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Cuando la gente buena se va

Evangelina del Pilar de Sol*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Siempre fue admirable y ejemplar ver cómo un hombre tan ocupado en las cosas materiales del mundo jamás relegó a Dios a un segundo plano.

Qué bonito es oír al unísono, cuando una persona buena fallece: “Pasó por el mundo haciendo el bien”.
En este último año, dos destacadas personalidades de nuestro entorno, a quienes puede perfectamente identificárseles con esta frase, se han ido y sin la menor duda se encuentran al lado del Señor.

El último que nos ha dejado, cuando todavía tenía una vida por delante, es Archie Baldocchi. Me consta, por experiencia, que su bondad para hacer el bien trascendía cualquier límite. En cierta ocasión, una hija mía fue víctima de una injusticia. Siendo la esposa de Archie, Angelita —quien asimismo posee un enorme corazón—, amiga de mi hija, al enterarse del incidente, y sabiendo que Archie la podía ayudar, la condujo de inmediato a donde él, quien se encargó personalmente de solucionar todo.

Siempre fue admirable y ejemplar ver cómo un hombre tan ocupado en las cosas materiales del mundo que necesitaban de su atención jamás relegó a Dios a un segundo plano. Verlo asistir todos los domingos a misa con Angelita —con quien, dicho sea de paso, formó siempre atractivísima pareja—, y en los últimos meses no fallar nunca a su comunión, era señal de que él sabía que todo poder —ese poder que envanece a las mayorías cuando se posee— es secundario y que es la humildad y amor hacia el Señor lo importante. Esto es lo que en realidad lo hizo grande.

El sepelio de Archie confirma lo dicho. Éste fue una total demostración del cariño y reconocimiento a su persona, a donde lo acompañaran a su última morada, desde el más sencillo empleado hasta el más encumbrado empresario, amigos que llegaron de diferentes países y políticos de derecha e izquierda unidos en el sentimiento. Todos se dieron cita para darle el último adiós. Pero para los que como él seguimos a Dios, no es un adiós, sino un “hasta pronto”.

En noviembre nos dejó también un insigne abogado, gran amigo de mi esposo y mío. Él fue el Dr. Jaime Quesada, otro ser de inagotable bondad, a quien por esto Dios lo tuvo en la lista de sus escogidos privilegiados.
Hombre poseedor de una brillante inteligencia, y de trayectoria intachable, su acercamiento a Nuestro Señor fue un tanto diferente al de Archie.

Él formó un maravilloso hogar con Lolita Pascual, cuyo fruto fueran sus hijos, quienes siguiendo el sólido ejemplo de sus padres, se han destacado como excelentes profesionales. Siendo catedrático forjó el futuro de muchos, ahora famosos abogados.

Sin embargo, él tenía dudas en cuanto a algunos puntos cristianos. Debido a mi férrea fe en las cosas de Dios, cuando en ocasiones con su esposa Lolita nos visitaban, o viceversa, teníamos fuertes “agarrones” —de los que terminábamos muertos de risa—, acerca de que si al morir resucitaríamos como nos enseñó Jesucristo y en lo cual se basa nuestra fe cristiana, o si nos reencarnaríamos como a él le habían erróneamente hecho creer. Mi posición era que estas filosofías salen de cerebros humanos, dado que todo mundo por naturaleza tiene temor a enfrentarse a lo desconocido, como es para muchos la incertidumbre de cómo será el más allá. Entonces, es bonito y conveniente pensar que regresaremos al único mundo que conocemos, en el que quisiéramos seguir, sin importar que no recordemos nada de nuestra vida anterior.

Él me aseguraba que en cada “reencarnación” vamos purificando nuestras almas y vamos subiendo peldaños hasta unirnos con la plenitud que es Dios. O sea que eventualmente nos volveremos Dios. Yo le razonaba que esta idea no tenía sentido, porque cómo puede ser posible que siendo que en un principio el mundo estaba literalmente deshabitado y ahora somos millones ¿de dónde salen tantas almas para tanta gente? Además, si hemos estado viniendo desde hace millares de años —paleontológicamente hablando—, desde que se supone que existimos, no es bastante raro que este último siglo hasta la actualidad, lejos de purificarnos, la humanidad está más perversa que nunca, perdiendo totalmente el rumbo de la moral y a donde la gente se identifica más con el mal que con el bien.

Cuando le diagnosticaron un cáncer terminal, y él sabiamente reconocía su posible final, un día, reforzando una sugerencia que mi esposo le hiciera acerca de platicar con un sacerdote de mentalidad tan privilegiada como la de él —don Juan Aznar—, yo le dije que haciéndolo, si era él quien estaba en lo correcto en su teoría, no se perdía nada y nada pasaría, pero que si yo estaba en lo correcto, como yo sabía que lo estaba, cuando se presentara frente al Señor sería demasiado tarde.

A pesar de que su debilidad ya era notoria, dialogó muchísimo con don Juan. Cuando le llegó la hora de partir, sabemos que subió al cielo con el Señor. Había encontrado a Jesús, y ese día hubo fiesta en el cielo para recibirlo.
*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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