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Recuerdo cariñoso
Dos maestras ejemplares

Teresa Guevara de López*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Exigencia en los buenos modales, en el arreglo personal y en el hablar. Pero especialmente una exquisita formación en valores y virtudes cristianos enseñaron a amar a Dios y al prójimo.

Hoy es día de nostálgicos y agradecidos recuerdos para aquellos maestros que fueron como antorchas vivas en el camino de nuestras vidas y que con una labor escondida y silenciosa nos enseñaron a buscar la verdad, el amor y el bien. Hay dos mujeres que brillaron con luz propia y se mantienen en el corazón de todos los que pasaron por sus manos generosas: María y Mercedes Gonzalbo Soley fueron dos maestras españolas que hicieron de este país su segunda patria y fundaron alrededor de 1918 el Colegio Santa Teresita del Niño Jesús, que dirigieron por más de 50 años. Contaba con tres años de kínder y los tres primeros grados, pero por aquellas aulas, con mesitas y sillas diminutas pintadas de colores, desfilaron varias generaciones de salvadoreños que han contribuido al progreso y desarrollo de esta tierra.

El método de enseñanza de las Gonzalbo era práctico y novedoso. No estaba basado únicamente en la tradicional exposición de la maestra, sino que alternaba sesiones dinámicas donde con cajas de arena se revivían las diversas situaciones del quehacer cotidiano: la casa, la calle, la escuela, la granja con sus personajes y elementos, anticipándose a los métodos audiovisuales que hoy conocemos. La música, el teatro, el baile y los artísticos trabajos manuales constituían importantes elementos de apoyo de la enseñanza, permitiendo la participación de los padres en el proyecto educativo en las diversas celebraciones y en los exámenes finales públicos. Se recalcaba la escritura, caligrafía y ortografía; la lectura comprensiva, rítmica y vocalizada; las tablas de multiplicar y el cálculo mental.

Exigencia en los buenos modales, en el arreglo personal y en el hablar. Pero especialmente una exquisita formación en valores y virtudes cristianos enseñaron a amar a Dios y al prójimo. La celebración del mes de mayo con un altar dedicado a la Virgen con derroche de flores y cantos fue la base de una sólida piedad mariana.

La profunda devoción eucarística de estas mujeres fue transmitida a los pequeños alumnos en la fiesta del Corpus Christi con la preparación de un riquísimo altar, digno de recibir al Divino Huésped, y el acompañamiento de la procesión, que recorría las calles del vecindario y que salía de la iglesia de San Francisco. Los niños que ya habían hecho su Primera Comunión tenían el privilegio de vestir una vez más su blanco vestido, para tirar pétalos de rosas al paso del Santísimo Sacramento.

Pero la actividad inolvidable del colegio era la Primera Comunión, el 15 de agosto, después de una preparación que duraba un mes. Las clases impartidas por “la niña Mariíta”, adecuadas para las mentes infantiles, tenían una profunda base teológica. Era abrir el corazón para que entrara Jesús, intentando penetrar en el enorme misterio de la poquedad del hombre que recibe a Dios.

Virtudes, sacrificios, oraciones en un primoroso librito regaban el camino para aquel gran día. Y la víspera, un día de retiro que terminaba con un beso a una bella imagen del Niñito Jesús, tan grande que se podía “chinear” como un niño de verdad. Y la iglesia arreglada con luces y flores, y los niños con un traje tan blanco como su alma, y los padres participando de este momento inolvidable por su gran contenido espiritual eran una experiencia inolvidable.

Los ex alumnos de este pequeño gran colegio al practicar las enseñanzas recibidas formaron una sociedad que desarrolló una importante labor social: ofrecer a grupos de obreros una formación religiosa mediante ejercicios espirituales en instalaciones que se construyeron a orillas del lago de Ilopango.
Pero la edad y el cansancio no fueron suficientes para mermar la ardiente vocación de servicio y entrega a los demás que distinguiera a las niñas Gonzalbo, pues con elegancia y generosidad pusieron sus bienes a disposición de los más necesitados, de tal manera que en el antiguo caserón que albergó el colegio existe actualmente el Centro de Capacitación para la Mujer Siramá, obra corporativa del Opus Dei, donde se forman mujeres con deseos de superación, para contribuir al desarrollo del país.

La vida de María y Mercedes Gonzalbo, como la de Santa Teresita de Lisieux, a quienes ellas tanto quisieron, puede resumirse en una frase: “Pasaron por la vida haciendo el bien”, por lo que Dios debe tenerlas muy cerca de Sí en el cielo, tras haber hecho tanto bien en la tierra.
Descansen en paz, queridas maestras.

(Fe de errata: Mis disculpas por el error en el artículo del domingo pasado: 1445 que aparece como fecha de muerte de Cristóbal Colón, corresponde a la supuesta fecha de nacimiento del Gran Almirante).

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

 

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