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Tema para meditar
Hablemos de democracia

María A. de López Andreu*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Dentro de esos valores, claro, se encuentran los cívicos y patrióticos. Y no hay nada que inventar, porque nuestra bandera misma los proclama: Dios, Unión, Libertad.

En nuestra empresa, a fin de motivar a todo el personal a realizar su pleno desarrollo, tenemos un programa que podríamos llamar “de capacitación en valores”. Pretendemos con ello que todos tomemos conciencia de nuestra condición de seres superiores, libres y racionales, creados a imagen y semejanza de Dios.

¿Por qué desde un enfoque empresarial?

Porque la empresa, más que ninguna otra institución, está definida por aquel conocido axioma: “Todo conglomerado vale en relación directa a la calidad de las personas que lo integran”. Y ¿qué empresa, en estos tiempos de competencia globalizada, no necesita “ser la mejor”? ¿Cómo serlo, si su personal es mediocre, porque carece de principios y valores?

Dentro de esos valores, claro, se encuentran los cívicos y patrióticos. Y no hay nada que inventar, porque nuestra bandera misma los proclama: Dios, Unión, Libertad.

“Unión” —lo sabemos— se refiere a nuestro eterno anhelo de construir en Centroamérica una patria única. Sin embargo, en nuestro programa la aplicamos a nuestro ambiente nacional (siguiente párrafo), tan polarizado, y explica por qué toma el “Ideario para vivir la democracia” como el medio para lograr la unión. Veamos:

“Podemos describir la UNIÓN como la necesidad que tenemos todos los salvadoreños de confiar los unos en los otros; la necesidad de perdonar y de construir juntos el futuro brillante que deseamos para nuestra patria.

El camino para hacerlo es la democracia. Compartimos con ustedes este bello “Ideario para vivir la democracia”, de nuestro poeta David Escobar Galindo:

“Entrégate a la edificación del destino de la patria como vía de realización de tu propio destino.
“Participa a diario, con las convicciones, actitudes y hechos de tu vida, en la consolidación del espíritu nacional, sobre las bases de la moralidad, la libertad y la solidaridad.

“Respeta los juicios de la mayoría, distinguiéndola muy bien de los prejuicios de la multitud.
“Haz un cotidiano ejercicio para saber diferenciar entre adversario y enemigo, entre amigo y cómplice.

“Analiza sin contemplaciones, plantea sin claudicación, enjuicia sin remordimiento. Pero no denigres ni destruyas ni entres en colusión.

“Ayuda, con todas tus potencias, a forjar una sociedad donde la libertad no se oponga al orden, donde el orden no impida la justicia, donde la justicia no ahogue la libertad.

“Antes de acogerte al alero del Derecho, sé tú mismo, con tu conducta, pilar de la ley.

“Si eres gobernante, nunca uses un poder que no tenga legítima autoridad, y si eres gobernado, nunca permitas que tu servicio se vuelva servidumbre.

“Contribuye a la educación, educándote para la integridad; a la paz, apaciguándote para la acción; a la armonía, conociéndote a ti mismo para beneficio de la concordia social.

“Actúa de tal manera que cada una de tus acciones sea un aporte a la causa más alta del destino nacional: la construcción libre y evolutiva de la felicidad de todos”.

¡Qué contraste entre la enseñanza de este ideario —verdadero himno a la responsabilidad individual— con la “democracia” que quieren vendernos! Porque ahora, en forma malévola, en nombre de esa “democracia”, se predica el odio de clases, la irresponsabilidad y la injusticia; se instiga a la violencia y se atenta directamente contra la libertad.

Es oportuno, pues, que todos meditemos este ideario. ¿No es, en verdad, un “examen de conciencia” objetivo y práctico? ¿No nos hemos sonrojado (los que aún tenemos vergüenza) al leer algunas de estas sentencias? Y principalmente: ¿No hemos concluido en que, definitivamente, es así como se debe construir nuestra democracia y lograr la unión de nuestra polarizada sociedad?

No sé cuándo el doctor Escobar Galindo escribió su ideario; el recorte de periódico del cual lo tomamos para el programa de nuestra empresa —hace ya varios años— estaba viejo, amarillento y maltratado. Pero sus palabras no pierden —por el contrario, ganan— actualidad. ¡Qué triste que muchos ni siquiera las conocen, desperdiciándose tanta sabiduría!

Este ideario debería ser de estudio obligado en escuelas y universidades, en las clases de Gramática (si es que todavía se imparten; por los horrores que leemos a diario, parecería que no), de Literatura, Estudios Sociales, Ética, Ciencias Políticas, etc.

Es necesario que todos —principalmente, la juventud— lo conozcamos, para tener después la capacidad de practicarlo. ¡El Salvador lo merece!

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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