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In memóriam
Archie Baldocchi: el amigo

Mauricio Eduardo Colorado
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Pido a los candidatos que disputarán las próximas elecciones que no hagan promesas que no se pueden cumplir, que sean honestos y sin demagogia, que ofrezcan lo que realmente se puede hacer.

La única certeza de los hombres es que no estamos aquí para siempre, que somos temporales y que algún día hemos de morir.

Lo conocí cuando llegó a estudiar cuarto curso en el Colegio Externado de San José. En ese entonces, yo no podía comprender —ni ninguno de los compañeros que cursábamos ese año— la fortaleza económica que representaba su familia. Pienso que él, aunque conocía sus comodidades, tampoco podía comprenderlo.

Desconoce eso fue —sin duda—una suerte para todos los que con él estudiábamos, pues lo conocimos como a un compañero más, sin aquel apelativo de “don Archie”, que marca una distancia con cualquiera.

Para nosotros, era una persona humilde, y nos tratábamos como iguales. Claro que existían diferencias, como que muchos íbamos al cine Central, y él, con otros amigos, al Caribe y De Luxe. Algunos llegábamos en bus, a él lo llegaban a dejar en carro. Sin embargo, a esa edad tales nimiedades no son diferencias notables, pues nos encontrábamos en muchas fiestas y nos divertíamos con los mismos juegos a los que todos teníamos acceso.

Al graduarnos de bachilleres nos separamos. Él se fue a estudiar al extranjero, al igual que varios compañeros cuyos padres tenían posibilidades. Otros nos quedamos estudiando en El Salvador, sea porque escogimos una carrera que debíamos estudiar acá, sea porque nuestros padres no podían costearnos estudios fuera del país, o por ambas razones. Lo cierto es que nos dejamos de ver pero no por mucho tiempo.

A su regreso, se entrenó en todos los puestos en el Banco de Comercio —entonces propiedad de su familia—, lo cual le permitió adquirir experiencia. En varias ocasiones lo visité en su oficina en el banco, y cada vez se encontraba en otro cargo, aprendiendo todo el negocio bancario.

A la par, siempre asistió a las reuniones de compañeros de colegio que celebrábamos con cierta regularidad. De hecho, la gran mayoría de los compañeros nos reunimos de cuando en cuando para recordar los “viejos tiempos”. A los diez, a los veinte y a los treinta años de haber salido de bachilleres, hicimos celebraciones en grande.

El próximo año nos tocará celebrar los cuarenta. Para esa ocasión, él estará ya con todos los demás compañeros que cruzaron la barrera del tiempo, y celebrarán a la par de nosotros, desde la otra dimensión, porque estamos seguros —así nos lo metieron los padres jesuitas hasta la médula— que la vida no termina, sino que se transforma, y que la otra vida es sin dolor, sin penas y llena de felicidad eterna.

Cada quien siguió su camino según su profesión y su destino. Muy pocas personas podrían creer que personas tan disímiles en sus vidas, cuando se encontraban en esas reuniones —pese al paso de los años— bromeaban como lo que éramos: alegres compañeros de colegio sin preocupaciones ni grandes problemas. Fue de esa forma como en la última reunión, el año pasado, Archie, recién nombrado presidente de ARENA, invitó a nuestro también compañero Eduardo Sancho —el mítico y feroz comandante Fermán Cienfuegos, de la ex guerrilla, suscriptor de los históricos Acuerdos de Paz en Chapultepec— a afiliarse al partido gobernante, ante la risa y aplauso de los presentes.

Muchos recuerdos tenemos de Archie de toda su vida. Recuerdo una ocasión cuando me dio “jalón” en su carro Studebaeker-Packard para mi casa, y debido a que la lluvia había empañado los vidrios del carro (en ese entonces no tenían aire acondicionado), cuando traté de pasarle la mano para aclarar el parabrisas me gritó: ¡¡¡NOOOO!!!

—¿Qué pasa? —le pregunté asustado.

—Hacelo con esta franela —me dijo— y me indicó que le pasara el trapo para no “rayar” el vidrio. Y es que Archie, pese a su comodísima condición económica, era muy cuidadoso con todas sus cosas.
Más recientemente recuerdo que con un amigo habíamos llegado al Banco Agrícola a hacer un depósito a la taquilla, cuando le dije a mi amigo: Vamos a ver a Archie al sexto piso, le tengo que decir cuándo va a ser la reunión de compañeros.

Mi amigo me dijo: ¿Y tenés audiencia? No —le respondí— pero yo sé que si está ahí, nos va a recibir. En efecto, le preguntamos a su secretaria y nos dijo que esperáramos, que le iba a preguntar. Al ratito salió Archie de su despacho, contento como siempre y nos dijo: Tengo unos banqueros de Nueva York allí adentro. Que se esperen, pero... ¿qué pasó? ¿Dónde y cuándo es la chonguenga? Y platicamos un par de minutos con él, antes de que regresara a su reunión.

Cuando salimos, mi amigo no dejaba de asombrarse porque había conocido —según decía él a cada rato— al hombre más poderoso de Centroamérica. ¡¡¡Es que te recibió don Archie Baldocchi!!! No es posible que alguien de esa condición te reciba así nomás —me decía.

—Lo que pasa es que no conoces a Archie —le respondí—. Precisamente detalles como estos, en su forma de ser, lo hacen grande.

Pues bien, Archie ha partido. Estoy muy tranquilo, porque tengo la certeza de que su camino en este viaje ha sido el correcto. Hace dos meses, el 2 de mayo exactamente, cuando ya se sentía muy quebrantado de salud, tuve el privilegio de acompañarlo —así me lo pidió él— a visitar a un amigo sacerdote, con quien realizó los últimos preparativos para el viaje sin retorno. Le dijo el padre que el Señor le garantizaba que si el cuerpo no era sanado, con seguridad el alma sí lo sería de cualquier imperfección.

Que le daba un pasaporte que le aseguraba la visa para el lugar a donde se dirigía y que le garantizaba paz durante ese trayecto.

En el viaje de regreso a su despacho platicamos por última vez. Cuando nos despedimos, no pude resistir la tentación de pedirle y darle un abrazo, pues yo sabía que sería la despedida final.

Nuestro próximo encuentro será en el más allá. Efectivamente, dos días después de ese abrazo, Archie abandonaba el país, hacia Estados Unidos, en busca del último alivio médico.

Ahora goza ya de la presencia de Dios. Dichoso Archie, que tuviste la bendición de prepararte para ese viaje. Ahora te toca a ti ayudarnos desde allí para que todos asistamos a la fiesta eterna de la que, por gracia Divina, ya participas.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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