| |

Reconocimiento
DE MAESTROS Y MAESTROS
A
Dios gracias, aún hay Maestros y Maestras (así, con
mayúscula) que constituyen maravillosos ejemplos, que se
entregan con mística y heroísmo al cumplimiento de
su deber, formando a futuros ciudadanos, dignos y responsables.
Cuando nos reunimos las compañeras de colegio, terminamos
siempre recordando, entre risas y lágrimas, aquellos terribles
días de estudiantes, cuando los grandes problemas eran la
matemática, y las penas profundas se limitaban a quedarnos
castigadas, por la menor indisciplina. Eran los tiempos en que la
conducta, urbanidad y corrección contaban tanto como la aplicación
y buen desempeño académico; cuando la ortografía
era calificada, dentro de cada una de las materias, con el mismo
rigor que las respuestas en sí. La disciplina y el estudio,
simplemente, eran la norma general. ¿Promoción automática
o tirar una curva? ¡Ni en sueños!
En aquellas épocas nos graduábamos como bachilleres
en Ciencias, Letras y Matemáticas. No había opciones:
el programa era único. Por trece años (de kínder
a quinto curso) asistíamos a clases: de febrero a octubre,
de lunes a viernes todo el día, más el sábado
por la mañana. Además, uno que otro domingo, por castigo.
Obteníamos el ansiado título tras someternos a los
exámenes privados (sinónimo de pena máxima,
con un agravante: no había apelación posible). Nos
preparábamos con gran entrega, bajábamos
a todos los santos y, en la fecha fijada, simultáneamente,
los alumnos de todo el país, reunidos en institutos de San
Salvador, presentábamos los exámenes. Después
¡la interminable espera de las notas! Y, ¡al fin!, la
alegría de haber alcanzado esa meta.
Dicen que ese tipo de proceso ha sido eliminado porque los alumnos
se ven sometidos a una presión tan grande que terminan traumados.
En mi caso, aún hay noches en que despierto con la sensación
de que, al día siguiente, tengo examen de química
¡y no he estudiado! (hace 43 años que la hojeé
por última vez). Sin embargo, al ponerlo todo en una balanza,
al ver el grupo de excelentes mujeres que son mis compañeras,
puedo asegurar que ese trauma nos preparó para
las dificultades de la vida profesional, y la férrea disciplina
de convento, junto a su inmensa riqueza espiritual, nos hizo aptas
para afrontar las tragedias -de todos los tamaños- que el
destino nos deparara.
Cuando estudiábamos, dramáticas como éramos,
nos parecía todo un suplicio. De allí que teníamos
gran simpatía por algunos maestros y una radical antipatía
por otros. Pero ahora, en la madurez, apreciamos aquellos caracteres
recios, de una sola pieza, que supieron marcar para nosotras el
rumbo fijo e inalterable de rectitud, principios y valores que regirían
nuestras vidas.
La capacidad intelectual de un maestro, desde luego, es vital: sus
conocimientos, su facilidad de transmitirlos, de hacer amena la
materia que enseña, influye positivamente en el desarrollo
académico de sus alumnos. Pero no es suficiente. Su calidad
de persona, su estatura moral para convertirse en un buen ejemplo,
su conducta -pública y privada- que le hace digno (o no)
de respeto, son, quizá, lo más importante. Y, desafortunadamente,
en este aspecto, hemos perdido muchísimo terreno.
Antiguamente, el maestro era una persona intachable, con un hogar
debidamente constituido e hijos habidos dentro del matrimonio; asistía
a los actos escolares acompañado de su cónyuge
no del compañero o compañera de vida en turno. Eso
cambió cuando los movimientos sindicales y populares comenzaron
a exigir que nuestros reglamentos y legislación se
adecuaran a nuestra realidad. Son esos mismos grupos los que
ahora protestan por todo, principalmente la globalización,
alegando que estamos en desventaja debido a nuestra pobre
educación.
La pobreza de nuestra educación no se resolverá sólo
adjudicándole más puntos del PIB al presupuesto, se
resolverá cuando el magisterio eleve su nivel académico
y, principalmente, humano. Es imposible que maestros
sin autoridad mora exijan a sus alumnos los esfuerzos, disciplina,
actitud y rendimiento necesarios para superarse. Porque es una triste
realidad: cuántos maestros ostentan vergonzosas
distinciones, como ser demandados por cuotas alimenticias de hijos
en abandono, o verse involucrados en casos de alumnas abusadas,
así como otros hechos violentos, publicados en los medios.
¿Y qué hace el magisterio organizado al
respecto? ¿Sancionar o acuerpar?
A Dios gracias, aún hay Maestros y Maestras (así,
con mayúscula) que constituyen maravillosos ejemplos, que
se entregan con mística y heroísmo al cumplimiento
de su deber, formando a futuros ciudadanos, dignos y responsables.
Para ellos -y para aquellos a quienes mi generación tanto
debe- mi respeto, aprecio y gratitud en su día.
*Columnista de El Diario de Hoy.
|
|