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En la mente de un testigo

Santa Ana. Aceptar o no aceptar, esa fue su duda. Sabía quién era el asesino, cómo y dónde ocurrieron los hechos. Pero, sabía que se jugaba la vida.

Wenceslao Martínez hijo/
Rosemarié Mixco
El Diario de Hoy
elpais@elsalvador.com
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Los disparos, los gritos y la inocente víctima sobre la acera provocaron los fuertes latidos de su corazón. El temor invadió todo su cuerpo y su primer impulso fue alejarse de aquel lugar.

Durante 13 minutos manejó sin rumbo, desorientado, impresionado y con miedo a ser perseguido por el hombre con el arma. Él lo identificó al momento. Ese sujeto que disparó dos veces, militaba en la “Mara Salvatrucha“ y él sabía su nombre y apellido.

Dentro de sí surgió la necesidad de regresar a aquel sitio y volvió.

El 2 de marzo de 2002, Joaquín (nombre ficticio) se convirtió en el testigo clave de un homicidio. Por casi un año, el santaneco enfrentó una batalla interna librada entre sus miedos y convicciones.

La víctima fue una niña de seis años que murió de un disparo que le atravesó la cabeza. Un proyectil que estaba dirigido a otra persona. Al final, venció la moral y Joaquín decidió apoyar la causa penal contra el homicida.

La pesadilla atrapó al ciudadano, en la intersección de la 22 Avenida Sur y Calle “José Mariano Méndez” de Santa Ana.

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Santa Ana. La falta de credibilidad en el sistema judicial es la sombra de testigos hostiles que se niegan a colaborar con la justicia. La Fiscalía ha creado un mecanismo de protección para ellos.

Desde un carro

Él circulaba lentamente en su vehículo por el final de la calle “José Mariano Méndez”. Buscaba una tienda donde comprar gas. Cuando empalmó con la intersección observó a dos hombres corriendo hacia el sur, sobre la avenida. Frente a ellos, en la esquina opuesta, una joven caminaba con dos niñas.

“Uno de los hombres vio para atrás. Luego sacó un arma de fuego que portaba en la cintura sin dejar de correr hacia el sur...”, detalló el testigo en su declaración, al referirse a Raúl Alexander Figueroa, (a) “El Tunco”, convicto que ya purga prisión por el homicidio de la niña.

Figueroa vio hacia atrás por segunda vez y disparó dos veces, contra el sujeto que al parecer le perseguía.
Joaquín lo vio todo con atención. Fueron los gritos de una mujer, los que le obligaron a centrar la vista en otro punto de la escena.

A su izquierda, la joven que segundos antes caminaba con las niñas, gritaba desesperada pidiendo ayuda. En el suelo, una de las pequeñas yacía sobre un charco de sangre. Se llamaba Andrea Rocío.

Esa escena se repitió una y otra vez en los sueños de Joaquín. Sus remordimientos hacían presa de él y la tranquilidad emocional se negaba a volver a su vida.

Sí, pero no

Los temores incrementaron al recibir la visita de los fiscales de la Unidad de Vida de la regional occidental. Ellos sabían que él había visto todo y su testimonio era valioso para hacer justicia.

Los acusadores buscaron las palabras y las acciones necesarias para obtener la colaboración de Joaquín.
Fue la garantía del anonimato, la que inyectó confianza en el testigo. La regional fiscal se comprometió a guardar la identidad de Joaquín, durante el proceso. Fiscales, investigadores y jueces coordinaron su labor, para caminar en la dirección correcta: la justicia.

“Los fiscales me convencieron haciéndome saber que sólo así se podía hacer justicia...”, recordó Joaquín.
El testigo clave llegó a la vista pública con el rostro cubierto por un gorro pasamontaña. Declaró, tras una cortina y su voz fue alterada. Solo se identificó con los Jueces, fiscales y defensores. Agentes de la Policía de Protección a Personalidades Importantes (PPI) le brindaron seguridad.

Raúl Alexander Figueroa fue encontrado culpable del homicidio de Andrea Rocío, el 7 de marzo de 2003.

 

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