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Desde
Washington
Bush y Lula se enfrentan hoy en la Casa Blanca
Para un
creciente número de escépticos, los milagrosos
beneficios del libre comercio con Estados Unidos no son más
que un espejismo.
El presidente George Bush y el mandatario brasileño Luiz
Inacio Lula da Silva, que realizarán acá una cumbre
sin precedentes este viernes, se disponen a iniciar una nueva era
en el Hemisferio Occidental hacia el libre comercio e inversión
en las Américas, si pueden ayudar a despejar el camino, cada
vez más congestionado.
Pero primero los líderes de los dos motores económicos
de Norte y Sur América tendrán que superar sus diferencias
uno es un paladín del libre mercado y el otro de las
causas sociales, para dedicarse a un debate urgentemente necesario.
Las consultas frecuentes y a alto nivel, que se formalizarán
en la cumbre, deberán ser sustanciosas si pretenden evitar
que los planes para un Área de Libre Comercio de las Américas
para el 2005 se frustren.
Para un creciente número de escépticos, los milagrosos
beneficios del libre comercio con Estados Unidos no son más
que un espejismo. Como aquellos espejismos que se encuentran en
el curso de las rectas y calurosas carreteras del mar Caribe en
Colombia, las promesas aparecen como agua para los sedientos, pero
se evaporan una vez se llega hasta ellas.
Mientras mucho se habla de las fallas y logros del libre comercio
con Estados Unidos, por ahora sólo existe un ejemplo relevante
para Latinoamérica: El Tratado de Libre Comercio de América
del Norte o NAFTA. Hoy, 10 años después de su inicio,
decir que el NAFTA ha sido un éxito para México sería
expresar una verdad a medias, que pasaría por alto las regiones
todavía muy pobres y aisladas al sur del país.
Claramente, la experiencia mexicana confirma que el libre comercio
en bienes y servicios no garantiza desarrollo y prosperidad en áreas
que todavía no son accesibles o competitivas. Lo que primero
necesitan estas regiones será siempre inversión.
Durante los últimos años, sin embargo, muchos inversionistas
privados han huido de Latinoamérica a medida que sus economías
empezaron a fallar. Por tres años consecutivos, la Inversión
Extranjera Directa (IED) a la región cayó, reduciéndose
el año pasado en exactamente una tercera parte, según
la Comisión Económica para América Latina y
el Caribe de Naciones Unidas.
En teoría, las fuerzas económicas globales deberían
impulsar la inversión hacia regiones llenas de oportunidades,
que no demandan grandes costos y sí prometen elevadas ganancias.
Pero las crisis financieras convirtieron esa predicción en
un espejismo. Nada de lo que los gobiernos pudieron hacer que
no fuera imponer controles contra el escape de capital fue
suficiente para retener la inversión. Incluso, México
presenció una caída de casi el 50 por ciento de IED
el año pasado, a pesar de polémicas disposiciones
destinadas a alentar la confianza entre los inversionistas.
Si incentivos de inversión tan liberales no se traducen en
flujos significativos de fondos privados hacia algunas áreas,
los gobiernos debieran buscar formas más innovadoras para
promover el crecimiento. Pero la semana pasada, funcionarios estadounidenses
y mexicanos estaban muy ocupados buscando nuevos negocios con las
mismas metas minimalistas: detener la inmigración ilegal.
Si NAFTA ofrece lecciones sobre lo que debe arreglarse, la Unión
Europea ofrece guías para dichos ajustes. Lula, cuya nación
vio la IED caer de $22.5 millones en el 2001 a $16.5 millones el
año pasado, está mirando en esa dirección.
Ha estado pidiéndole a países industrializados interesados
en acuerdos de libre comercio con América Latina, la creación
de un fondo de inversión para el desarrollo de la misma forma
como la Unión Europea proporciona ayuda a naciones menos
acaudaladas para reducir las iniquidades económicas.
Lula imagina un camino pavimentado hacia el éxito del libre
comercio mediante una inversión decisiva en proyectos de
infraestructura mejores carreteras, aeropuertos, vías
fluviales, redes de comunicación y eléctricas.
Esas ideas, dicen algunos, son sólo las de un duro negociador
que pone obstáculos en el camino de la integración
hemisférica para obtener un mejor acuerdo. Pero Enrique García,
presidente de la Corporación Andina de Fomento, que ya invierte
casi mil millones de dólares al año en proyectos de
infraestructura entre fronteras, dice que una posición negociadora
más fuerte sería sólo una consecuencia positiva
adicional del compromiso de Lula de integrar y desarrollar un bloque
unificado en Sudamérica, para cosechar los beneficios reales
del comercio.
Muchos en Washington, sin embargo, ven con aprensión la visión
de Lula hacia dicho bloque. Para ellos, la integración subregional
podría detener el ímpetu logrado, con dificultad,
para avanzar hacia el ALCA. Además, dicen, Brasil, la octava
economía del mundo, no necesita de sus vecinos para negociar
desde una posición de fuerza y, en gran medida, la cumbre
de esta semana es prueba de ello.
La administración Bush está dando señales de
que está plenamente consciente de lo que el éxito
de Lula podría significar para el futuro de las relaciones
entre Estados Unidos y Latinoamérica. Aparentemente convencida
de que no tiene todas las respuestas para hacer que el libre mercado
funcione para la mayoría, probablemente formalizará
su compromiso de escuchar y apoyar las propuestas de
Lula. La forma como actúe Estados Unidos ante esta oportunidad
determinará si la promesa del libre comercio e inversión
se convierte en realidad o sigue como un espejismo.
*Columnista del Washington Post.
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