| |

De actualidad
El santo de lo ordinario

Legiones
de jóvenes que respondiendo generosamente a la llamada del
amor, ponen su vida y su profesión al servicio de los demás,
con una entrega total para ser mensajeros del llamado evangélico:
Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto.
Cuando hablamos de lo ordinario pensamos en lo de diaria
administración, lo de todos los días, lo que tenemos
que hacer. El trabajo de administrar el hogar y el cuido de los
hijos: los menús, el súper, velar por todo lo que
se relaciona con el hábitat en que se desenvuelve la familia.
La labor desarrollada en las oficinas, en las empresas y en las
fábricas, y que comienza o tomando un bus (de 30 años
de fabricación) o manejando un vehículo en medio del
caos del tránsito, que nos pone la sangre a punto de moronga
aún antes de haberse iniciado la jornada laboral, también
forma parte de lo ordinario.
Hablar con clientes que, como siempre tienen la razón, abusan.
Tratar con proveedores, colegas, subalternos y jefes. Atender un
puesto en el mercado. Manejar un taxi. Enseñar desde una
cátedra a un grupo de alumnos más o menos interesados.
¡Cuántas cosas hacemos todos los días con carácter
repetitivo, sin darnos cuenta a veces de la trascendencia y proyección
que tiene cada uno de esos actos! Y qué desperdicio si no
lo hacemos de manera consciente, sacando de ello algún beneficio.
San Josemaría Escrivá de Balaguer fue llamado por
el Papa Juan Pablo II el santo de lo ordinario en el
día de su canonización, y en las misas que en su honor
se celebraron en todo el mundo el 26 de junio, día de su
tránsito al cielo, resonó una vez más su grito
de batalla: Todos los cristianos están llamados a la
santidad, a ser santos de altar, y lo lograrán a través
de su trabajo ordinario.
Tradicionalmente, el términosanto estaba restringido
a unos pocos elegidos y predestinados para realizar en este mundo
actos heroicos que los distinguieran del común de los mortales.
Que por lo menos hubieran alcanzado el martirio o se hubieran retirado
a la soledad del desierto para castigar su cuerpo con ayunos y disciplinas,
o hecho de las frías paredes del claustro el lugar para encontrar
a Dios, mediante la observancia de las estrictas reglas de las congregaciones
monásticas.
Pero a pesar de esta tradición y de la acusación de
que es una alucinación creer que se puede ser santo
en medio del mundo, San Josemaría continuó firme
invitando a hombres y mujeres de toda condición social a
enamorarse de Jesucristo, mediante una intensa vida interior de
oración, sacrificio y frecuencia de sacramentos, que les
permitiera vivir continuamente en presencia de Dios, convirtiendo
todos los momentos y circunstancias de la vida en ocasión
de amarle.
En santificar el trabajo haciéndolo con perfección
humana y profesional; en santificarnos nosotros al realizarlo superando
las dificultades y sabiendo decir no a lo que queremos para cumplir
con lo que debemos y, por ende, santificar a los demás con
el ejemplo de un trabajo realizado con visión sobrenatural,
por amor de Dios y para beneficio del prójimo.
Las dificultades que tuvo que enfrentar durante toda su vida para
cumplir con la misión de sacar adelante la obra de Dios constituyen
un ejemplo de santidad heroica, de abandono y confianza absolutos
en la voluntad divina y de respeto a la autoridad eclesiástica,
hasta que en los años 60, el Concilio Vaticano II proclamó
esa llamada universal a la santidad como doctrina de la Iglesia,
animando a los laicos a santificarse con lo ordinario.
Es el espíritu del Opus Dei que viven innumerables personas
de todas clases en todos los confines del mundo, que forman una
sola raza: la raza de los Hijos de Dios. Son jugadores de fútbol,
cantantes de ópera, amas de casa, campesinas, catedráticos
universitarios, obreros, banqueros, toreros, poetas, enfermeras,
abogados, científicos justamente empeñados en poner
a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, con el corazón
en el cielo y los pies en la tierra.
Legiones de jóvenes que respondiendo generosamente a la llamada
del amor, ponen su vida y su profesión al servicio de los
demás, con una entrega total para ser mensajeros del llamado
evangélico: Sed perfectos, como mi Padre Celestial
es perfecto, pero con las características, circunstancias
y costumbres del Siglo XXI.
Éste fue el mensaje que se escuchó en la catedral
de San Salvador, el pasado 26 de junio: la certeza de que lo ordinario
ha dejado de serlo, y que es privilegio de los cristianos hacer
divinos todos los caminos de la tierra, convertir en versos la prosa
de cada día, porque al ser realizada por amor de Dios, tendrá
vibraciones de eternidad.
*Columnista de El Diario de Hoy.
|
|