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Tomando la palabra
Comunismo y anticomunismo
Las
izquierdas ortodoxas están aprendiendo a manipular el poder
formal de la democracia sin respetarlo, lo mismo que hacían
antes algunas derechas. Esto lo mezclan con lealtades a Cuba, retazos
nostálgicos de marxismo y viejas causas recicladas.
Durante los 80, la política de Estados Unidos hacia Centro
América fue gobernar El Salvador, ocupar militarmente Honduras,
hacer la guerra a Nicaragua, invadir directamente Panamá
y mostrar indiferencia ante un genocidio en Guatemala.
A excepción de Costa Rica, la democracia no había
existido en la región. Nicaragua era la finca de un dictador
que Estados Unidos definía como su hijo de puta,
Guatemala tenía la dictadura más sanguinaria y racista
de Latinoamérica, Honduras había sido la clásica
república bananera gobernada por la United Fruit Company
uno sólo de sus presidentes se quedó 22 años
en el gobierno y El Salvador era la clásica república
oligárquica cafetalera donde militares y terratenientes hacían
lo que querían.
Las bases para un gran conflicto fueron sólidamente construidas
por los que gobernaban, y Centro América vivió así
una sangrienta y larga guerra, que es lo más parecido a Vietnam
para América Latina. Explicar esto como un problema de expansión
del marxismo es en extremo simplista. Los partidos comunistas eran
fuertes en Suramérica y, como en Argentina, solían
entenderse con las dictaduras. Además, consideraban que apoyar
a la URSS era más importante que luchar contra el autoritarismo
en sus países. Por ello eran opositores a organizar guerrillas.
En Nicaragua colaboraban con Somoza, y en El Salvador y Honduras
eran inofensivos grupos de aficionados a los golpes de Estado. Lo
anterior permite entender, primero, que las derechas no eran democráticas
y, segundo, que los insurgentes tenían en su interior grupos
con definiciones más democráticas y nacionales que
marxistas. La radicalización marxista, cuando ocurrió,
fue para estos temporal y superficial, y la relación con
Cuba fue mutuamente instrumental.
La ortodoxia en política, de derecha o izquierda, es siempre
torpe. Lo único que explica la fuerza, imaginación
y capacidad de adaptación política que alcanzaron
algunas insurgencias es su diversa composición social y política.
Cuando terminó la guerra, no renegaron de ser marxistas porque
objetivamente nunca llegaron a serlo.
En Centro América, la guerrilla más ortodoxa fue la
de Guatemala, la menos fue la de Nicaragua y la de El Salvador estaba
entre ambas, en ese orden la primera fue derrotada, la segunda ganó
y la tercera empató.
En El Salvador, si la insurgencia no hubiera aterrorizado y unido
al poder económico con los secuestros y asesinatos de empresarios,
habría triunfado en los 70 con una plataforma democrática.
En los 80, la Democracia Cristiana salvó de una derrota a
la derecha y a los militares salvadoreños al desbloquear
el apoyo norteamericano. Sin embargo, la guerrilla tuvo la capacidad
de empatarle una guerra a Estados Unidos, algo a lo que ninguna
insurgencia latinoamericana sobrevivió. Pero, terminada la
guerra en El Salvador, los comunistas depuraron a la izquierda democrática
y tomaron el FMLN, lo radicalizaron ideológicamente, lo subordinaron
a Cuba y lo han vuelto torpe y sin imaginación.
La mayor capacidad política insurgente se desarrolló
en Nicaragua. El plan para derrocar a Somoza fue impecable y sorprendió
a la ortodoxia soviética y cubana. El FSLN se radicalizó
como resultado de la influencia de Cuba, del anticomunismo de Reagan,
de la irresponsabilidad juvenil del sandinismo pero, sobre todo,
de que los nicaragüenses no conocían de instituciones,
sino de caudillismo. Pero Nicaragua no llegó a ser como Cuba,
y Daniel Ortega salió del poder en las primeras elecciones
democráticas en la historia de ese país. Cuando dejó
el gobierno, dijo a sus simpatizantes, que representaban el 40%
de los electores, vamos a gobernar desde abajo.
