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Sentido común
Morir pensando en la vida

Ricardo Rivas*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Hoy día, la mayoría vivimos la cultura del reloj. Nos la pasamos en carreras, apretados, con agendas llenas, reuniones interminables y horas extras

La única certeza de los hombres es que no estamos aquí para siempre, que somos temporales y que algún día hemos de morir.

Afortunadamente, ninguno de nosotros somos marmotas, canguros o lechuzas para terminar nuestro días hechos abono orgánico. Somos seres humanos y, queramos o no, creamos o no, nos guste o no, tenemos un destino final que no está aquí en el subsuelo terráqueo.

Olvidar que hemos sido creados para trascender podría ser la pifia más grande de nuestra vida. Quienes, probablemente sin saberlo, caen en ello son víctimas del pensamiento de autores que como Nietzsche, Heidegger y Marx “heredaron” a la humanidad esa visión de temporalidad, que engaña al hombre ahogándolo en el materialismo y el presentismo.

Hoy día, la mayoría vivimos la cultura del reloj. Nos la pasamos en carreras, apretados, con agendas llenas, reuniones interminables y horas extras. Ese pereque se ha vuelto nuestra forma de trabajar, de ser productivos, de volvernos competitivos para sobrevivir. Nos movemos en lo que Innerarity llama “rapidez obligatoria”, metidos en un ambiente donde a la gente se le juzga no por lo que es ni por lo que sabe, sino por lo que produce o por lo que aparenta que produce.

Y es en medio de esta cultura de la inmediatez, del vivir al día y en que para todo existe prisa, en la que el tiempo se nos escapa entre las manos. Y sin darnos cuenta, nos perdemos los asuntos que de verdad valen la pena: aquel gol del hijo menor, las “tragedias” de la hija adolescente, el atardecer de un miércoles cualquiera, las necesidades de un compañero de trabajo o de un colaborador.

Creamos o no, todos estamos creados para la trascendencia. Esa trascendencia que en palabras de Yepes Stork es “lo no presente, la realidad que está más allá de nuestros ojos, al otro lado del horizonte”. El que este asunto ni se vea ni se toque, o no se resuelva con la aplicación de una fórmula matemática o con un silogismo filosófico, no quiere decir que no exista. No, esto no es fantasía irracional ni misticismo utópico, es una realidad que tarde o temprano todos tendremos chance de constatar.

La experiencia enseña que estas cosas se entienden mejor cuando llega el dolor, especialmente aquel dolor que se desliza como una sombra que amenaza con cerrar el diafragma de la vida —una enfermedad terminal, por ejemplo—. Aquí, entonces, es cuando por lo general aparece la gran disyuntiva: o se aprovecha el dolor y se hace de él un valor, o se desaprovecha y se sigue desperdiciando la existencia para llegar hasta donde alcance la gasolina.

Dos opciones, no hay más. O perder el tiempo y morir como decía R. M. Mike de “muerte pequeña”, que es una defunción donde la persona causa “baja” y se convierte en un cadáver más. O vivir a plenitud cada momento de nuestra vida y morir de “muerte grande”, es decir, aprendiendo a morir, asumiendo el trance y poseyéndolo, “viviendo —como decía un gran santo—pensando en la muerte y muriendo pensando en la vida”.

Ha muerto Archie Baldocchi, un hombre que indudablemente lo tenía todo. Yo no lo conocí, pero por lo que me ha contado un especial amigo de él, éste fue un hombre que decidió plena y conscientemente morir de “muerte grande”. Cuando en marzo Baldocchi regresó al país y se presentó ante las cámaras con los evidentes rasgos de su enfermedad, vino a terminar de desprenderse de lo poco que de sí aún le quedaba. Y lo hizo con gallardía. Y con su ejemplo demostró que al final, por lo único por que vale la pena vivir y morir es para ganarse el cielo.

Archie Baldocchi no se equivocó. Murió apostando el todo por el todo. Murió, me lo ha contado este especial amigo de él, trenzando su corazón al de la Virgen María y buscando el rostro de Dios que habita en ese cielo interminable. Falleció, entonces, de “muerte grande” y pensando en la vida.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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