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En sintonía con Dios
Se regala dinero

Por el padre Eugenio Hoyos
El Diario de Hoy
fatherhoyos@utinet.net

Mientras convalecía en el hospital hace varias semanas, leí el libro “Cápsulas Motivaciónales” del escritor Abelardo Cruz. Me pareció muy interesante para todos aquellos que nos confiamos o nos dejamos llevar por los demás

Cierta mañana se encontraba Raúl leyendo el periódico. De pronto la lectura se detuvo ante cierto anuncio: “Se regala dinero, teléfono: 86-43-12”. Sumamente intrigado le comentó a su esposa.

“Por favor, viejo”, respondió ella, "creí ya habías crecido... ¿Cómo crees esa noticia? ¿Quién da sin recibir algo a cambio?”. Raúl guardó el recorte, terminó su café y se dirigió al trabajo.

Cierta mañana se encontró con José, un buen amigo. Raúl le mostró el recorte de periódico.

Pasaron seis meses y cierto día iba Raúl hacia su casa cuando escuchó que lo llamaba José, cuyo rostro expresaba alegría.

--¿Te acuerdas del anuncio, compadre?--.

--¿Cuál anuncio? --replicó Raúl.

--El que ofrecía regalar dinero, ¿no te acuerdas? --¡Ah! --le contestó--. ¿Qué hay con esa broma?
--¿Cuál broma? --dijo José--. Acudí esa misma tarde y he aquí que una persona de edad me atendió. “¿Cuánto necesita?”, preguntó el hombre. Le dije: “Pero, ¿qué pide usted a cambio del dinero?”.

--Lo único que exigimos --contestó-- es que lo invierta en algo útil para su negocio o familia.

--Pero ¿qué garantía piden? --replicó José.

--La garantía de su palabra solamente...

Raúl no podía creer lo que oía. Despidiéndose de José, enfiló a la oficina indicada por su compadre. Su corazón latía de emoción. ¡Tantos planes personales que se habían detenido por falta de capital! Pero ahora todo cambiaría. Raúl tocó la puerta y salió un hombre con aspecto agradable.

--Dígame, ¿en qué le puedo servir?

--¿Es esta la oficina donde regalan dinero? --respondió Raúl con timidez.

--Bueno, aquí era-- afirmó el anciano--. Publiqué el anuncio porque quería hacer algo por la gente necesitada. Yo soy un viejo ya y he tenido el deseo de ayudar. Por desgracia, solo vino una persona a la que ayudé. Creo que la gente ya no tiene fe en sus semejantes.

Bajando los escalones del edificio, Raúl meditaba “¿Por qué perdemos la fe en la gente?”
Es frecuente que el desarrollo de las grandes ciudades pague un alto precio; frialdad entre la gente. Para darle calor a nuestras relaciones interpersonales conviene creer en las personas creando puentes entre ellas en lugar de construir muros.

 

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