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La
nota del día
Los comunistas y la palabreja
De acuerdo con esos criterios, el sistema financiero del país
vivió su época de oro en los años de la gran
demencia: ¡todos estaban en quiebra!.
De llegar al poder, y Dios libre a los salvadoreños de
semejante catástrofe, los comunistas obligarán a las
empresas a cumplir con su función social. Lo
harán, lo dijo el comandante, en atención al precepto
constitucional que garantiza la propiedad privada en cuanto llene
una función social.
Pero, ¿quién ha definido en qué consiste la
función social? El concepto se viene arrastrando
desde 1950, cuando el entonces cabecilla de una junta militar, Oscar
Osorio, hizo que se consignara en la Constitución de ese
mismo año. Pero el propio Osorio nunca precisó en
qué consistía la función social,
pese a que ya en esas fechas se armó una polémica
alrededor de la palabreja social. Tan vago, impreciso
y propenso a errores y truculencias es lo de la función
social, que ni esa Constitución ni las que siguieron
ni ley alguna la han definido.
Y tampoco lo hace el comandante aunque, según da a entender,
no es social que una empresa obtenga ganancias. Muy
social sería, pues, que produzca pérdidas
o que salga tablas. Hasta donde podemos adivinar, el ideal comunista
en el campo económico es la sociedad de crecimiento cero,
donde los servicios se cobren con cero ganancia, los bienes se vendan
a un precio equivalente al costo y la colectividad se petrifique
en un determinado nivel de desarrollo.
El comandante ya tiene listo el orden en que las empresas van a
comparecer ante el tribunal de la función social: primero
los bancos, luego las empresas de los sectores privatizados, más
adelante las grandes empresas. Y de allí seguirán
chinches y telepates, como en Cuba y en la extinta Unión
Soviética. Piénsese que en Cuba, el régimen
autorizó la operación de pequeños comedores
con doce sillas máximo, pero luego, de seguro atendiendo
consideraciones de índole social, los prohibió.
Volvamos a eso de cómo definir la función social.
Si Marx es Dios, entonces el comandante es su profeta. A él
le toca la dura tarea de ser intérprete de los truenos y
relámpagos que se oyen en el paraíso marxista.
Interpretarlos y poner orden en este valle de lágrimas. ¿Habrá
un código escrito para fundamentar los procedimientos y sentencias
del tribunal de la función social? ¿Será en
cambio una ingrata tarea el cambiar el largo de la vara según
la circunstancia y el acusado? ¿Es que los fallos establecen
precedentes? ¿Qué pasa si una empresa ha perdido dinero
por unos años, pero tiene ganancias extraordinarias en el
último? ¿Es más social un banco
que cae en bancarrota que uno que crece?
Un futuro de adivinos y castigos
De acuerdo con esos criterios, el sistema financiero del país
vivió su época de oro en los años de la gran
demencia: ¡todos estaban en quiebra! Quebraron los bancos,
las financieras, las aseguradoras, las exportadoras, las fincas.
Todo en función social.
La gente de trabajo, los inversionistas, los ciudadanos, se pueden
regocijar: en ese glorioso futuro comunista no se necesitarán
leyes; será suficiente que las cosas se hagan en función
social. Cada quien será responsable de averiguar cómo
está pensando el comandante y el tribunal de la función
social para articular su quehacer. Los que se equivoquen sufrirán
tremendas multas, penas de cárcel, el cierre de sus negocios
y la confiscación de sus bienes. Todo en función
social.
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