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Los científicos y Dios
Ateísmo y sufrimiento

Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
lfcuervo@tutopia.com

El hecho es que sigue habiendo gente de aguda inteligencia, muy sabia en su especialidad científica, que no cree en Dios.

“La Física no da prueba negativa de Dios o de la realidad trascendente: no es su objeto. Eso no es el resultado de la ciencia, depende de otros factores personales: el sufrimiento, la pobreza de un pueblo…”. Estas palabras del físico nu- clear J.A. Janik, que yo citaba al final de mi anterior artículo sobre el ateísmo de algunos científicos, me trajeron a la memoria precisamente algunos casos donde la desgracia y el sufrimiento fueron una crucial alternativa que a unos les hizo apartarse de Dios o incluso negar su existencia, y en cambio a otros les supuso encontrarlo o profundizar en la fe que ya tenían.

Querer basar en la Física, en la Biología o en cualquier otra ciencia empírica un ateísmo, efectivamente, es jugar sucio. Esas ciencias son incompetentes para responder a preguntas que son materia de la Metafísica o de la Teología. Es más, conforme vamos conociendo más y mejor la estructura del Universo, ya sea del macrocosmos de galaxias y estrellas o del microcosmos de la Biología Molecular y la Física Atómica, aparecen unas estructuras tan complejas, regidas por unas leyes tan finas e “inteligentes” con resultados tan poco materiales como el amor altruista, la bondad, las bellas artes, la música sinfónica, la poesía o la mística, que decir que todo eso no es más que epifenómenos de una evolución ciega de la materia, sin finalidad alguna, por pura serie de casualidades que podrían no haberse dado, todo eso, para una mente abierta y honesta, aparece como una explicación que no explica nada, una verdadera sinrazón.

Ante una cosa así cabe una posición como la de Paul Davies, que afirma: “A través de mi labor científica he llegado a creer más y más fuertemente que el universo físico está ensamblado con una dosis de ingenio tan sorprendente que no puedo aceptarlo simplemente como un hecho brutal. Ha de haber, pienso, un nivel más profundo de explicación. Si uno quiere llamar Dios a ese nivel, es una cuestión de gusto y definición”.

Otros, como Allan Sandage, astrónomo y ateo casi desde su niñez, después de plantearse la pregunta filosófica de por qué existe la materia en lugar de la nada absoluta, reconoció plenamente, años más tarde, la existencia de Dios confesando que: “La ciencia fue la que me llevó a la conclusión de que el mundo es mucho más complejo de lo que la propia ciencia puede explicar. El misterio de la existencia sólo puedo explicármelo mediante lo sobrenatural”.

El hecho es que sigue habiendo gente de aguda inteligencia, muy sabia en su especialidad científica, que no cree en Dios. Algunos de ellos se quedan en un tibio agnosticismo —“si Dios existe o no, yo no lo sé”—, pero otros, como los que cité en mis dos anteriores artículos, van más allá y muestran un ateísmo militante y agresivo. Pienso que el mejor argumento del ateísmo está en el escándalo que supone, para el sentido de justicia, bondad y felicidad que todo ser humano tiene, el comprobar en la historia de la humanidad la existencia innegable de la desgracia y sufrimiento de muchas vidas, en especial en el pasado siglo que supera en maldades refinadas, destrucción y genocidios a todos los anteriores siglos.

Weinberg hace con su ateísmo como ese pájaro de la pampa argentina del poema del “Martín Fierro” que en un lugar pone el nido y en otro lugar pega los gritos. Después de atribuir su ateísmo a sus conocimientos de astrofísica, Weinberg reconoce que no puede creer en un Dios bueno que haya permitido que su madre muriera de un cáncer doloroso, que la personalidad de su padre fuera destruida por la demencia de la enfermedad de Alzheimer y que muchos de su familia —Weinberg es judío— fueran asesinados en los campos de exterminio de los nazis. La herida abierta y sangrante del ateísmo más respetable está ahí: en el escándalo ante la perversidad inhumana y ante la desgracia y el sufrimiento cuando aparecen sin un sentido que los justifique.

Ante la existencia de la maldad y la desgracia en las vidas humanas, tampoco basta creer en un Dios-ingeniero que construye el mundo pero se desinteresa de lo que allí ocurre y donde las vidas humanas terminan deshaciéndose en la nada. Con esa perspectiva, toda la historia de la humanidad y cualquier vida humana individual resultan absurdas. Todo nuestro mundo se torna así como lo describe Shakespeare en boca de su personaje Macbeth: “La vida es un cuento narrado por un idiota, lleno de ruido y de furia que no significa nada”.

Pero si se confía en un Dios que, con los brazos abiertos maternalmente, espera a sus hijos para premiarles con una felicidad completa e inacabable, entonces la más dolorosa y desgraciada de las vidas humanas resulta, comparada con la felicidad eterna, un doloroso pinchazo de un segundo de duración.

Toda la terrible desgracia del holocausto judío le hace a Steven Weinberg y a varios de su pueblo negar a Dios, pero esa misma desgracia les hizo a otros judíos encontrar a Dios, como testimonian, por ejemplo, el escritor Franz Werfel y los médicos psiquiatras Kart Stern y Víctor Frankl. Werfel, huyendo de los nazis, fue a parar a Lourdes y prometió escribir la historia de los milagros que allí ocurrían si lograba salvar su vida. Lo cumplió después con “La canción de Bernadette”.

Stern dejó escrita su evolución hacia Dios en una magnífica autobiografía : “El pilar de fuego”. A Frankl, sus años en el campo de concentración y exterminio de Auschwitz, como consta en su libro “El hombre en busca de sentido”, le sirvieron a él y a muchos de sus compañeros de cautiverio para descubrir el sentido positivo de toda vida humana y para el encuentro con el Dios del Antiguo o del Nuevo testamentos.

*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy.

 

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