| |

Una
mirada de fe
Corpus Christi
La
eucaristía es condición de vida espiritual para todo
cristiano, pues así como el pan material alimenta nuestro
cuerpo, el pan eucarístico es pan de vida que nutre y desarrolla
la semilla de la vida divina que nos fue dada el día que
fuimos bautizados.
Las diversas comunidades parroquiales celebran en este día
la solemnidad del Corpus Christi, es decir, la fiesta del cuerpo
y la sangre de Cristo. La eucaristía es uno de los misterios
fundamentales de nuestra fe cristiana, es la prolongación
en el tiempo de la encarnación y redención, es el
misterio de la presencia de Dios que adoramos bajo las apariencias
de pan y de vino, es el misterio que trasciende nuestra inteligencia
y nos pone de rodillas, confundiendo nuestro orgullo y abriéndonos
a la humildad.
El Corpus Christi se empezó a celebrar en 1246 a nivel diocesano
en Bélgica y después se extendió por toda Alemania.
En el Siglo XIII, el Papa Urbano IV tenía su sede en Orvieto,
Italia, y muy cerca de ahí, en el pueblo de Bolsena, se produce
un milagro: Un sacerdote que celebraba la eucaristía dudaba
de que la consagración del pan y del vino fuera algo real.
En el momento de partir el pan vio que salía abundante sangre
que empapaba el corporal. Esta reliquia fue llevada en procesión
a Orvieto, el 19 de junio de 1264, donde se conserva hasta el día
de hoy. En Bolsena se puede ver la piedra del altar manchada de
sangre. El Papa Urbano, conmovido por este prodigio, extiende la
fiesta del Corpus a toda la Iglesia y ordena que se celebre el primer
jueves después de la fiesta de la Santísima Trinidad.
Esta realidad misteriosa de Cristo fue anunciada y prefigurada a
través de los símbolos del pan y del vino en el Antiguo
Testamento: Melquisedec ofrecía pan y vino y representaba
al único rey de Israel (Gén.14,18-20), el Cordero
Pascual (Ex.12), el pan de Elías (1 Re.19,19), el maná
del desierto y el agua de la roca (Ex.16), eran sólo símbolos
de la realidad que ahora tenemos.
Dios alimentó a su pueblo con el maná y sació
su sed con el agua de la roca, pero el maná no sació
para siempre el hambre y no apagó para siempre la sed. Jesús
habló de un pan que daría la vida eterna y de un agua
que apagaría la sed para siempre. Se refería precisamente
a este misterio de amor y de fe que es su Cuerpo y su Sangre y que
al llegar la hora haría realidad las promesas diciendo: Tomad
y comed
tomad y bebed
haced esto en conmemoración
mía.
Cada vez que celebramos la eucaristía hacemos recuerdo de
lo sucedido en el cenáculo y hacemos memoria, es decir, actualizamos,
hacemos presente el mismo hecho. Jesús no invita a sus discípulos
a repetir simplemente un rito con el pan y el vino. Los invita a
revivir el gesto de su entrega generosa que lo lleva hasta la cruz
para que experimenten en sus vidas la fuerza de su redención.
Quiso dejarnos su propia persona en esos elementos de pan y de vino,
como signos de vida y de salvación. Por eso en la celebración
eucarística el sacerdote dice: Él será
para nosotros pan de vida
Él será para nosotros
bebida de salvación. Éste es el sacramento de
nuestra fe.
Cuando los judíos celebraban la pascua, comían el
cordero sacrificado en el templo. Para nosotros, Jesús es
el Cordero de Dios que se nos ofrece como alimento y se convierte
en el centro de vida espiritual de la comunidad cristiana. Cristo
nos comunica su espíritu y nos garantiza la resurrección
corporal al final de los tiempos. Juan Pablo II, en su reciente
encíclica Ecclesia de Eucharistia, No.17, nos
dice: Esta garantía de la resurrección futura
proviene de que la carne del Hijo del Hombre, entregada como comida,
es su cuerpo en el estado glorioso del resucitado. Con la eucaristía
se asimila, por decirlo así, el secreto de la resurrección.
Por eso San Ignacio de Antioquia definía con acierto el pan
eucarístico: fármaco de inmortalidad, antídoto
contra la muerte.
La eucaristía es condición de vida espiritual para
todo cristiano, pues así como el pan material alimenta nuestro
cuerpo, el pan eucarístico es pan de vida que nutre y desarrolla
la semilla de la vida divina que nos fue dada el día que
fuimos bautizados. Como el apóstol Pablo, también
nosotros estamos llamados a decir: Vivo yo, pero no soy yo:
es Cristo quien vive en mí.
*Párroco de la iglesia de María Auxiliadora (Don Rúa).
|
|