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De actualidad
El santo de lo ordinario

Teresa Guevara de López*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Legiones de jóvenes que respondiendo generosamente a la llamada del amor, ponen su vida y su profesión al servicio de los demás, con una entrega total para ser mensajeros del llamado evangélico: “Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto”.

Cuando hablamos de “lo ordinario” pensamos en lo de diaria administración, lo de todos los días, lo que tenemos que hacer. El trabajo de administrar el hogar y el cuido de los hijos: los menús, el súper, velar por todo lo que se relaciona con el hábitat en que se desenvuelve la familia. La labor desarrollada en las oficinas, en las empresas y en las fábricas, y que comienza o tomando un bus (de 30 años de fabricación) o manejando un vehículo en medio del caos del tránsito, que nos pone la sangre a punto de moronga aún antes de haberse iniciado la jornada laboral, también forma parte de lo ordinario.

Hablar con clientes que, como siempre tienen la razón, abusan. Tratar con proveedores, colegas, subalternos y jefes. Atender un puesto en el mercado. Manejar un taxi. Enseñar desde una cátedra a un grupo de alumnos más o menos interesados. ¡Cuántas cosas hacemos todos los días con carácter repetitivo, sin darnos cuenta a veces de la trascendencia y proyección que tiene cada uno de esos actos! Y qué desperdicio si no lo hacemos de manera consciente, sacando de ello algún beneficio.

San Josemaría Escrivá de Balaguer fue llamado por el Papa Juan Pablo II “el santo de lo ordinario” en el día de su canonización, y en las misas que en su honor se celebraron en todo el mundo el 26 de junio, día de su tránsito al cielo, resonó una vez más su grito de batalla: “Todos los cristianos están llamados a la santidad, a ser santos de altar, y lo lograrán a través de su trabajo ordinario”.

Tradicionalmente, el término“santo” estaba restringido a unos pocos elegidos y predestinados para realizar en este mundo actos heroicos que los distinguieran del común de los mortales. Que por lo menos hubieran alcanzado el martirio o se hubieran retirado a la soledad del desierto para castigar su cuerpo con ayunos y disciplinas, o hecho de las frías paredes del claustro el lugar para encontrar a Dios, mediante la observancia de las estrictas reglas de las congregaciones monásticas.

Pero a pesar de esta tradición y de la acusación de que “es una alucinación creer que se puede ser santo en medio del mundo”, San Josemaría continuó firme invitando a hombres y mujeres de toda condición social a enamorarse de Jesucristo, mediante una intensa vida interior de oración, sacrificio y frecuencia de sacramentos, que les permitiera vivir continuamente en presencia de Dios, convirtiendo todos los momentos y circunstancias de la vida en ocasión de amarle.

En santificar el trabajo haciéndolo con perfección humana y profesional; en santificarnos nosotros al realizarlo superando las dificultades y sabiendo decir no a lo que queremos para cumplir con lo que debemos y, por ende, santificar a los demás con el ejemplo de un trabajo realizado con visión sobrenatural, por amor de Dios y para beneficio del prójimo.

Las dificultades que tuvo que enfrentar durante toda su vida para cumplir con la misión de sacar adelante la obra de Dios constituyen un ejemplo de santidad heroica, de abandono y confianza absolutos en la voluntad divina y de respeto a la autoridad eclesiástica, hasta que en los años 60, el Concilio Vaticano II proclamó esa llamada universal a la santidad como doctrina de la Iglesia, animando a los laicos a santificarse con lo ordinario.
Es el espíritu del Opus Dei que viven innumerables personas de todas clases en todos los confines del mundo, que forman una sola raza: la raza de los Hijos de Dios. Son jugadores de fútbol, cantantes de ópera, amas de casa, campesinas, catedráticos universitarios, obreros, banqueros, toreros, poetas, enfermeras, abogados, científicos justamente empeñados en poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, con el corazón en el cielo y los pies en la tierra.

Legiones de jóvenes que respondiendo generosamente a la llamada del amor, ponen su vida y su profesión al servicio de los demás, con una entrega total para ser mensajeros del llamado evangélico: “Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto”, pero con las características, circunstancias y costumbres del Siglo XXI.

Éste fue el mensaje que se escuchó en la catedral de San Salvador, el pasado 26 de junio: la certeza de que lo ordinario ha dejado de serlo, y que es privilegio de los cristianos hacer divinos todos los caminos de la tierra, convertir en versos la prosa de cada día, porque al ser realizada por amor de Dios, tendrá vibraciones de eternidad.
*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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