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Punto de vista
Privatizar lo social
El remedio
para las innegables lacras de las sociedades neoliberales no es sólo
que lo público se haga privado, o viceversa, sino que lo privado
y lo público atemperen su egoísmo.
Desde las últimas elecciones, lo social está
de moda en este país. Hay muchos que están convencidos
de que los resultados de marzo son fruto de un descuido de lo social.
Y, en buena lógica, para que esos resultados no se vuelvan
a repetir, el Estado (es decir, el partido en el gobierno) debería
preocuparse por cuidar lo social, con vistas a las elecciones
del próximo año.
Lo anterior suena lógico, casi matemático; sin embargo,
no lo es tanto. Para empezar, habría que analizar con los
números en la mano si los resultados de las elecciones reflejan
de veras ese presunto descontento de los votantes, pues tengo la
impresión de que si se comparan con lo obtenido hace tres
años, las cifras no son muy diferentes.
En segundo lugar, faltaría definir qué es lo social
(precisamente por su ambiguo significado he preferido mantener la
palabrita entre comillas). Y en tercer lugar, me parece que sería
importante aclararnos si el Estado es el único responsable
de lo social.
Los dos primeros puntos no pienso tratarlos hoy. Pero me interesa
ampliar el tercero. Para el análisis pienso traer a cuento
cuatro tesis generales que expone el analista Carlos Llano al respecto:
1. El Estado debería tener preocupación social, pero
carece de suficiente eficacia para solucionar los problemas sociales.
2. Las iniciativas privadas cuentan con eficacia, pero no poseen
verdadera preocupación social.
3. En los últimos tiempos, se nota una preocupación
centrada en inyectar eficacia a las empresas públicas, dada
por su supuesta su responsabilidad social.
4. Por tanto, sería ideal suscitar preocupación social
en las iniciativas privadas para que, presuponiendo su eficacia,
puedan ayudar a solucionar los problemas sociales.
Entonces, las responsabilidades sociales, que los socialistas de
todas las tonalidades depositan de forma invariable en el Estado
y que los neoliberales netos sencillamente ignoran, deberían
ser asumidas por los particulares, por entes privados. ¿Por
qué? Por interés, que es un poderoso motor.
Pero, al aparecer, en el discurso, la palabra interés
podría ser entendida por muchos sólo desde el punto
de vista económico, monetario. En realidad, cuando la iniciativa
privada tiene a la vista panoramas superiores a los puramente mercantiles,
puede orientar su fuerza a negocios de solidaridad,
que producen dividendos mucho más valiosos que los asentados
en partidas contables.
Es paradójico que en la actualidad, cuando en todo el mundo
las corrientes burguesas del capitalismo y del liberalismo se han
quedado sin contrapeso, y las teorías socialistas parecen
haber perdido su papel de platillo en la balanza que equilibraba
los intereses económicos y políticos de muchas naciones,
sea cuando la empresa privada deba plantearse con seriedad sus responsabilidades
frente a grupos de personas necesitadas de ayuda.
Ya lo advertía Peter Drucker hace treinta años: Ocurre
que en la sociedad moderna los gerentes constituyen en ocasiones
el único grupo de liderazgo. Si los gerentes de nuestras
principales instituciones, y sobre todo,de nuestras empresas, no
asumen su responsabilidad por el bien común, nadie podrá
o querrá hacerlo.
Siempre me ha gustado esa cita de Drucker, pues refleja en pocas
líneas un asunto crucial: todos somos responsables del bien
común (¿lo social?), y quienes más medios tienen
para contribuir al mismo, lógicamente, tienen mayor responsabilidad
de hacerlo.
Pero ese planteamiento es satanizado por los socialistas, para quienes
las iniciativas particulares son el peor enemigo y la causa misma
del mal, y visto con recelo por los neoliberales, para quienes todo
lo que se escape del interés mercantil es sospechoso.
Quizá por eso es paradójico que cuando se conocen
algunas de las grandes empresas de este país, descubre uno
con sorpresa que muchas de sus iniciativas se orientan desde hace
un buen tiempo a colaborar en el bien común, promoviendo
socialmente a tantas personas y creando condiciones para la superación
de muchísimas más.
Por supuesto que el Estado tiene una responsabilidad intransferible
de contribuir al bien común, pero no es el único responsable.
A fin de cuentas, parece ser que el remedio para las innegables
lacras de las sociedades neoliberales no es sólo que lo público
se haga privado, o viceversa, sino que lo privado y lo público
atemperen su egoísmo.
Ya oigo las opiniones que calificarán mi planteamiento de
utópico. Y en cierta forma lo es. Sin embargo, si por lo
menos alguien se siente llamado a reflexionar y cambia a su alrededor
algunas cosas para bien, pienso que habrá valido la pena
escribir esta columna, y sólo con ello me daría por
bien pagado.
*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario
de Hoy.
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