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Voz de alerta
Los salvadoreños juegan con fuego
Seamos
serios: un marxista a lo único que no puede renunciar es
a jugar a la ingeniería social. Cuando Handal sea Presidente
de El Salvador, si esa catástrofe ocurre, aunque trate de
adaptarse a las reglas de la democracia, no podrá desprenderse
de su visión marxista.
Es posible que los salvadoreños elijan a un comunista como
su próximo Presidente. Se llama Schafik Handal, tiene 70
años, su padre era palestino y milita en las filas marxistas
desde hace medio siglo. Cuando existía la URSS, se le tenía
por ser el hombre de Moscú, un duro, y durante
dos agitadas décadas, entre los setenta y los noventa, fue
una de las cabezas de la lucha insurreccional dirigida por el FMLN.
A Handal le gusta presentarse como una de las personas que trajeron
la democracia a El Salvador por medio de la lucha armada y los subsecuentes
Acuerdos de Paz de 1992. Pero la verdad es que la democracia, aunque
imperfecta, existía desde tiempos de Napoleón Duarte
y Alfredo Cristiani. La guerrilla sólo aceptó sentarse
a la mesa de negociaciones tras el fracaso de la ofensiva desatada
en noviembre de 1989, el colapso del mundo comunista y las presiones
conjuntas de la URSS y de Estados Unidos. Fue la derrota inevitable
lo que la llevó a aceptar las normas del denostado sistema
capitalista.
Handal, comunista coherente, no batallaba por participar en el juego
político de una nación burguesa y plural,
cuyo modelo económico estuviera regido por el mercado, sino
por instaurar en el país una república socialista,
como la que su admirado amigo Fidel Castro había erigido
en el Caribe. Si sus convicciones hubieran sido democráticas,
habría acudido a las negociaciones que le planteara el presidente
democristiano Napoleón Duarte, en 1986. No lo hizo, en cambio,
hasta que comprobó que era imposible derrotar a sus enemigos.
El viejo comunista ahora asegura que, si gana las próximas
elecciones, se comportará de acuerdo con la Constitución
del país y respetará la propiedad privada y los derechos
humanos, incluidos, claro, las libertades civiles y políticas,
el pluralismo y el equilibrio de poderes. Renunciará, pues,
a poner en práctica su ideología marxista, asumiendo
humilde y seriamente la condición de administrador de un
Estado organizado con arreglo a los presupuestos ideológicos
y morales de sus enemigos tradicionales.
Es difícil que eso suceda. Un comunista es alguien convencido
de cuatro supersticiones fatalmente encadenadas. La primera es que
existe un destino fulgurante para la humanidad y ellos lo conocen.
La segunda es que ese destino maravilloso, en el que desaparecerá
el Estado, porque las personas tendrán un comportamiento
tan bondadoso y ejemplar que ni siquiera serán necesarios
los jueces, las leyes y los castigos, depende de la erradicación
de la propiedad privada, engendradora de comportamientos codiciosos
y de perversas relaciones de poder. La tercera es que existe un
agente que propicia los cambios en la dirección de ese mundo
fascinante: la clase trabajadora.
La cuarta es que ellos, los comunistas, saben cómo se llega
al paraíso, porque Marx descubrió el camino y las
leyes que operan en la historia. Ellos conocen esa hoja
de ruta hay que actualizar el lenguaje, así
que se constituyen en vanguardia del proletariado y desatan la revolución
redentora que los tendrá como implacables pastores del rebaño.
El problema de Handal no es que haya creído esas tonterías
a los quince años, edad en la que uno cree casi cualquier
cosa, sino que a los setenta continúa aferrado a ellas, pero
tras agregarles otros tres disparates laterales igualmente dañinos:
En El Salvador hay una infinita legión de indigentes porque
'los ricos se apoderan de toda la riqueza del país;
la pobreza del tercer mundo es la consecuencia de la explotación
de las naciones desarrolladas, de donde se deduce que es suicida
pactar con ellas tratados de libre comercio en los que resultaremos
devorados, y la prosperidad y la felicidad colectivas
dependen de las decisiones redistributivas de los burócratas
bienintencionados, que administran el Estado y asignan los recursos
con sabiduría.
Seamos serios: un marxista a lo único que no puede renunciar
es a jugar a la ingeniería social. Cuando Handal sea Presidente
de El Salvador, si esa catástrofe ocurre, aunque trate de
adaptarse a las reglas de la democracia, no podrá desprenderse
de su enquistada visión marxista. Él ha rechazado
la violencia, pero no el error intelectual, porque le han faltado
las lecturas y la capacidad crítica de otro comandante de
la guerrilla, Joaquín Villalobos, quien, terminada la guerra,
se fue a estudiar a Oxford, Inglaterra, y descubrió (y tuvo
el valor de aceptarlo públicamente) que sus ideas políticas,
como todas las utopías, conducían a un sangriento
matadero, y las económicas, a la miseria creciente del pueblo.
Gobernar es tomar decisiones que afectan a millones de personas.
Cuando Handal tenga que enfrentarse a los cientos de conflictos
que tocarán a su puerta, inevitablemente los analizará
desde una equivocada perspectiva marxista. Ese tremendo inconveniente
lo llevará a cometer inmensos errores en el terreno económico
y tensará aún más las zonas sociales y políticas
en disputa. ¿Consecuencias? Inflación, inestabilidad,
aumento de la pobreza, mayor criminalidad y fin abrupto del mejor
ciclo de crecimiento y paz social que ha conocido El Salvador en
toda su atormentada historia. Cuando eso suceda, Handal dirá
que sus enemigos y el imperialismo no lo dejaron gobernar. No es
cierto: será víctima de su propia ignorancia. Las
ideas tienen consecuencias. Especialmente las malas.
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