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Sentido común
Morir pensando en la vida
Hoy
día, la mayoría vivimos la cultura del reloj. Nos
la pasamos en carreras, apretados, con agendas llenas, reuniones
interminables y horas extras
La única certeza de los hombres es que no estamos aquí
para siempre, que somos temporales y que algún día
hemos de morir.
Afortunadamente, ninguno de nosotros somos marmotas, canguros o
lechuzas para terminar nuestro días hechos abono orgánico.
Somos seres humanos y, queramos o no, creamos o no, nos guste o
no, tenemos un destino final que no está aquí en el
subsuelo terráqueo.
Olvidar que hemos sido creados para trascender podría ser
la pifia más grande de nuestra vida. Quienes, probablemente
sin saberlo, caen en ello son víctimas del pensamiento de
autores que como Nietzsche, Heidegger y Marx heredaron
a la humanidad esa visión de temporalidad, que engaña
al hombre ahogándolo en el materialismo y el presentismo.
Hoy día, la mayoría vivimos la cultura del reloj.
Nos la pasamos en carreras, apretados, con agendas llenas, reuniones
interminables y horas extras. Ese pereque se ha vuelto nuestra forma
de trabajar, de ser productivos, de volvernos competitivos para
sobrevivir. Nos movemos en lo que Innerarity llama rapidez
obligatoria, metidos en un ambiente donde a la gente se le
juzga no por lo que es ni por lo que sabe, sino por lo que produce
o por lo que aparenta que produce.
Y es en medio de esta cultura de la inmediatez, del vivir al día
y en que para todo existe prisa, en la que el tiempo se nos escapa
entre las manos. Y sin darnos cuenta, nos perdemos los asuntos que
de verdad valen la pena: aquel gol del hijo menor, las tragedias
de la hija adolescente, el atardecer de un miércoles cualquiera,
las necesidades de un compañero de trabajo o de un colaborador.
Creamos o no, todos estamos creados para la trascendencia. Esa trascendencia
que en palabras de Yepes Stork es lo no presente, la realidad
que está más allá de nuestros ojos, al otro
lado del horizonte. El que este asunto ni se vea ni se toque,
o no se resuelva con la aplicación de una fórmula
matemática o con un silogismo filosófico, no quiere
decir que no exista. No, esto no es fantasía irracional ni
misticismo utópico, es una realidad que tarde o temprano
todos tendremos chance de constatar.
La experiencia enseña que estas cosas se entienden mejor
cuando llega el dolor, especialmente aquel dolor que se desliza
como una sombra que amenaza con cerrar el diafragma de la vida una
enfermedad terminal, por ejemplo. Aquí, entonces, es
cuando por lo general aparece la gran disyuntiva: o se aprovecha
el dolor y se hace de él un valor, o se desaprovecha y se
sigue desperdiciando la existencia para llegar hasta donde alcance
la gasolina.
Dos opciones, no hay más. O perder el tiempo y morir como
decía R. M. Mike de muerte pequeña, que
es una defunción donde la persona causa baja
y se convierte en un cadáver más. O vivir a plenitud
cada momento de nuestra vida y morir de muerte grande,
es decir, aprendiendo a morir, asumiendo el trance y poseyéndolo,
viviendo como decía un gran santopensando
en la muerte y muriendo pensando en la vida.
Ha muerto Archie Baldocchi, un hombre que indudablemente lo tenía
todo. Yo no lo conocí, pero por lo que me ha contado un especial
amigo de él, éste fue un hombre que decidió
plena y conscientemente morir de muerte grande. Cuando
en marzo Baldocchi regresó al país y se presentó
ante las cámaras con los evidentes rasgos de su enfermedad,
vino a terminar de desprenderse de lo poco que de sí aún
le quedaba. Y lo hizo con gallardía. Y con su ejemplo demostró
que al final, por lo único por que vale la pena vivir y morir
es para ganarse el cielo.
Archie Baldocchi no se equivocó. Murió apostando el
todo por el todo. Murió, me lo ha contado este especial amigo
de él, trenzando su corazón al de la Virgen María
y buscando el rostro de Dios que habita en ese cielo interminable.
Falleció, entonces, de muerte grande y pensando
en la vida.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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