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Sentido común
Estamos a prueba

Ricardo Rivas
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Prudencia, trabajo y menos politiquería de parte de todos impedirá que ahuyentemos a nuestros socios en el progreso y nos quedemos solos, chiflando en la loma y en medio del caos.

Somos un país pobre y emergente que necesita de sus aliados allá afuera para salir adelante. Pelearse con la cocinera es comer mal, o no comer.

Por eso, los berrinches que satanizan a los inversionistas extranjeros, a las multinacionales y a los organismos de cooperación externa, más los desmanes que algunas fuerzas impulsan internamente y que afuera nos reflejan como inestables, anárquicos o poco predecibles, son torpezas que atentan contra todos nosotros.

Somos una democracia joven que aún lucha por sosegarse. Que sinvergüenzas, traficantes y corruptos se bañen con toda libertad en El Majahual, coman pupusas en Los Planes o hagan “shopping” en Galerías, a parte de ofender la inteligencia de los salvadoreños, nos deja mal parados frente al mundo civilizado.

Además del crimen organizado y la inseguridad jurídica, El Salvador paga los costos de tener una clase política incapaz de construir consensos mínimos para la gobernabilidad. Todo lo anterior, más la amenaza de una fuerza comprometida con los estertores del marxismo, comienza a afectar la confianza que en El Salvador se ha venido teniendo desde que firmamos la paz.

Ayúdate que te ayudaré. Si el país no es política, económica y socialmente estable, difícilmente alguien de fuera nos vendrá hacer la plana. Atentar contra la responsabilidad macroeconómica —la fiscal, sobre todo—, y con la manutención de las garantías del Estado de Derecho, promover aventuras populistas y quiebres en las reglas del juego, es la mejor manera de ahuyentar a nuestros socios en el exterior y convertirnos en una inmensa fábrica de miseria.

Para crecer, a parte de acentuar el esfuerzo en la producción local, nuestras economías necesitan capital de afuera que complemente nuestros exiguos recursos. Si la entrada de capitales externos se comienza a ahogar, nos comenzamos a ahogar todos, nuestro potencial de crecimiento disminuye, la dificultad de conseguir financiamiento externo a buenas tasas aumenta y la posibilidad de que una crisis económica —como jamás hayamos visto en este país— nos estalle en la cara se vuelve inminente. El Salvador no está para locuras.
El Salvador no es una república bananera.

Al contrario, todo mundo allá afuera coincide que en los diez últimos años El Salvador se ha comportado como un país maduro, equilibrado y estable. Prueba de ello ha venido siendo la regular entrada de capitales productivos externos y la liquidez de los títulos del gobierno. De ser un país inestable inmerso en el desorden de los ochentas, pasamos a figurar como una de las economías más ordenadas del continente. Sin embargo, un imprudente manejo del momento que vive el país podría traicionar nuestro buen récord y echaría por la borda el esfuerzo de tantos años.

La pelota está del lado de los tres poderes del Estado. Mientras la Asamblea Legislativa continúe legislando para ponchar al Ejecutivo, favorecer descaradamente a sectores particulares en detrimento de lo que conviene al país y reventar las arcas del Estado en franca piñata electorera, éste terminará convirtiéndose en el primer órgano del descalabro. También el Poder Judicial tiene su pedazote de cake. Demasiadas cosas raras y rancias pasan en ese órgano del Estado.

Por eso, su prestigio se le ha venido al subsuelo. Los miembros de la honorable familia Tacoma-Cabrera son fiel testimonio de cómo el sistema mismo favorece la picardía sobre la honradez y la decencia. A un ciudadano común y silvestre que se pase un semáforo en rojo lo marcan en vídeo; una cámara escondida para descubrir a un secuestrador es una afrenta para sus derechos civiles.

También el Ejecutivo tiene pito en esta verbena. La temprana e incipiente preeminencia del FMLN en las preferencias electorales ha tenido su impacto. Si bien es correcto que el presidente Flores advierta, dentro y fuera, sobre las consecuencias que implicaría tener a un partido como el Frente dirigiendo la nación, es importante que el Presidente reafirme su rol de estadista, se zafe de tutifrutis partidarios y se muestre como el principal garante de la institucionalidad y el proceso democrático de El Salvador.

Extramuros, lo que Flores diga y cómo lo diga es vital para la imagen y confianza del país. El mundo debe tener la certeza de que somos una democracia que resuelve sus diferencias en las urnas y de que nuestros presidentes no se ponen ni se quitan a balazos sino a fuerza de votos.

Prudencia, trabajo y menos politiquería de parte de todos impedirá que ahuyentemos a nuestros socios en el progreso y nos quedemos solos, chiflando en la loma y en medio del caos. No hay duda que estamos a prueba.
*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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