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Analizando
Incoherencias de la izquierda

Julia Regina de Cardenal*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

El marxismo se opone al derecho natural a la propiedad privada, expresión de lo más digno del hombre.

Los marxistas siempre se han distinguido por hablar de una forma y actuar de otra. Los neomarxistas, muchos de ellos antiguos militantes comunistas, siguen teniendo las mismas mañas: el doble discurso y la “doble moral”.

Ahora se han disfrazado de moderados, conciliadores, han conformado organizaciones de la sociedad civil y proclaman algunos “derechos humanos” seleccionados específicamente para promover su ideología.

A pesar de que han podido disfrazar sus objetivos muy bien, no han cambiado. Todavía creen que el fin justifica los medios. Aunque ya no utilizan las armas para la toma del poder, todavía pretenden tomarlo a través de otros medios perversos como el engaño, la manipulación, la amenaza y la coacción. Se escudan detrás de poderosos organismos internacionales y de países socialistas para tratar de forzar al gobierno a aceptar y legalizar su agenda ideológica.

Los miembros de la nueva izquierda se autoproclaman representantes de la sociedad civil, sin que nadie los haya elegido. Sólo se representan a sí mismos y a sus propios intereses.

Se la llevan de complacientes, pero imponen su doctrina a los demás y jamás han tolerado a sus opositores. Se la llevan de libre pensadores, pero rechazan todo pensamiento contrario al suyo. Se la llevan de defensores de la libertad de expresión, pero atacan de forma personal, agresiva, calumniosa y amenazadora para tratar de callar a quienes expresan ideas diferentes a las suyas.

Se la llevan de realizar “consultas ciudadanas democráticas”, pero las ejecutan al estilo Fidel Castro, consultando únicamente a los que los apoyan. Se la llevan de modernos, aunque su definición de modernismo es la legalización del aborto, de matrimonios de homosexuales y de la prostitución como prácticas normales, tal y como se aceptaban en la antigua Roma. Se la llevan de progresistas, aunque se oponen a todo progreso económico. Además, se hacen las víctimas cuando en realidad son los victimarios. Juzgan a otros de fanáticos, fundamentalistas, retrógrados, oscurantistas y radicales, cuando son ellos mismos los que merecen estos calificativos.

Últimamente se ha manifestado la dualidad de todos los izquierdistas dizque defensores de derechos humanos ante los fusilamientos y el encarcelamiento de los disidentes en Cuba. Protestan contra Pinochet pero respaldan a Sadam y Fidel. Para ellos la justicia tiene un solo lado, el que les conviene.

¿Se puede confiar en ellos? Por supuesto que no. El socialismo nació ateo, es antirreligioso, en especial anticristiano, y ha tomado diversas formas, desde la abierta persecución, como es el caso del comunismo, hasta declarar que la religión es asunto privado. Promueve el paganismo, el materialismo, el hedonismo y el relativismo.
Por eso, el “socialismo religioso” o “socialismo cristiano” son expresiones contradictorias. El socialismo es incompatible con la verdad cristiana. Para lograr la justicia social, la defensa de los intereses del obrero, la igualdad de oportunidades, etc., que es un deber de todos promover, no es necesario sumarse al socialismo.

El marxismo se opone al derecho natural a la propiedad privada, expresión de lo más digno del hombre, la libertad de poseer y producir bienes con trabajo, poniendo en práctica las propias capacidades de decisión y de organización. No se puede negar este derecho en nombre de prevenir injustas desigualdades sociales, porque la igualdad entendida como igualitarismo económico, o sea, que todos tengamos lo mismo, no es un bien al que pueda subordinarse la dignidad natural de la persona humana. El principio básico del socialismo es negar este derecho afirmando, equivocadamente, que la persona está subordinada a la sociedad, único sujeto de derechos. Entonces, los derechos personales de propiedad pueden ser suprimidos.

Todo esto es contrario a la ley natural, porque somos los individuos los que formamos la sociedad, que es un medio para el bien de todos y no un fin. La sociedad está para proteger los derechos personales no para quitarlos. No podemos poner la sociedad en lugar de Dios, subordinando al individuo a ella.

Debemos ser muy sabios al elegir a quién queremos que nos represente: una persona con reputación muy cuestionada, que lleva en su sangre una agenda marxista anticristiana, o una persona de familia, que lleva una vida ejemplar e íntegra, que promueve la defensa de la vida y la dignidad de la persona humana. Si no queremos que en nuestro país haya un sistema totalitario, esclavizante, violador de los más elementales derechos humanos y la ley natural, y queremos lograr una verdadera paz, progreso y libertad, no podemos quedarnos en casa perdiendo la oportunidad de participar en la elección de la mejor persona. Vamos todos a votar y a defender a nuestro querido país.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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