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Reflexionando
PERDONAR A LOS PADRES

Teresa Guevara de López*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

En la madurez es cuando la figura paternal alcanza su dimensión de hombre y de padre, con defectos y cualidades, surgiendo de las luchas y de los fracasos como persona auténtica.

Oscar Wilde es uno de los escritores ingleses más discutidos de la época victoriana, no sólo por su talento, sus excentricidades en el vestir, el escándalo que su conducta homosexual causó en la sociedad londinense y que le costó una condena en la cárcel donde escribió un poema adolorido titulado: “Balada de la cárcel de Reading”, sino también por su negro sentido del humor expresado en frases impregnadas de una ironía ácida que hieren como dardos, pero hacen meditar porque tienen un profundo contenido filosófico. Wilde dice que “los niños comienzan por amar a sus padres; cuando han crecido, los juzgan, y algunas veces, hasta los perdonan”.

Y, verdaderamente, éste es el proceso que se desarrolla en los hijos respecto a la percepción que tienen de su padre. En la infancia lo admiran como un superhombre que puede, sabe y hace de todo, lo cual se refleja en los dibujos infantiles: enorme cabeza, sin cuello, sembrada sobre un gran triángulo y con enormes extremidades. Pero a medida que el hijo va creciendo y su estatura comienza a acercarse a la del padre, la mítica imagen todopoderosa va disminuyendo y acercándose a la realidad, hasta que en la adolescencia, con la soberbia altanera que caracteriza esa época del crecimiento, alcanza niveles muy bajos: mi papá no sabe nada, es un fracasado; su actuar, proceder y pensar son absurdos.

Y es en la madurez cuando la figura paternal alcanza su verdadera dimensión de hombre y de padre, con defectos y cualidades, surgiendo de las luchas y de los fracasos como una persona auténtica que ha tratado de superarse, poniendo lo mejor de sí en beneficio de sus hijos.

Sin embargo, en algunas ocasiones como que la frase dura de Oscar Wilde tiene una correcta aplicación: cuántos hijos, al llegar a la edad en que pueden juzgar el comportamiento de su padre, se ven en la necesidad de perdonarlos. De intentar olvidar que quien les dio el ser no lo hizo como un acto consciente y voluntario de amor y entrega, sino como un momento de placer y egoísmo, cuyo fruto fue un estorbo, que no quiso conocer. Luego abandonó a la madre y, como los sementales, hizo germinar en otros vientres otras tantas semillas, que a pesar de ser parte de su ser, no iban siquiera a ser conocidos y menos apoyados para que pudieran darle el honroso título de padre.

El sentimiento de paternidad es diferente al de maternidad. La mujer, desde el instante en que concibe y siente latir una nueva vida en sus entrañas, ama, cuida y espera a ese ser que se forma con su carne y con su sangre. A pesar de las dificultades, espera con ilusión el parto y, durante el proceso de la lactancia, hay una corriente de cercanía, de ternura y de conocimiento que genera esa relación indestructible entre madre e hijo que no se puede destruir jamás.

En cambio, para el padre, su hijo es un desconocido hasta que abre sus ojos al mundo, y el vínculo se establecerá únicamente con la diaria convivencia, que hará nacer amor, respeto y admiración a medida que el hijo crece y se percate de que a su lado está su padre.
Hay muchos salvadoreños que no conocen a sus progenitores y añoran saber quién es, cómo es, dónde está. Que carecieron de esa figura protectora que les ayudara a superar miedos y frustraciones, que les enseñara su oficio, que les pusiera en contacto con la naturaleza, con lo grande y lo pequeño, con lo material y lo espiritual, con Dios y con los hombres.

Esa figura que con el correr de los años se puede contemplar con veneración, agradecimiento y hasta con un cierto sentido de protección, porque está cansada y encorvada tras haberse gastado en la lucha por enseñar a sus hijos los misterios de la vida, a descubrir el universo y cuya presencia nos recuerda olores, climas, ruidos, músicas y sabores. Que estará siempre velando, a veces desde la eternidad, porque marcó una huella en el alma que no se borrará jamás.

Pero aquellos “machos que nunca alcanzaron la categoría de padres”, como los bautizara con dureza el maestro Camilo Campos, y perdieron la maravillosa oportunidad de ser testigos del asombro de sus hijos, abriéndoles los ojos ante los milagros cotidianos de la existencia son los que merecen la frase severa de Oscar Wilde, de que deben ser perdonados por sus hijos.
El Salvador será un país grande y diferente cuando haya hombres responsables que merezcan el título de padres.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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