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Un ejemplo a seguir
CHINA

Pedro Roque*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Como los “tambores de guerra” electoral ya empezaron a sonar, mi apelación es a que no nos engañemos, El Salvador tiene que ver hacia adelante y formar parte de la comunidad internacional.

Hace cinco años necesité una mesa de trabajo para un grupo de ocho personas, que también debiera ser útil para comer. Las sillas debían ser cómodas para trabajar y además, bonitas para adornar la sala. Visité varias tiendas de muebles y encontré unos que me gustaron desde que los vi. Rápidamente llegamos a un acuerdo con el vendedor, pues reconozco que soy mal regateador y valoro más las cosas por el servicio que me prestarán que por el precio.

La entregaron y armaron un día que yo no estaba en casa y cuando regresé me encontré la flamante mesa con sus ocho sillas. Aún me siento bien con estos muebles, pues además del diseño muy bonito, son prácticos y fuertes. Sigo convencido que hice una buena compra.

Como tres años después, recogiendo unos papeles que una ráfaga de viento tiró al suelo, vi una etiqueta en la parte inferior de la mesa que me hizo pensar, decía: “Made in China”. Mi primer pensamiento fue: ¿cómo es posible que al precio que compré estos muebles, que por lo menos han pasado por tres intermediarios con márgenes del quince o veinte por ciento, más los costos de transporte, son aquí competitivos con los fabricados en Centro América? Instintivamente, empecé a buscarles algunos fallos, pues se me ocurrió que quizás eran de mala calidad, y no les he encontrado hasta la fecha nada que no me guste en su relación precio-calidad.

Automáticamente recordé otro momento en el que necesitaba unos zapatos para andar en el monte, y después de vacilar si comprar unos hechos en la región centroamericana o en China, me decidí por los de China, porque eran un 12% más económicos… El año pasado me obsequiaron un estuche de cuero para mi teléfono, comprado en Estados Unidos, con un diseño muy bonito y una marca muy conocida, que en el interior tiene una viñeta de tela con la frasecita “Made in China”, perfectamente bordada.

Si usted quiere, pare de leer este artículo y durante unos quince minutos dé una vuelta por su casa y examine las últimas diez cosas o utensilios para uso diario que ha comprado. Revise bien las viñetas que a veces están un poco escondidas entre teléfono celular, reproductores de música, televisores, camisas, pantalones, artículos de plástico, artículos de cuero, auriculares, computadoras, baterías, telas, impresoras, muebles, juguetes, utensilios para la cocina, adornos para la casa y otras cosas.

¿Qué encontró? De las últimas diez cosas que compró, siete o más están hechas en China, o bien en alguna de sus partes o componentes, si la busca, encontrará la marquita “Made in China”.

Si las continúa examinando, se dará cuenta de que la relación precio calidad es buena y por eso las compró, y si piensa un poco más sobre el diseño y cómo han sido fabricadas, se dará cuenta de que son productos que bien podrían haber sido fabricados en nuestro país.

¿Qué pasa?, se preguntará. ¿Por qué estos productos no los fabricamos aquí?

Recientemente hice una visita a las tiendas de muebles de hogar que se encuentran cerca del parque Bolívar y examiné la calidad de su acabado. Al pasar la mano por un borde del marco de una cuna, me di cuenta de que no le habían desbastado las aristas y que podían ser cortantes para un niño en caso de un pequeño golpe en un mal movimiento. Pregunté por el precio a la señora que atendía el negocio, por cierto abarrotado de muebles, en el que para enseñar uno tiene que mover cuatro. A mi respuesta de que me parecían un poco caros, pues para regatear ya les dije que soy malo, un poco tímida ella me contestó con toda tranquilidad: “Sí, ese es el precio para que ofrezca”. Le ofrecí 40% menos y me los dejó al final por 25% menos del precio que me indicó al principio.

Con esa referencia entré en la sección de muebles de una tienda de departamentos y por el mismo precio encontré un mueble para el mismo uso hecho en Taiwan, y además con un excelente acabado y barnizado. De nuevo me pregunto: ¿Por qué no trabajamos aquí con la misma o por lo menos una calidad parecida? Y, además, ¿cómo es posible que, con por lo menos tres intermediarios entre los fabricantes y los puestos finales de venta, los precios son más bajos y todos ganan? La respuesta es muy sencilla: Calidad y rentabilidad. China es uno de los países donde más crece el número de empresas que implantan programas de mejora de la calidad y la rentabilidad.

Y si ustedes se preguntan hacia adónde están dirigidas las grandes inversiones americanas y europeas e incluso las asiáticas en estos momentos, la respuesta es que el cincuenta por ciento o quizás más hacia China.
¿Y qué es lo que hay en China? La gente responde espontáneamente: ¿Mano de obra barata? Por cierto, lo mismo que decían de Japón en los setenta.

Pues no señores, pongan mucha atención a los reportajes serios en los que se muestra a una China que se “occidentaliza e internacionaliza” cada día más y verán ciudades limpias, transportes ordenados, gente trabajando con calidad, discotecas, gente bien vestida, restaurantes llenos, grandes aeropuertos y muchas otras cosas que ya quisiéramos tener aquí.

Mi intención, como siempre constructiva, es que pensemos que en nuestra condición de país pequeño no podemos aislarnos, es decir, apartarnos del comercio mundial, “cerrando las fronteras” y menos pensar en “desinternacionalizar” nuestra economía.

Como los “tambores de guerra” electoral ya empezaron a sonar, mi apelación es a que no nos engañemos, El Salvador tiene que ver hacia adelante y formar parte de la comunidad internacional, pero no sólo como receptor de ayudas, sino como país libre, democrático, donde continuemos aprendiendo a trabajar con calidad, respetando la iniciativa privada y todas las libertades que otorga la Constitución.
*Ingeniero y columnista de El Diario de Hoy.

 

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