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Comentando
La píldora dorada
Por
largos años, la izquierda quedó huérfana de
ideología. Pero, hay que reconocerlo, tuvo capacidad de reinventarse.
A principios de la década de los ochenta, los expertos estadounidenses
en materia de política exterior afirmaban que el Caribe se
había convertido en un lago marxista leninista.
La verdad es que el panorama, desde el punto de vista estadounidense
en el marco de la guerra fría, era dramático.
El gobierno cubano lideraba el llamado Movimiento de Países
no Alineados. Michael Manley, amigo personal de Fidel Castro, gobernaba
en Jamaica. Omar Torrijos, militar populista de izquierda, era el
hombre fuerte de Panamá, y los sandinistas copiaban el modelo
cubano en Nicaragua. En la pequeña isla de Granada, Maurice
Bichop permitía que militares cubanos construyeran un aeropuerto
militar con capacidad para las operaciones de los Mig 21, y en El
Salvador y Guatemala, las guerrillas impulsaban sendas ofensivas
militares contra los gobiernos proestadounidenses.
La verdad es que Estados Unidos, luego de la guerra de Vietnam y
en el marco de la política de distensión de Jimmy
Carter, estaba en retirada en todas partes del mundo. Irán,
importante aliado de occidente en esa estratégica región,
cayó en manos de fundamentalistas antinorteamericanos. La
lista de gobiernos prosoviéticos en África parecía
de escuela pública: Angola, Zimbabue, Etiopía, Mozambique,
Libia y un lago etcétera de National Geographic.
Era el mejor momento para la Unión Soviética en el
tenso enfriamiento entre sistemas. Algunos entusiastas politólogos
de la Académica de Ciencias Políticas de Moscú
vaticinaron el colapso del imperio y del decadente sistema
capitalista. La internacional, el himno del Movimiento Comunista
Internacional, se entonaba con el mismo fervor en el Kremlin, las
montañas de Chalatenango, las selvas africanas, las universidades
europeas, La Habana y Managua. La victoria de la clase proletaria
en el mundo estaba a la vuelta de la esquina. Así lo profetizaron
Marx, Engel y Lenin. Sólo era cosa de esperar un momentito.
Pero ocurre que la historia no es un libreto que se va cumpliendo
al pie de la letra. (Uno de los grandes dogmas del llamado socialismo
científico). En 1981, Ronald Reagan se convirtió
en presidente de Estados Unidos e impulsó una cambio total
en la política exterior. La administración Reagan
hizo suyas las recomendaciones del grupo de Santa Fe, un influyentísimo
tanque de pensamiento y puso en práctica la llamada política
de contención al avance comunista.
En esencia, lo que el grupo de Santa Fe propuso fue convertir las
relaciones interamericanas en escudo y espada del hemisferio
occidental. El límite del avance comunista se puso precisamente
en nuestro país. El cambio en la estrategia estadounidense
incluía abandonar el apoyo a las dictaduras militares de
derecha, promover elecciones libres y la profesionalización
de las Fuerzas Armadas en nuestros países, sobre todo, en
aquellos afectados por la guerra de guerrillas. Al mismo tiempo,
se evitó el involucramiento de tropas estadounidenses y se
apoyó las llamadas guerrillas contrarrevolucionarias, no
sólo en Nicaragua, sino en países africanos, donde
tropas cubanas apoyaban a los gobiernos prosoviéticos.
Una década después, esta estrategia, combinada con
el agotamiento del modelo comunista en la URSS, la llegada al Kremlin
de Gorbachov y la Perestroika, el impresionante efecto que en Polonia
tuvo el mensaje de Juan Pablo II y el efecto dominó, de la
resistencia polaca, en los países de Europa Oriental, provocó
el derrumbe del campo socialista, el colapso de la Unión
Soviética y la simbólica destrucción del muro
de Berlín. Los politólogos de marras tenían
razón, un colapso venía en camino. Sólo que
ocurrió en el lugar que menos esperaban.
Por largos años, la izquierda quedó huérfana
de ideología. Desorientada. Pero, hay que reconocerlo, tuvo
capacidad de reinventarse. Florecieron, entonces, los movimientos
feministas, los ecologistas, los defensores de los indígenas
y toda la parafernalia de lo que hoy se conoce como la sociedad
civil. ¿Es que alguien puede creer que a Dagoberto
Gutiérrez le interesa más la capa de Ozono que la
revolución proletaria? ¿O que las radicales feministas
estén más interesadas en salvar a pobres mujeres de
los puñetazos de un marido que en derrocar a la burguesía?
El mundo cambió y la estrategia de lucha de la izquierda
también. Lo que no ha cambiado son los objetivos de la izquierda
marxista ni los principios y valores que defiende y promueve Estados
Unidos. Es probable que en un mundo donde ya no existe el
imperio del mal y con un gobernante en Estados Unidos, al
estilo de Clinton, muchos reconvertidos partidos comunistas percibieran
que se podía ganar una elección y sentar las bases,
como quien no quiere la cosa, del modelo socialista.
Pero los atentados terroristas del 11 de septiembre le volvieron
a dar una vuelta a la tuerca. Además, George W. Bush está
muy lejos de ser Clinton. La política de contención
al comunismo dejó hace rato de tener sentido. El peligro
para los intereses de Estados Unidos ya no viene, como me dijo René
León, de otra potencia o de otro sistema, sino de cuasi invisibles
grupos terroristas con diversas motivaciones antinorteamericanas.
Ello explica el enfoque preventivo en la política exterior
de la actual administración. (Por sus amigos y declaraciones
los conoceréis), o amigo o enemigo.
En este contexto es que el FMLN apareció dando apoyo a los
ataques del 11 de septiembre y luego calificando de neofascista
y terrorista global al gobierno de Bush. El lenguaje de la carta
a Fidel Castro parecía sacado de un panfleto universitario
de los años setenta. Hugo Martínez tiene que andar
haciendo de tripas corazón para explicar que Salvador Sánchez
Cerén y Schafik Handal no dijeron lo que dijeron, sino lo
que por cuestiones de principios no podían decir.
Lo grave es que esas posiciones de la primera fuerza política
del país ponen en grave riesgo a más de dos millones
de salvadoreños que viven en Estados Unidos, cuyas remesas
representan hoy por hoy no sólo la estabilidad familiar de
millares de familias, sino el espinazo de nuestra economía.
Lo que el coordinador general del FMLN dijo hace poco alabando la
democracia estadounidense es solo un intento de dorar la píldora
(las poison pills a las que se refirió el embajador). El
sentimiento antiestadounidense en las declaraciones del FMLN no
es en mi opinión, un error estratégico, sino una espeluznante
expresión de sinceridad.
*Columnista del Diario de Hoy
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