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Sentido común
Estamos a prueba
Prudencia,
trabajo y menos politiquería de parte de todos impedirá
que ahuyentemos a nuestros socios en el progreso y nos quedemos
solos, chiflando en la loma y en medio del caos.
Somos un país pobre y emergente que necesita de sus aliados
allá afuera para salir adelante. Pelearse con la cocinera
es comer mal, o no comer.
Por eso, los berrinches que satanizan a los inversionistas extranjeros,
a las multinacionales y a los organismos de cooperación externa,
más los desmanes que algunas fuerzas impulsan internamente
y que afuera nos reflejan como inestables, anárquicos o poco
predecibles, son torpezas que atentan contra todos nosotros.
Somos una democracia joven que aún lucha por sosegarse. Que
sinvergüenzas, traficantes y corruptos se bañen con
toda libertad en El Majahual, coman pupusas en Los Planes o hagan
shopping en Galerías, a parte de ofender la inteligencia
de los salvadoreños, nos deja mal parados frente al mundo
civilizado.
Además del crimen organizado y la inseguridad jurídica,
El Salvador paga los costos de tener una clase política incapaz
de construir consensos mínimos para la gobernabilidad. Todo
lo anterior, más la amenaza de una fuerza comprometida con
los estertores del marxismo, comienza a afectar la confianza que
en El Salvador se ha venido teniendo desde que firmamos la paz.
Ayúdate que te ayudaré. Si el país no es política,
económica y socialmente estable, difícilmente alguien
de fuera nos vendrá hacer la plana. Atentar contra la responsabilidad
macroeconómica la fiscal, sobre todo, y con la
manutención de las garantías del Estado de Derecho,
promover aventuras populistas y quiebres en las reglas del juego,
es la mejor manera de ahuyentar a nuestros socios en el exterior
y convertirnos en una inmensa fábrica de miseria.
Para crecer, a parte de acentuar el esfuerzo en la producción
local, nuestras economías necesitan capital de afuera que
complemente nuestros exiguos recursos. Si la entrada de capitales
externos se comienza a ahogar, nos comenzamos a ahogar todos, nuestro
potencial de crecimiento disminuye, la dificultad de conseguir financiamiento
externo a buenas tasas aumenta y la posibilidad de que una crisis
económica como jamás hayamos visto en este país
nos estalle en la cara se vuelve inminente. El Salvador no está
para locuras.
El Salvador no es una república bananera.
Al contrario, todo mundo allá afuera coincide que en los
diez últimos años El Salvador se ha comportado como
un país maduro, equilibrado y estable. Prueba de ello ha
venido siendo la regular entrada de capitales productivos externos
y la liquidez de los títulos del gobierno. De ser un país
inestable inmerso en el desorden de los ochentas, pasamos a figurar
como una de las economías más ordenadas del continente.
Sin embargo, un imprudente manejo del momento que vive el país
podría traicionar nuestro buen récord y echaría
por la borda el esfuerzo de tantos años.
La pelota está del lado de los tres poderes del Estado. Mientras
la Asamblea Legislativa continúe legislando para ponchar
al Ejecutivo, favorecer descaradamente a sectores particulares en
detrimento de lo que conviene al país y reventar las arcas
del Estado en franca piñata electorera, éste terminará
convirtiéndose en el primer órgano del descalabro.
También el Poder Judicial tiene su pedazote de cake. Demasiadas
cosas raras y rancias pasan en ese órgano del Estado.
Por eso, su prestigio se le ha venido al subsuelo. Los miembros
de la honorable familia Tacoma-Cabrera son fiel testimonio de cómo
el sistema mismo favorece la picardía sobre la honradez y
la decencia. A un ciudadano común y silvestre que se pase
un semáforo en rojo lo marcan en vídeo; una cámara
escondida para descubrir a un secuestrador es una afrenta para sus
derechos civiles.
También el Ejecutivo tiene pito en esta verbena. La temprana
e incipiente preeminencia del FMLN en las preferencias electorales
ha tenido su impacto. Si bien es correcto que el presidente Flores
advierta, dentro y fuera, sobre las consecuencias que implicaría
tener a un partido como el Frente dirigiendo la nación, es
importante que el Presidente reafirme su rol de estadista, se zafe
de tutifrutis partidarios y se muestre como el principal garante
de la institucionalidad y el proceso democrático de El Salvador.
Extramuros, lo que Flores diga y cómo lo diga es vital para
la imagen y confianza del país. El mundo debe tener la certeza
de que somos una democracia que resuelve sus diferencias en las
urnas y de que nuestros presidentes no se ponen ni se quitan a balazos
sino a fuerza de votos.
Prudencia, trabajo y menos politiquería de parte de todos
impedirá que ahuyentemos a nuestros socios en el progreso
y nos quedemos solos, chiflando en la loma y en medio del caos.
No hay duda que estamos a prueba.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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