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In memóriam
Archie Baldocchi: el amigo
Pido
a los candidatos que disputarán las próximas elecciones
que no hagan promesas que no se pueden cumplir, que sean honestos
y sin demagogia, que ofrezcan lo que realmente se puede hacer.
La única certeza de los hombres es que no estamos aquí
para siempre, que somos temporales y que algún día
hemos de morir.
Lo conocí cuando llegó a estudiar cuarto curso en
el Colegio Externado de San José. En ese entonces, yo no
podía comprender ni ninguno de los compañeros
que cursábamos ese año la fortaleza económica
que representaba su familia. Pienso que él, aunque conocía
sus comodidades, tampoco podía comprenderlo.
Desconoce eso fue sin dudauna suerte para todos los
que con él estudiábamos, pues lo conocimos como a
un compañero más, sin aquel apelativo de don
Archie, que marca una distancia con cualquiera.
Para nosotros, era una persona humilde, y nos tratábamos
como iguales. Claro que existían diferencias, como que muchos
íbamos al cine Central, y él, con otros amigos, al
Caribe y De Luxe. Algunos llegábamos en bus, a él
lo llegaban a dejar en carro. Sin embargo, a esa edad tales nimiedades
no son diferencias notables, pues nos encontrábamos en muchas
fiestas y nos divertíamos con los mismos juegos a los que
todos teníamos acceso.
Al graduarnos de bachilleres nos separamos. Él se fue a estudiar
al extranjero, al igual que varios compañeros cuyos padres
tenían posibilidades. Otros nos quedamos estudiando en El
Salvador, sea porque escogimos una carrera que debíamos estudiar
acá, sea porque nuestros padres no podían costearnos
estudios fuera del país, o por ambas razones. Lo cierto es
que nos dejamos de ver pero no por mucho tiempo.
A su regreso, se entrenó en todos los puestos en el Banco
de Comercio entonces propiedad de su familia, lo cual
le permitió adquirir experiencia. En varias ocasiones lo
visité en su oficina en el banco, y cada vez se encontraba
en otro cargo, aprendiendo todo el negocio bancario.
A la par, siempre asistió a las reuniones de compañeros
de colegio que celebrábamos con cierta regularidad. De hecho,
la gran mayoría de los compañeros nos reunimos de
cuando en cuando para recordar los viejos tiempos. A
los diez, a los veinte y a los treinta años de haber salido
de bachilleres, hicimos celebraciones en grande.
El próximo año nos tocará celebrar los cuarenta.
Para esa ocasión, él estará ya con todos los
demás compañeros que cruzaron la barrera del tiempo,
y celebrarán a la par de nosotros, desde la otra dimensión,
porque estamos seguros así nos lo metieron los padres
jesuitas hasta la médula que la vida no termina, sino
que se transforma, y que la otra vida es sin dolor, sin penas y
llena de felicidad eterna.
Cada quien siguió su camino según su profesión
y su destino. Muy pocas personas podrían creer que personas
tan disímiles en sus vidas, cuando se encontraban en esas
reuniones pese al paso de los años bromeaban
como lo que éramos: alegres compañeros de colegio
sin preocupaciones ni grandes problemas. Fue de esa forma como en
la última reunión, el año pasado, Archie, recién
nombrado presidente de ARENA, invitó a nuestro también
compañero Eduardo Sancho el mítico y feroz comandante
Fermán Cienfuegos, de la ex guerrilla, suscriptor de los
históricos Acuerdos de Paz en Chapultepec a afiliarse
al partido gobernante, ante la risa y aplauso de los presentes.
Muchos recuerdos tenemos de Archie de toda su vida. Recuerdo una
ocasión cuando me dio jalón en su carro
Studebaeker-Packard para mi casa, y debido a que la lluvia había
empañado los vidrios del carro (en ese entonces no tenían
aire acondicionado), cuando traté de pasarle la mano para
aclarar el parabrisas me gritó: ¡¡¡NOOOO!!!
¿Qué pasa? le pregunté asustado.
Hacelo con esta franela me dijo y me indicó
que le pasara el trapo para no rayar el vidrio. Y es
que Archie, pese a su comodísima condición económica,
era muy cuidadoso con todas sus cosas.
Más recientemente recuerdo que con un amigo habíamos
llegado al Banco Agrícola a hacer un depósito a la
taquilla, cuando le dije a mi amigo: Vamos a ver a Archie al sexto
piso, le tengo que decir cuándo va a ser la reunión
de compañeros.
Mi amigo me dijo: ¿Y tenés audiencia? No le
respondí pero yo sé que si está ahí,
nos va a recibir. En efecto, le preguntamos a su secretaria y nos
dijo que esperáramos, que le iba a preguntar. Al ratito salió
Archie de su despacho, contento como siempre y nos dijo: Tengo unos
banqueros de Nueva York allí adentro. Que se esperen, pero...
¿qué pasó? ¿Dónde y cuándo
es la chonguenga? Y platicamos un par de minutos con él,
antes de que regresara a su reunión.
Cuando salimos, mi amigo no dejaba de asombrarse porque había
conocido según decía él a cada rato
al hombre más poderoso de Centroamérica. ¡¡¡Es
que te recibió don Archie Baldocchi!!! No es posible que
alguien de esa condición te reciba así nomás
me decía.
Lo que pasa es que no conoces a Archie le respondí.
Precisamente detalles como estos, en su forma de ser, lo hacen grande.
Pues bien, Archie ha partido. Estoy muy tranquilo, porque tengo
la certeza de que su camino en este viaje ha sido el correcto. Hace
dos meses, el 2 de mayo exactamente, cuando ya se sentía
muy quebrantado de salud, tuve el privilegio de acompañarlo
así me lo pidió él a visitar a
un amigo sacerdote, con quien realizó los últimos
preparativos para el viaje sin retorno. Le dijo el padre que el
Señor le garantizaba que si el cuerpo no era sanado, con
seguridad el alma sí lo sería de cualquier imperfección.
Que le daba un pasaporte que le aseguraba la visa para el lugar
a donde se dirigía y que le garantizaba paz durante ese trayecto.
En el viaje de regreso a su despacho platicamos por última
vez. Cuando nos despedimos, no pude resistir la tentación
de pedirle y darle un abrazo, pues yo sabía que sería
la despedida final.
Nuestro próximo encuentro será en el más allá.
Efectivamente, dos días después de ese abrazo, Archie
abandonaba el país, hacia Estados Unidos, en busca del último
alivio médico.
Ahora goza ya de la presencia de Dios. Dichoso Archie, que tuviste
la bendición de prepararte para ese viaje. Ahora te toca
a ti ayudarnos desde allí para que todos asistamos a la fiesta
eterna de la que, por gracia Divina, ya participas.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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