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Orientaciones familiares
Cómo detectar el abuso sexual

Por Pastor Mario Vega
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

En la anterior columna mencionamos algunos de los síntomas emocionales que acompañan a un abuso sexual infantil.

A esas características conviene que añadamos otras que van más allá de las expresiones emocionales pero que sumadas a ellas pueden ofrecer una mejor referencia para detectar este tipo de problema.

El descubrimiento de moretes, heridas o mordidas en diferentes partes del cuerpo puede ser una señal indicadora del abuso que una criatura puede estar sufriendo. Esta sospecha se refuerza cuando también se descubre enrojecimiento, laceraciones o incluso sangrado en los genitales. Otros síntomas son trastornos del sueño, insomnio, pesadillas recurrentes e incontinencia urinaria.

No en todos los casos de abuso sexual infantil pueden descubrirse señales físicas. El abuso sexual no es solamente la violación propiamente dicha. Algunos abusadores se limitan a cierto tipo de caricias o juegos sexuales buco-genitales que, normalmente, no dejan huellas en el cuerpo de los menores. En estos casos es un poco más difícil descubrir el problema. Pero si se observa atentamente a cambios que pueden producirse en la conducta, ellos pueden llegar a convertirse en una buena señal de alerta.

En algunas ocasiones puede producirse una fuga del hogar sin aparente explicación. Esta conducta, obviamente, obedece a un deseo de escapar. Pero, en otros casos, ocurre lo contrario. No pudiendo el niño o la niña expresar su situación y queriendo que la misma se vuelva obvia, puede recurrir a exponerse deliberadamente a abusos.

La criatura abusada busca el contacto íntimo con otros. Algunas veces con el abusador inicial. Esto lo hace no porque le agrade, como normalmente interpreta el abusador, sino porque espera que de esa manera la situación se descubra y pueda así lograr una afirmación de su persona.
En todo esto el niño sufre intensamente, pues, se somete a situaciones contrarias a su voluntad con la esperanza de poder así librarse de las mismas.

El desarrollo de conductas de seducción o promiscuidad son dolorosamente adoptadas con el fin de probarse a sí mismos que tienen valor para los demás y que son queridos.

 

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