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Desde Washington
Una nueva OIC puede resolver la crisis del café
Bajo
las reglas del juego actuales, las fuerzas del mercado por sí
solas no resolverán la actual ansiedad mundial por el café.
WASHINGTON.- Ese sabor amargo en su taza de café se puede
deber simplemente a algunos granos malos. O puede ser la prueba
de un libre comercio que se hace desabrido a medida que millones
de caficultores alrededor del mundo quedan en la pobreza.
Cultivar café no paga bien hoy en día. El café,
la segunda materia prima más vendida en el mundo después
del petróleo, se ha beneficiado del libre comercio sin
tarifas por 15 años. Lo que fuera en una época
la fuente de grandes ganancias para algunos países del tercer
mundo, la producción de café ha crecido tanto que
se ha aumentado la oferta mientras se reducen los precios, la calidad
y la proporción de las ganancias para los productores.
Eso ha dejado al mercado lleno de granos de café de baja
calidad 10 millones de sacos de 60 kilos de dichos granos
para ser más exactos. Entre tanto, las grandes empresas
internacionales tostadoras, comercializadoras y comerciantes al
detalle han tenido utilidades récord, ya que el gasto en
café de los consumidores se ha duplicado en los últimos
seis años.
Ya sea que usted tome café o que le preocupe la situación
de laboriosos pero cada vez más pobres caficultores, la crisis
del café es real y es un ejemplo revelador de cómo
un mercado libre no es necesariamente un mercado justo.
Bajo las reglas del juego actuales, las fuerzas del mercado por
sí solas no resolverán la actual ansiedad mundial
por el café. Es ahí donde debiera entrar la Organización
Internacional del Café (OIC). El organismo intergubernamental
con sede en Londres fue establecido por las Naciones Unidas en 1962,
para manejar un acuerdo de oferta y demanda en el mercado del café.
En 1989, el acuerdo fracasó y pronto se fortaleció
la ideología del libre mercado.
Y así en los 90 la OIC languideció. Pero en años
recientes se perfila como el vehículo que tal vez pueda reunir
todas las partes interesadas en pos de una solución. Hay
un problema inicial, sin embargo: el principal consumidor de café
del mundo ya no es miembro de la OIC. Estados Unidos dejó
la organización en 1993, asegurando que no era más
que otro cartel interesado en defender los intereses de los productores,
incluso a expensas del libre comercio.
Para lograr que Estados Unidos regrese, miembros del Congreso estadounidense,
organizaciones no gubernamentales y los involucrados en todas las
etapas desde el grano hasta la tasa de café, han aumentado
la presión. Durante meses, funcionarios de la administración
Bush se han alistado para actuar y recientes reuniones de alto nivel
entre diversas agencias del gobierno sugieren que podrían
emitir una decisión en las próximas semanas, según
fuentes oficiales.
Algunos funcionarios de la administración Bush todavía
dudan acerca de las intenciones de la OIC. Para ellos, los esfuerzos
recientes de la OIC para establecer ciertas normas de calidad son
sólo formas más sofisticadas de controlar el mercado,
la abominación de los defensores del libre comercio.
Además, ven los sellos de comercio justo impresos
en algunos de los productos de miembros de la OIC creados
recientemente para presionar a las compañías de café
a que paguen por lo menos el doble por libra para asegurar que los
cultivadores puedan ganarse una vida decente, como una forma
de control de precios que puede ser justa pero no es libre.
Pero si las normas de calidad son una forma de control de mercados
y los sellos de comercio justo meramente una forma de
control de precios, entonces los subsidios agrícolas de Estados
Unidos son más de lo mismo. De hecho, más que un argumento
a favor del retorno a la intervención gubernamental a la
Keynes, la crisis del café es el mejor argumento a favor
de un cambio en las reglas comerciales, que haga al libre comercio
realmente libre.
Si vamos a abogar por una política de libre mercado,
tiene que ser universal, no se pueden seleccionar ciertos productos,
dijo Ted Lingle, director ejecutivo de la Specialty Coffee Association
of America que representa, entre muchos otros, a la más grande
cadena de tiendas vendedoras de café, Starbucks. Según
Lingle y otros expertos en café, las políticas de
países desarrollados, como los subsidios para muchos otros
productos agrícolas, llevan a agricultores en países
en desarrollo a cultivar más café cuando no se necesita.
Una avalancha de inversión extranjera en Vietnam en los 90,
por ejemplo, disparó su producción de café,
inundando el mercado con un producto de baja calidad que contribuyó
significativamente al actual dilema. En Bolivia también la
ayuda exterior estadounidense ha tratado de desalentar el cultivo
ilícito de coca, promoviendo su substitución con nada
menos que café.
Los puntos de disensión de Washington con la OIC no debieran
ser bases para quedarse por fuera, sino incentivos para reingresar.
Allí, el gobierno estadounidense tendría el foro para
entablar conversación con los crecientes detractores de la
sabiduría del mercado libre.
Una OIC que respete las reglas del libre comercio, pero que también
entienda sus defectos podría jugar un papel constructivo.
Podría, por ejemplo, ayudar a mantener unas normas de calidad
para reducir la sobre oferta de mala calidad. O podría facilitar
la coordinación y la transparencia necesarias para evitar
los malos pasos o la miopía del pasado, evidentes en Vietnam
y Bolivia.
Más importante aún, una OIC que incluya a Estados
Unidos como miembro podría tener una oportunidad de ir reduciendo
la terca reticencia de países desarrollados a reformar los
subsidios agrícolas.
Entonces, habría esperanza de que un comercio más
justo derivado de un comercio más libre resolviera
la crisis del café.
*Columnista del Washington Post.
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