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La columna nacional
¿Debiera ganar el mejor candidato o se supone que el ganador lo es?

Roberto López-Geissmann*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

“Todo lo que es verdad, sea quien sea el que lo haya dicho, viene del Espíritu Santo”.
Comentario de S. Ambrosio a la carta a los Cor. (Cap. XII, V, 2).


Tenemos acá, con enorme claridad, vivita y coleando, la monstruosa paradoja democrática de suponer que en la opinión de los más se encuentra la verdad. Pero todavía peor que eso, la voluntad misma está viciada, tanto por percepción como por volición misma.
Expliquémonos.

La teoría: Contiene dos afirmaciones impresionantes que logran la admiración de cualquier niño de diez años no contaminado de ideología sistemática, o de cualquier humano de buena voluntad que sea aún capaz de pensar con un poco de capacidad e independencia.

La primera asegura que, cuando hay incertidumbre para decidir sobre algo... no hay más que consultar a la mayoría. Por dónde se va para el mar, si la plata pesa más que el oro, era más guapa Selena que la Jennifer L., serán los huevos “de amor” más saludables que los de “incubadora”, qué significa la palabra alemana idioten, cuál candidato es el que ganará, cuántos grupos hay detrás de “tal” partido... La opinión de los más nos brindará la verdad.

Pero la realidad práctica nos dice otra verdad: que uno no va a consultarle un dolor de muelas a un vendedor de seguros, a un barredor o a un eminente abogado; que el cálculo de la distancia de la Tierra a la Luna no se saca “a ojo de buen cubero”; que muchas cosas no son posibles de etiquetar ni calificarse de mejores porque son cuestión de gustos y que de muchas otras si es posible llegar a conclusiones válidas, pero después de trabajosas investigaciones y no por campañas jactanciosas, suposiciones malintencionadas o campañas de usinas de rumores. Curiosamente, todos parecemos ser ignorantes de muchas cosas y a nadie nos da pena confesarlo, pero todos creemos saber de economía, política, filosofía y “esas cosas”.

La otra gigantesca verdad es un tanto menos idiota pero más cruel, despiadadamente egoísta y amoral. Afirma que en el fondo, aunque no se pueda saber con exactitud dónde se encuentra la respuesta correcta, cuando no estemos ciertos del camino, de lo más conveniente para una comunidad... ello es menos importante que el saber lo que vamos a hacer. Es decir, curiosamente idéntica... consultar la opinión de la mayoría, de la masa, del culto y bien informado pueblo, que no dirá qué es lo que quiere hacer, que es lo importante.

Así, la voluntad retoma el supremo puesto de las magnas decisiones para una nación, sociedad o Estado. La verdad, inaprensible, elusiva pero que siempre hay que buscar, deja de ser un norte para guiarnos; la moral queda completamente subyugada a los dictados del querer; el deber ser y el bien común son apenas unos ángeles caídos prontos a volverse arcaísmos, y Dios mismo debe conceptuarse como lo que el pueblo quiere y desee hacer.

Rizando el rizo. Para admitir una discusión de las bondades de esta parte de la democracia con un mínimo de racionalidad, es forzoso remitirse a un tipo de democracia diferente, más actualizada con los hechos del presente, con distintos mecanismos, más justa y participativa.

Ahora bien, si en vez de un pueblo con cierta cultura, relativamente informado, acostumbrado a la reflexión y el intercambio serenos, comprensivo y con medios objetivos... tenemos a una serie de bandos poco cultos, casi desesperados y furiosos, sin ningún interés en convencer sino en que se haga lo que cada uno quiere, que no reconocería la verdad aunque le estuviera mordiendo la mano, atiborrado de campañas lava cerebros y prejuiciados, ¿cree alguien que estamos viviendo algún tipo de democracia positiva?, ¿o es una burla?

La peor perversión del proceso es la que se da cuanto la gente, los lectores, los que van a decidir, en lugar de preocuparse de quién es realmente el candidato, qué ejecutorias y experiencia tiene, cómo está pensando, con quiénes se relaciona y cuáles son sus propuestas... únicamente se desvela elucubrando ¿cuál de los candidatos va a ganar? Y es el error del sistema por antonomasia, porque lleva hasta las últimas consecuencias la fe religiosa en la bondad de la decisión mayoritaria, ya que no interesa dilucidar quién es realmente el más apto, sino solamente quién ganará, porque en lógica democrática este será a fuerza el mejor.

* Lic. en Ciencias Políticas.

 

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