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Una mirada de fe
Corpus Christi

Oscar Rodríguez Blanco s, d, b*.
El Diario de Hoy
e-mail: osrobla@hotmail.com

La eucaristía es condición de vida espiritual para todo cristiano, pues así como el pan material alimenta nuestro cuerpo, el pan eucarístico es pan de vida que nutre y desarrolla la semilla de la vida divina que nos fue dada el día que fuimos bautizados.

Las diversas comunidades parroquiales celebran en este día la solemnidad del Corpus Christi, es decir, la fiesta del cuerpo y la sangre de Cristo. La eucaristía es uno de los misterios fundamentales de nuestra fe cristiana, es la prolongación en el tiempo de la encarnación y redención, es el misterio de la presencia de Dios que adoramos bajo las apariencias de pan y de vino, es el misterio que trasciende nuestra inteligencia y nos pone de rodillas, confundiendo nuestro orgullo y abriéndonos a la humildad.

El Corpus Christi se empezó a celebrar en 1246 a nivel diocesano en Bélgica y después se extendió por toda Alemania. En el Siglo XIII, el Papa Urbano IV tenía su sede en Orvieto, Italia, y muy cerca de ahí, en el pueblo de Bolsena, se produce un milagro: Un sacerdote que celebraba la eucaristía dudaba de que la consagración del pan y del vino fuera algo real. En el momento de partir el pan vio que salía abundante sangre que empapaba el corporal. Esta reliquia fue llevada en procesión a Orvieto, el 19 de junio de 1264, donde se conserva hasta el día de hoy. En Bolsena se puede ver la piedra del altar manchada de sangre. El Papa Urbano, conmovido por este prodigio, extiende la fiesta del Corpus a toda la Iglesia y ordena que se celebre el primer jueves después de la fiesta de la Santísima Trinidad.

Esta realidad misteriosa de Cristo fue anunciada y prefigurada a través de los símbolos del pan y del vino en el Antiguo Testamento: Melquisedec ofrecía pan y vino y representaba al único rey de Israel (Gén.14,18-20), el Cordero Pascual (Ex.12), el pan de Elías (1 Re.19,19), el maná del desierto y el agua de la roca (Ex.16), eran sólo símbolos de la realidad que ahora tenemos.

Dios alimentó a su pueblo con el maná y sació su sed con el agua de la roca, pero el maná no sació para siempre el hambre y no apagó para siempre la sed. Jesús habló de un pan que daría la vida eterna y de un agua que apagaría la sed para siempre. Se refería precisamente a este misterio de amor y de fe que es su Cuerpo y su Sangre y que al llegar la hora haría realidad las promesas diciendo: “Tomad y comed…tomad y bebed…haced esto en conmemoración mía”.

Cada vez que celebramos la eucaristía hacemos recuerdo de lo sucedido en el cenáculo y hacemos memoria, es decir, actualizamos, hacemos presente el mismo hecho. Jesús no invita a sus discípulos a repetir simplemente un rito con el pan y el vino. Los invita a revivir el gesto de su entrega generosa que lo lleva hasta la cruz para que experimenten en sus vidas la fuerza de su redención. Quiso dejarnos su propia persona en esos elementos de pan y de vino, como signos de vida y de salvación. Por eso en la celebración eucarística el sacerdote dice: “Él será para nosotros pan de vida… Él será para nosotros bebida de salvación”. Éste es el sacramento de nuestra fe.

Cuando los judíos celebraban la pascua, comían el cordero sacrificado en el templo. Para nosotros, Jesús es el Cordero de Dios que se nos ofrece como alimento y se convierte en el centro de vida espiritual de la comunidad cristiana. Cristo nos comunica su espíritu y nos garantiza la resurrección corporal al final de los tiempos. Juan Pablo II, en su reciente encíclica “Ecclesia de Eucharistia, No.17”, nos dice: “Esta garantía de la resurrección futura proviene de que la carne del Hijo del Hombre, entregada como comida, es su cuerpo en el estado glorioso del resucitado. Con la eucaristía se asimila, por decirlo así, el secreto de la resurrección. Por eso San Ignacio de Antioquia definía con acierto el pan eucarístico: fármaco de inmortalidad, antídoto contra la muerte”.

La eucaristía es condición de vida espiritual para todo cristiano, pues así como el pan material alimenta nuestro cuerpo, el pan eucarístico es pan de vida que nutre y desarrolla la semilla de la vida divina que nos fue dada el día que fuimos bautizados. Como el apóstol Pablo, también nosotros estamos llamados a decir: “Vivo yo, pero no soy yo: es Cristo quien vive en mí”.

*Párroco de la iglesia de María Auxiliadora (Don Rúa).

 

 

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