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Palabras
La educación del dolor

Carlos Balaguer
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

“El que detiene el castigo, a su hijo aborrece: mas el que lo ama, madruga a castigarlo”. Proverbios 13-24.

Hace algunos años leí en una revista médica un caso clínico muy extraño: los médicos trataban de curar a un niño que desde nacimiento no manifestaba sensibilidad al dolor, en otras palabras, “no sentía el dolor”.

Cualquiera se hubiera podido decir: ¡Feliz ese niño que no conoce ni conocerá el dolor! Pero, ¿era esa alguna ventaja? Lo contradictorio es que los médicos trataban de “curarlo”, afanados en hacerle sentir el dolor de cualquier manera.

Según ellos, esa insensibilidad al dolor, innata en aquella criatura, era un riesgo mortal. Al no sentir el dolor, el niño no podía detectar ningún síntoma de enfermedad en su cuerpo. Como es sabido, todo dolor es una alarma, una señal, una “voz de alerta” del organismo de que algo no anda bien. Así, al “escuchar” un dolor vamos al médico, para prevenir alguna dolencia o curarla.

La insensibilidad de aquel niño lo ponía en arriesgo de morir de un momento a otro...


Día a Día

La incertidumbre generada por la eliminación del dólar, si llega al gobierno el FMLN, empujaría de inmediato los intereses hacia arriba, mientras los precios de bienes y servicios marcharían a la cola. Quienes ahora pagan un cinco, ocho o diez por ciento por casas, automóviles o bienes diversos, tendrán que pagar más, o perderán sus bienes al no poder continuar sirviendo la deuda. Por otra parte, la construcción de nuevas viviendas se paralizaría, aparejado a la reducción del movimiento comercial. Eso, a su vez, obligaría a reducir la plantilla laboral, con el consiguiente desempleo.

Mientras desciende con creciente velocidad la economía privada, ocurre lo inverso con la burocracia. Cada nuevo funcionario contrata parientes, compinches y correligionarios inflando las planillas, como ahora en las municipalidades bajo control efemelenista. Pero los ingresos del gobierno se van reduciendo, lo que pone presión sobre la autoridad monetaria. La solución desesperada es imprimir dinero; una vez que comienzan a hacerlo, nada detiene el alud.
 

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