Una década después, Ortega está en efecto gobernando
desde abajo como resultado del pacto que firmó con Arnoldo
Alemán, ex presidente de Nicaragua. Además del Poder
Judicial, de la Contraloría, del Tribunal Electoral y del
Parlamento, el FSLN controla a los trabajadores del Estado. La escandalosa
corrupción de Alemán obligó que el gobierno
de su propio partido lo investigara. Luego, jueces sandinistas lo
condenaron y, finalmente, diputados sandinistas lo enviaron a prisión.
El oficial Partido Liberal Constitucionalista (PLC) se dividió,
el Ejecutivo se quedó sin partido y sin diputados. Daniel
Ortega pasó a dominar, entonces, todos los poderes del Estado,
y tiene ahora más poder que Enrique Bolaños, actual
Presidente de Nicaragua.
Al dividirse el PLC, el FSLN se quedó sin competidor, y desde
el Tribunal Electoral fragmentó más a sus opositores
al legalizar decenas de pequeños partidos. El pacto de los
caudillos incluyó reformas que permiten ganar las elecciones
con el 35% de los votos y virtualmente prohíbe las coaliciones,
al exigir que éstas deben colocarse bajo la bandera de un
solo partido.
El pacto es altamente negativo para la institucionalidad de Nicaragua,
pero como operación política es, de nuevo, impecable.
El FSLN ha ganado una gran capacidad de instrumentar el poder formal
y las instituciones. Precisamente lo mismo que mantiene en el poder
a Chávez en Venezuela. Teniendo en cuenta la imposibilidad
de que se forme una amplia coalición que enfrente al FSLN
y el terrible empobrecimiento de Nicaragua, es obvio que el sandinismo
ganará las futuras elecciones municipales y presidenciales.
El paquete de azúcar, frijoles y arroz conocido como el AFA
de la época revolucionaria resulta ahora mejor que nada.
El problema principal no es el seguro retorno de Daniel Ortega al
gobierno, sino que, dada la capacidad política que ahora
tiene, podría permanecer en forma indefinida en el poder
manipulando instituciones y pactando con todos los caudillos nicaragüenses.
De esto ya no se podrá culpar a la moribunda revolución
cubana ni al marxismo.
Las izquierdas ortodoxas están aprendiendo a manipular el
poder formal de la democracia sin respetarlo, lo mismo que hacían
antes algunas derechas. Esto lo mezclan con lealtades a Cuba, retazos
nostálgicos de marxismo y viejas causas recicladas, pero
no hay homogeneidad, y el pragmatismo y el interés individual
están presentes.
En la guerra aprendí que no hay peor estupidez que actuar
creyéndose lo que dice la propaganda, sin considerar los
cambios de contexto y los errores y debilidades propias. El asesinato
de los jesuitas en El Salvador en 1989, los fracasos de la oposición
venezolana y los recientes fusilamientos en Cuba son resultado de
eso.
Anticomunismo y comunismo están ambos políticamente
muertos. Hay un debate en la izquierda entre la política
responsable y el populismo ideológico, y el PT de Brasil
y Cuba lo representan respectivamente.
Fidel Castro necesita aliados en el antiimperialismo contra Washington
para alcanzar los cincuenta años en el poder, el PT de Brasil
necesita el entendimiento pragmático con EE.UU. para hacer
algo por los pobres en cuatro años. Mientras el continente
fue gobernado por dictaduras apoyadas por Estados Unidos, Cuba fue
una revolución. Ahora que Latinoamérica es democrática,
Cuba es una dictadura. La democracia en Latinoamérica necesita
que el debate que se ha abierto lo gane el PT.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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