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Palabras
El agua se bebe, el petróleo no
Yo
soy rito de aquellos bienes de que puedo muy bien prescindir.
L.J. VIgée
La parábola del hombre que perdido en el desierto en vez
de agua encontró petróleo y se murió de sed
retrata cada vez más a nuestra sociedad actual, sedienta
de las ilusorias riquezas que crecen desmedidamente a su alrededor,
hasta asfixiante en medio de ese promontorio de pertenencias innecesarias
en que se pierde su identidad divina. Es por esa riqueza que
acarrea el falso poder que los hombres se matan, carniceramente,
olvidando aquello de todas las cosas las llevo conmigo.
El existencialismo en la literatura española llevó
a nuestro siglo frases como aquella: De mis soledades vengo,
a mis soledades voy, pues para estar conmigo, me basta mi pensamiento.
Nos basta nuestra soledad, tratando de adueñarnos de cosas,
de riquezas superfluas, transitorias no vitales, que al fin quedarán
allá en la tierra yerma cuando nos borre el tiempo.
Día a Día
En nuestro país ha tenido éxito la dolarización
por un motivo básico: que desde hace más de setenta
años, El Salvador mantiene una forma de caja de convertibilidad
que exige ser muy prudente en el manejo de la moneda. Aun en el peor
período de nuestra historia, los años de la gran demencia,
la moneda apenas se desvalorizó de dos cincuenta por dólar
a cerca de nueve por dólar, lo que contrasta con el estrepitoso
derrumbe del córdoba nicaragüense, que pasó de
seis por dólar a veinticinco millones por dólar. Aquí
tendríamos una mezcla de locura a lo Chávez, con inflación
desenfrenada.
No se requiere ser profeta para saber con total certeza lo que la
desdolarización acarrearía. El primer efecto sería
la destrucción de la confianza que ahora hay respecto al país.
De inmediato se reducirían o eliminarían las inversiones
foráneas, mientras los productores locales actuarían
con suma prudencia en eso de ampliar operaciones, construir, invertir,
gastar en inventarios o adquirir compromisos en dólares. |
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