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Los científicos y Dios
Ateísmo y sufrimiento
El
hecho es que sigue habiendo gente de aguda inteligencia, muy sabia
en su especialidad científica, que no cree en Dios.
La Física no da prueba negativa de Dios o de la realidad
trascendente: no es su objeto. Eso no es el resultado de la ciencia,
depende de otros factores personales: el sufrimiento, la pobreza
de un pueblo
. Estas palabras del físico nu- clear
J.A. Janik, que yo citaba al final de mi anterior artículo
sobre el ateísmo de algunos científicos, me trajeron
a la memoria precisamente algunos casos donde la desgracia y el
sufrimiento fueron una crucial alternativa que a unos les hizo apartarse
de Dios o incluso negar su existencia, y en cambio a otros les supuso
encontrarlo o profundizar en la fe que ya tenían.
Querer basar en la Física, en la Biología o en cualquier
otra ciencia empírica un ateísmo, efectivamente, es
jugar sucio. Esas ciencias son incompetentes para responder a preguntas
que son materia de la Metafísica o de la Teología.
Es más, conforme vamos conociendo más y mejor la estructura
del Universo, ya sea del macrocosmos de galaxias y estrellas o del
microcosmos de la Biología Molecular y la Física Atómica,
aparecen unas estructuras tan complejas, regidas por unas leyes
tan finas e inteligentes con resultados tan poco materiales
como el amor altruista, la bondad, las bellas artes, la música
sinfónica, la poesía o la mística, que decir
que todo eso no es más que epifenómenos de una evolución
ciega de la materia, sin finalidad alguna, por pura serie de casualidades
que podrían no haberse dado, todo eso, para una mente abierta
y honesta, aparece como una explicación que no explica nada,
una verdadera sinrazón.
Ante una cosa así cabe una posición como la de Paul
Davies, que afirma: A través de mi labor científica
he llegado a creer más y más fuertemente que el universo
físico está ensamblado con una dosis de ingenio tan
sorprendente que no puedo aceptarlo simplemente como un hecho brutal.
Ha de haber, pienso, un nivel más profundo de explicación.
Si uno quiere llamar Dios a ese nivel, es una cuestión de
gusto y definición.
Otros, como Allan Sandage, astrónomo y ateo casi desde su
niñez, después de plantearse la pregunta filosófica
de por qué existe la materia en lugar de la nada absoluta,
reconoció plenamente, años más tarde, la existencia
de Dios confesando que: La ciencia fue la que me llevó
a la conclusión de que el mundo es mucho más complejo
de lo que la propia ciencia puede explicar. El misterio de la existencia
sólo puedo explicármelo mediante lo sobrenatural.
El hecho es que sigue habiendo gente de aguda inteligencia, muy
sabia en su especialidad científica, que no cree en Dios.
Algunos de ellos se quedan en un tibio agnosticismo si
Dios existe o no, yo no lo sé, pero otros, como
los que cité en mis dos anteriores artículos, van
más allá y muestran un ateísmo militante y
agresivo. Pienso que el mejor argumento del ateísmo está
en el escándalo que supone, para el sentido de justicia,
bondad y felicidad que todo ser humano tiene, el comprobar en la
historia de la humanidad la existencia innegable de la desgracia
y sufrimiento de muchas vidas, en especial en el pasado siglo que
supera en maldades refinadas, destrucción y genocidios a
todos los anteriores siglos.
Weinberg hace con su ateísmo como ese pájaro de la
pampa argentina del poema del Martín Fierro que
en un lugar pone el nido y en otro lugar pega los gritos. Después
de atribuir su ateísmo a sus conocimientos de astrofísica,
Weinberg reconoce que no puede creer en un Dios bueno que haya permitido
que su madre muriera de un cáncer doloroso, que la personalidad
de su padre fuera destruida por la demencia de la enfermedad de
Alzheimer y que muchos de su familia Weinberg es judío
fueran asesinados en los campos de exterminio de los nazis. La herida
abierta y sangrante del ateísmo más respetable está
ahí: en el escándalo ante la perversidad inhumana
y ante la desgracia y el sufrimiento cuando aparecen sin un sentido
que los justifique.
Ante la existencia de la maldad y la desgracia en las vidas humanas,
tampoco basta creer en un Dios-ingeniero que construye el mundo
pero se desinteresa de lo que allí ocurre y donde las vidas
humanas terminan deshaciéndose en la nada. Con esa perspectiva,
toda la historia de la humanidad y cualquier vida humana individual
resultan absurdas. Todo nuestro mundo se torna así como lo
describe Shakespeare en boca de su personaje Macbeth: La vida
es un cuento narrado por un idiota, lleno de ruido y de furia que
no significa nada.
Pero si se confía en un Dios que, con los brazos abiertos
maternalmente, espera a sus hijos para premiarles con una felicidad
completa e inacabable, entonces la más dolorosa y desgraciada
de las vidas humanas resulta, comparada con la felicidad eterna,
un doloroso pinchazo de un segundo de duración.
Toda la terrible desgracia del holocausto judío le hace a
Steven Weinberg y a varios de su pueblo negar a Dios, pero esa misma
desgracia les hizo a otros judíos encontrar a Dios, como
testimonian, por ejemplo, el escritor Franz Werfel y los médicos
psiquiatras Kart Stern y Víctor Frankl. Werfel, huyendo de
los nazis, fue a parar a Lourdes y prometió escribir la historia
de los milagros que allí ocurrían si lograba salvar
su vida. Lo cumplió después con La canción
de Bernadette.
Stern dejó escrita su evolución hacia Dios en una
magnífica autobiografía : El pilar de fuego.
A Frankl, sus años en el campo de concentración y
exterminio de Auschwitz, como consta en su libro El hombre
en busca de sentido, le sirvieron a él y a muchos de
sus compañeros de cautiverio para descubrir el sentido positivo
de toda vida humana y para el encuentro con el Dios del Antiguo
o del Nuevo testamentos.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario
de Hoy.
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