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Demonios, santos y honestos, pero pecadores

Salvador Castellanos*
El Diario de Hoy
e-mail: scastellanos@el salvador.com

Todos sabemos que por unos cuantos dólares se puede obtener casi cualquier cosa.

El Aeropuerto Internacional El Salvador, en Comalapa, se había convertido en un oasis para los que deseaban ingresar o salir del país de manera ilegal. Por el pago de tarifas que llegaban a los cinco mil dólares, se obtenían pasaportes, salvoconductos y protección para movilizarse en la terminal aérea sin dejar una sola huella. A cargo del millonario negocio, estaba una bien organizada banda, integrada en su mayoría por policías.

El tema llama la atención sobre varios aspectos:
La fragilidad de las medidas de seguridad en la terminal aérea, que se supone son mucho más férreas y prácticamente inviolables a partir de los atentados del 11 de septiembre.

La utilización de nuestro territorio para un intenso tráfico de indocumentados. Éste parece ir en aumento, a pesar del desbaratamiento de importantes bandas y la aplicación de nuevas leyes como la que castiga el contrabando humano.

El persistente involucramiento de policías en hechos delictivos. De los 24 capturados, 22 eran miembros de la PNC, entre ellos dos subinspectores, varios sargentos, cabos, agentes y motoristas.

Por supuesto, está pendiente el aspecto de la vinculación con el crimen internacional o el involucramiento de otras personas e instancias gubernamentales. Pero más allá de estas consideraciones, quiero hacer hincapié en el tema de la corrupción, que puede definirse como “el abuso de un cargo público para obtener beneficios personales”. Esta acepción me parece que se queda corta, pues este mal va mucho más allá de la cosa pública. Es en nuestro país, según la organización Probidad: “sistemática, cultural y ‘normal”.

A juicio del especialista argentino Luis Moreno Ocampo, muy pocos miembros de la sociedad se salvan de ser cómplices de este flagelo. Moreno Ocampo sitúa a los seres humanos en una de tres posibles categorías, con sus respectivos porcentajes: 25% son demonios, es decir, irremediables corruptos; 50%, honestos, pero pecadores, es decir, los que son susceptibles de sucumbir a una propuesta indecente, cuando el precio o las circunstancias son las adecuadas, y sólo un 25% de las personas, santa, y su integridad es a toda prueba.

Vladimiro Montecinos, el famoso “hombre fuerte” del gobierno del ex presidente peruano Alberto Fujimori es, según Moreno Ocampo, un clásico demonio. Su bien tejida red de corrupción, basada en sobornos y otras prebendas, alcanzaba a la mayoría de instancias gubernamentales, militares, medios de comunicación, sector privado, alcaldías, sociedad civil y organismos internacionales.

En otras ocasiones, la corrupción es burda y descuidada, como sucedió con el “Toallagate”, el escándalo que envolvió a la presidencia mexicana, que reportaba la compra de toallas a $400.00 la pieza, mientras en un almacén cualquiera se podían obtener por $40.00.

En nuestro país, las cosas no son muy distintas. Todos sabemos que por unos cuantos dólares se puede obtener casi cualquier cosa, sin tener que seguir las vías legalmente establecidas. En la lista podemos incluir títulos universitarios, licencias de conducir, reducción de impuestos en las aduanas, perdón de multas de tránsito y, más grave aún, lavado de dinero, tráfico de drogas, manipulación de procesos judiciales y, según se dice, la compra de diputados y leyes.

No deja de ser sorprendente que mientras el vicepresidente Carlos Quintanilla Schmidt dijo en 2001: “La corrupción se ha convertido en un antivalor, y los corruptos, debido a su astucia y éxito, son admirados y emulados tanto por los ricos como por los pobres”. Los correligionarios de su partido están solicitado a la dirigencia que gestione la entrega gratuita de partidas de nacimiento, lo que implica una abierta violación a nuestras leyes.

Según Daniel Kaufmann, especialista del Banco Mundial, la corrupción está directamente ligada con el poco avance de nuestras sociedades, ya que “reduce la inversión externa e interna, merma los ingresos tributarios y afecta el gasto social. Por ende, empeora la distribución del ingreso y distrae recursos que se podrían destinar para reducir la pobreza”. Es doloroso que una buena parte de la actual tasa de mortalidad infantil sea consecuencia de los actos de corrupción que se cometen día a día.

¿En qué categoría se coloca usted? ¿Demonio, santo u honesto, pero pecador?

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

 

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