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La columna nacional
¿Debiera ganar el mejor candidato o se supone que el ganador
lo es?
Todo lo que es verdad, sea quien sea el que lo haya dicho,
viene del Espíritu Santo.
Comentario de S. Ambrosio a la carta a los Cor. (Cap. XII, V, 2).
Tenemos acá, con enorme claridad, vivita y coleando, la monstruosa
paradoja democrática de suponer que en la opinión
de los más se encuentra la verdad. Pero todavía peor
que eso, la voluntad misma está viciada, tanto por percepción
como por volición misma.
Expliquémonos.
La teoría: Contiene dos afirmaciones impresionantes que logran
la admiración de cualquier niño de diez años
no contaminado de ideología sistemática, o de cualquier
humano de buena voluntad que sea aún capaz de pensar con
un poco de capacidad e independencia.
La primera asegura que, cuando hay incertidumbre para decidir sobre
algo... no hay más que consultar a la mayoría. Por
dónde se va para el mar, si la plata pesa más que
el oro, era más guapa Selena que la Jennifer L., serán
los huevos de amor más saludables que los de
incubadora, qué significa la palabra alemana
idioten, cuál candidato es el que ganará, cuántos
grupos hay detrás de tal partido... La opinión
de los más nos brindará la verdad.
Pero la realidad práctica nos dice otra verdad: que uno no
va a consultarle un dolor de muelas a un vendedor de seguros, a
un barredor o a un eminente abogado; que el cálculo de la
distancia de la Tierra a la Luna no se saca a ojo de buen
cubero; que muchas cosas no son posibles de etiquetar ni calificarse
de mejores porque son cuestión de gustos y que de muchas
otras si es posible llegar a conclusiones válidas, pero después
de trabajosas investigaciones y no por campañas jactanciosas,
suposiciones malintencionadas o campañas de usinas de rumores.
Curiosamente, todos parecemos ser ignorantes de muchas cosas y a
nadie nos da pena confesarlo, pero todos creemos saber de economía,
política, filosofía y esas cosas.
La otra gigantesca verdad es un tanto menos idiota pero más
cruel, despiadadamente egoísta y amoral. Afirma que en el
fondo, aunque no se pueda saber con exactitud dónde se encuentra
la respuesta correcta, cuando no estemos ciertos del camino, de
lo más conveniente para una comunidad... ello es menos importante
que el saber lo que vamos a hacer. Es decir, curiosamente idéntica...
consultar la opinión de la mayoría, de la masa, del
culto y bien informado pueblo, que no dirá qué es
lo que quiere hacer, que es lo importante.
Así, la voluntad retoma el supremo puesto de las magnas decisiones
para una nación, sociedad o Estado. La verdad, inaprensible,
elusiva pero que siempre hay que buscar, deja de ser un norte para
guiarnos; la moral queda completamente subyugada a los dictados
del querer; el deber ser y el bien común son apenas unos
ángeles caídos prontos a volverse arcaísmos,
y Dios mismo debe conceptuarse como lo que el pueblo quiere y desee
hacer.
Rizando el rizo. Para admitir una discusión de las bondades
de esta parte de la democracia con un mínimo de racionalidad,
es forzoso remitirse a un tipo de democracia diferente, más
actualizada con los hechos del presente, con distintos mecanismos,
más justa y participativa.
Ahora bien, si en vez de un pueblo con cierta cultura, relativamente
informado, acostumbrado a la reflexión y el intercambio serenos,
comprensivo y con medios objetivos... tenemos a una serie de bandos
poco cultos, casi desesperados y furiosos, sin ningún interés
en convencer sino en que se haga lo que cada uno quiere, que no
reconocería la verdad aunque le estuviera mordiendo la mano,
atiborrado de campañas lava cerebros y prejuiciados, ¿cree
alguien que estamos viviendo algún tipo de democracia positiva?,
¿o es una burla?
La peor perversión del proceso es la que se da cuanto la
gente, los lectores, los que van a decidir, en lugar de preocuparse
de quién es realmente el candidato, qué ejecutorias
y experiencia tiene, cómo está pensando, con quiénes
se relaciona y cuáles son sus propuestas... únicamente
se desvela elucubrando ¿cuál de los candidatos va
a ganar? Y es el error del sistema por antonomasia, porque lleva
hasta las últimas consecuencias la fe religiosa en la bondad
de la decisión mayoritaria, ya que no interesa dilucidar
quién es realmente el más apto, sino solamente quién
ganará, porque en lógica democrática este será
a fuerza el mejor.
* Lic. en Ciencias Políticas.
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