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Reconocimiento
DE MAESTROS Y “MAESTROS”

María A. de López Andreu*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

A Dios gracias, aún hay Maestros y Maestras (así, con mayúscula) que constituyen maravillosos ejemplos, que se entregan con mística y heroísmo al cumplimiento de su deber, formando a futuros ciudadanos, dignos y responsables.

Cuando nos reunimos las compañeras de colegio, terminamos siempre recordando, entre risas y lágrimas, aquellos “terribles” días de estudiantes, cuando los grandes problemas eran la matemática, y las penas profundas se limitaban a quedarnos castigadas, por la menor indisciplina. Eran los tiempos en que la conducta, urbanidad y corrección contaban tanto como la aplicación y buen desempeño académico; cuando la ortografía era calificada, dentro de cada una de las materias, con el mismo rigor que las respuestas en sí. La disciplina y el estudio, simplemente, eran la norma general. ¿Promoción automática o “tirar una curva”? ¡Ni en sueños!

En aquellas épocas nos graduábamos como bachilleres en Ciencias, Letras y Matemáticas. No había opciones: el programa era único. Por trece años (de kínder a quinto curso) asistíamos a clases: de febrero a octubre, de lunes a viernes todo el día, más el sábado por la mañana. Además, uno que otro domingo, por castigo.

Obteníamos el ansiado título tras someternos a los exámenes privados (sinónimo de pena máxima, con un agravante: no había apelación posible). Nos preparábamos con gran entrega, “bajábamos” a todos los santos y, en la fecha fijada, simultáneamente, los alumnos de todo el país, reunidos en institutos de San Salvador, presentábamos los exámenes. Después… ¡la interminable espera de las notas! Y, ¡al fin!, la alegría de haber alcanzado esa meta.

Dicen que ese tipo de proceso ha sido eliminado porque los alumnos se ven sometidos a una presión tan grande que terminan “traumados”. En mi caso, aún hay noches en que despierto con la sensación de que, al día siguiente, tengo examen de química ¡y no he estudiado! (hace 43 años que la hojeé por última vez). Sin embargo, al ponerlo todo en una balanza, al ver el grupo de excelentes mujeres que son mis compañeras, puedo asegurar que ese “trauma” nos preparó para las dificultades de la vida profesional, y la férrea disciplina de convento, junto a su inmensa riqueza espiritual, nos hizo aptas para afrontar las tragedias -de todos los tamaños- que el destino nos deparara.

Cuando estudiábamos, dramáticas como éramos, nos parecía todo un suplicio. De allí que teníamos gran simpatía por algunos maestros y una radical antipatía por otros. Pero ahora, en la madurez, apreciamos aquellos caracteres recios, de una sola pieza, que supieron marcar para nosotras el rumbo fijo e inalterable de rectitud, principios y valores que regirían nuestras vidas.

La capacidad intelectual de un maestro, desde luego, es vital: sus conocimientos, su facilidad de transmitirlos, de hacer amena la materia que enseña, influye positivamente en el desarrollo académico de sus alumnos. Pero no es suficiente. Su calidad de persona, su estatura moral para convertirse en un buen ejemplo, su conducta -pública y privada- que le hace digno (o no) de respeto, son, quizá, lo más importante. Y, desafortunadamente, en este aspecto, hemos perdido muchísimo terreno.

Antiguamente, el maestro era una persona intachable, con un hogar debidamente constituido e hijos habidos dentro del matrimonio; asistía a los actos escolares acompañado de su cónyuge… no del compañero o compañera de vida en turno. Eso cambió cuando los movimientos sindicales y populares comenzaron a exigir que nuestros reglamentos y legislación “se adecuaran a nuestra realidad”. Son esos mismos grupos los que ahora protestan por todo, principalmente la globalización, alegando que estamos en desventaja debido a nuestra “pobre educación”.

La pobreza de nuestra educación no se resolverá sólo adjudicándole más puntos del PIB al presupuesto, se resolverá cuando el magisterio eleve su nivel académico y, principalmente, humano. Es imposible que “maestros” sin autoridad mora exijan a sus alumnos los esfuerzos, disciplina, actitud y rendimiento necesarios para superarse. Porque es una triste realidad: cuántos “maestros” ostentan vergonzosas distinciones, como ser demandados por cuotas alimenticias de hijos en abandono, o verse involucrados en casos de alumnas abusadas, así como otros hechos violentos, publicados en los medios. ¿Y qué hace el magisterio “organizado” al respecto? ¿Sancionar o “acuerpar”?

A Dios gracias, aún hay Maestros y Maestras (así, con mayúscula) que constituyen maravillosos ejemplos, que se entregan con mística y heroísmo al cumplimiento de su deber, formando a futuros ciudadanos, dignos y responsables. Para ellos -y para aquellos a quienes mi generación tanto debe- mi respeto, aprecio y gratitud en su día.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

 

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