialismo contra Washington para alcanzar los cincuenta años en el poder, el PT de Brasil necesita el entendimiento pragmático con EE.UU. para hacer algo por los pobres en cuatro años. Mientras el continente fue gobernado por dictaduras apoyadas por Estados Unidos, Cuba fue una revolución. Ahora que Latinoamérica es democrática, Cuba es una dictadura. La democracia en Latinoamérica necesita que el debate que se ha abierto lo gane el PT.
*Columnista de El Diario de Hoy.

 

  HACIA ARRIBA


Derechos Reservados - El Diario de Hoy, El Salvador, C.A. - Aviso Legal