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Desde Washington
Una nueva OIC puede resolver la crisis del café

Marcela Sánchez*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Bajo las reglas del juego actuales, las fuerzas del mercado por sí solas no resolverán la actual ansiedad mundial por el café.

WASHINGTON.- Ese sabor amargo en su taza de café se puede deber simplemente a algunos granos malos. O puede ser la prueba de un libre comercio que se hace desabrido a medida que millones de caficultores alrededor del mundo quedan en la pobreza.

Cultivar café no paga bien hoy en día. El café, la segunda materia prima más vendida en el mundo después del petróleo, se ha beneficiado del libre comercio —sin tarifas— por 15 años. Lo que fuera en una época la fuente de grandes ganancias para algunos países del tercer mundo, la producción de café ha crecido tanto que se ha aumentado la oferta mientras se reducen los precios, la calidad y la proporción de las ganancias para los productores.

Eso ha dejado al mercado lleno de granos de café de baja calidad —10 millones de sacos de 60 kilos de dichos granos para ser más exactos—. Entre tanto, las grandes empresas internacionales tostadoras, comercializadoras y comerciantes al detalle han tenido utilidades récord, ya que el gasto en café de los consumidores se ha duplicado en los últimos seis años.

Ya sea que usted tome café o que le preocupe la situación de laboriosos pero cada vez más pobres caficultores, la crisis del café es real y es un ejemplo revelador de cómo un mercado libre no es necesariamente un mercado justo.

Bajo las reglas del juego actuales, las fuerzas del mercado por sí solas no resolverán la actual ansiedad mundial por el café. Es ahí donde debiera entrar la Organización Internacional del Café (OIC). El organismo intergubernamental con sede en Londres fue establecido por las Naciones Unidas en 1962, para manejar un acuerdo de oferta y demanda en el mercado del café. En 1989, el acuerdo fracasó y pronto se fortaleció la ideología del libre mercado.

Y así en los 90 la OIC languideció. Pero en años recientes se perfila como el vehículo que tal vez pueda reunir todas las partes interesadas en pos de una solución. Hay un problema inicial, sin embargo: el principal consumidor de café del mundo ya no es miembro de la OIC. Estados Unidos dejó la organización en 1993, asegurando que no era más que otro cartel interesado en defender los intereses de los productores, incluso a expensas del libre comercio.

Para lograr que Estados Unidos regrese, miembros del Congreso estadounidense, organizaciones no gubernamentales y los involucrados en todas las etapas desde el grano hasta la tasa de café, han aumentado la presión. Durante meses, funcionarios de la administración Bush se han alistado para actuar y recientes reuniones de alto nivel entre diversas agencias del gobierno sugieren que podrían emitir una decisión en las próximas semanas, según fuentes oficiales.

Algunos funcionarios de la administración Bush todavía dudan acerca de las intenciones de la OIC. Para ellos, los esfuerzos recientes de la OIC para establecer ciertas normas de calidad son sólo formas más sofisticadas de controlar el mercado, la abominación de los defensores del libre comercio.
Además, ven los sellos de “comercio justo” impresos en algunos de los productos de miembros de la OIC —creados recientemente para presionar a las compañías de café a que paguen por lo menos el doble por libra para asegurar que los cultivadores puedan ganarse una vida decente—, como una forma de control de precios que puede ser justa pero no es libre.

Pero si las normas de calidad son una forma de control de mercados y los sellos de “comercio justo” meramente una forma de control de precios, entonces los subsidios agrícolas de Estados Unidos son más de lo mismo. De hecho, más que un argumento a favor del retorno a la intervención gubernamental a la Keynes, la crisis del café es el mejor argumento a favor de un cambio en las reglas comerciales, que haga al libre comercio realmente libre.

“Si vamos a abogar por una política de libre mercado, tiene que ser universal, no se pueden seleccionar ciertos productos”, dijo Ted Lingle, director ejecutivo de la Specialty Coffee Association of America que representa, entre muchos otros, a la más grande cadena de tiendas vendedoras de café, Starbucks. Según Lingle y otros expertos en café, las políticas de países desarrollados, como los subsidios para muchos otros productos agrícolas, llevan a agricultores en países en desarrollo a cultivar más café cuando no se necesita.

Una avalancha de inversión extranjera en Vietnam en los 90, por ejemplo, disparó su producción de café, inundando el mercado con un producto de baja calidad que contribuyó significativamente al actual dilema. En Bolivia también la ayuda exterior estadounidense ha tratado de desalentar el cultivo ilícito de coca, promoviendo su substitución con nada menos que café.

Los puntos de disensión de Washington con la OIC no debieran ser bases para quedarse por fuera, sino incentivos para reingresar. Allí, el gobierno estadounidense tendría el foro para entablar conversación con los crecientes detractores de la sabiduría del mercado libre.

Una OIC que respete las reglas del libre comercio, pero que también entienda sus defectos podría jugar un papel constructivo. Podría, por ejemplo, ayudar a mantener unas normas de calidad para reducir la sobre oferta de mala calidad. O podría facilitar la coordinación y la transparencia necesarias para evitar los malos pasos o la miopía del pasado, evidentes en Vietnam y Bolivia.

Más importante aún, una OIC que incluya a Estados Unidos como miembro podría tener una oportunidad de ir reduciendo la terca reticencia de países desarrollados a reformar los subsidios agrícolas.

Entonces, habría esperanza de que un comercio más justo —derivado de un comercio más libre— resolviera la crisis del café.

*Columnista del Washington Post.

 

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